Príncipe arrogante

◦✧◦❀ Capítulo 27 ❀◦✧◦

Ya no sé qué más esperar sobre Allister. En el anterior recuerdo, él completó lo último que faltaba en su lista de «cómo ser un maldito, y no morir en el intento». A todo esto, siento mucha pena por Zyran. Su vida ya es lo suficientemente complicada como para llegar y contarle tremenda cosa.

«Hey, Zyran. Sé que acabas de despertar. Pero, ¿sabías que tu hermano tenía una aventura con tu madre, y que, en algún momento, la llegó a forzar?».

Hay secretos que es mejor llevárselos a la tumba, y este es uno de ellos. Yo, por mi parte, no lo diré. Es mejor así.

El escenario se ha reconstruido en un bosque parecido al que vivía Enora antes de llegar al palacio. Lo exploro un poco antes de dirigirme al lugar donde tengo que ir. No comprendo el mecanismo de este mundo diferente a los recuerdos de Zyran.

¿Por qué estoy viendo esto? ¿Qué es este lugar? Si Zyran no nacía, él no tendría cómo saber todo lo que se me ha presentado hasta ahora.

Estaré loca, pero es como si estuviera en la mente de Enora.

—Oh, de nuevo aquí —comento, viendo a la Enora preadolescente en su columpio. Ella solía subirse allí, y pasar horas pensando mientras miraba las nubes y los árboles.

Sus mejores ideas para experimentos surgieron después de una buena tanda en aquel columpio. En serio, esta Enora me asusta.

Me acerco, y me coloco a su lado para ver alguna reacción de su parte. Tengo unos fuertes motivos para pensar que me ignora. Ya van dos veces que muestra indicios de estar al tanto de mi presencia.

La chica tiene la vista en el horizonte, así que me coloco frente a ella para molestarla. De manera disimulada, ella desvía la cabeza a la izquierda para ver unos árboles, y vuelvo a hacer lo mismo. Tapo su visión en cada momento. Llega un punto en que se le hace imposible disimular y me ignora de forma descarada.

—Hola —me tomo de valor para saludar—. Sé que puedes verme. Ya deja de fingir.

De haber sabido que respondería al hablarle, lo hubiese hecho desde antes. Enora gira despacio y posa la mirada en mí. Es raro ser observada con aquella expresión analítica después de haber pasado un buen rato viendo sus recuerdos como si fuera una película.

Se siente como si los personajes de la tele rompieran la cuarta pared.

—¿Y ahora qué te trae por aquí, Faith? —pregunta columpiándose. Su tono es serio y cortante.

—¿Cómo sabes quién soy?

Esto no me lo esperaba.

—Solo lo sé.

—¿Me puedes decir qué es este lugar?

—Mi hogar.

No me está diciendo nada.

—¿No es la mente de Zyran?

—¿Zyran? —levanta las cejas—. Amh, no entiendo —arruga la frente—. ¿Buscas a mi padre? Porque él fue asesinado en el atentado que sufrió mi corte.

—¿Así se llamaba tu padre? —ella asiente—. Yo, de hecho, busco el núcleo de este sitio. Bueno, de la mente de Zyran. Tu hijo.

—Tengo doce.

No, no tienes doce.

—Escucha, necesito salir de aquí. Estoy perdiendo mucho tiempo —me llevo las manos a la cintura—. ¿Sabes dónde hay una puerta blanca con un pomo de plata? He estado buscándola, pero no la encuentro.

—No —niega parándose—. Adiós.

—¡Oye! —la llamo en el momento que corre para irse a la cabaña—. No te vayas así, necesito tu ayuda. En serio, si sabes cómo podría salir de aquí, dímelo. ¡La integridad de tu hijo corre peligro!

Enora se detiene. Ella da media vuelta, pero no me mira a los ojos. —Tal vez no encuentres la puerta que mencionas, porque no está en ninguno de los lugares en los que has estado. Cuando no encuentras algo en un sitio, debes ir a otro.

Y tras decir eso, el escenario cambia de nuevo.

Es de noche. Estoy de vuelta en el palacio. Me paseo por los pasillos, mientras todos van de un lado a otro con prisa. Hay un enorme alboroto en el interior de la edificación. Mis dudas sobre lo que pasa, son respondidas cuando oigo a una sirvienta:

«¡Vamos, de prisa! ¡El cuarto príncipe está a punto de nacer!».

Si es así, entonces este debe ser el último recuerdo de Enora.

Antes de ir a su habitación, me detengo en la ventana y observo el cielo. Es raro. Me dijeron que no había una sola estrella cuando Zyran nació, pero el firmamento está lleno de ellas. Jamás había visto un cielo tan estrellado como este.

Tampoco veo a la estrella del príncipe maldito.

¡Tiene que resistir, señora!

Escucho que dice Sonya antes de traspasar la puerta. Al hacerlo, veo a Enora en la cama, asistida por varias sirvientas y una partera. Ella empuja con fuerza, con la cara enrojecida y lágrimas en los ojos.

¡Ahg! —emite un grito desgarrador—. ¡Duele mucho! ¡No podré hacerlo! —dice llorando—. ¡No puedo más!

Todavía no veo al bebé. ¡Debe empujar con todas sus fuerzas! Pronto acabará —le dice la partera, pero ella llora más fuerte—. Escuche —la mira a los ojos. Por su expresión, creo que algo anda mal—. Sé que duele; duele como nunca. Pero tiene que canalizar todos sus gritos en pujos. ¡Debe hacerlo, ahora!

¡¿Qué pasa?! —intenta sentarse, pero el dolor se lo impide—. ¡Llevo horas en esto! ¡¿Por qué no sale?!

—No quiero ponerla nerviosa...

—¡Dilo, ya!

—¡Empuje! —grita en gran volumen—. ¡Hágalo, ya!

Yo, que no soy la que está dando a luz, me siento abrumada. La partera le dice que deje de gritar, y que mejor puje, pero ella no puede evitar hacerlo, por lo que la escena es de terror. Enora teme por el bebé, pero no se daba cuenta de que por la que debía temer, era por ella.

Así dura un buen rato, pujando y llorando. Las sirvientas no saben qué hacer. Es cuando el bebé sale que sus gritos se calman. Independientemente de su labor de parto, la veo en buen estado. No se mira agonizante ni nada por el estilo.

¿Qué pasó?

Ya salió, mi señora —le dice Sonya, apretándole la mano. Ella luce cansada.

La partera tiene al bebé en brazos. Lo envuelve en mantas, pero... ¿por qué no dice nada y guarda una expresión triste mientras lo cubre? Sus ayudantes tampoco se ven muy felices que digamos.




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