—Faye, cariño, tengo hambre.
Han pasado cuatro días desde que Zyran despertó, y en ese transcurso de tiempo, se transformó de un bello durmiente a un caprichoso insoportable. El núcleo tenía razón; me volverá loca.
Y no precisamente de amor.
—Ya es suficiente. ¿No te vas a parar de ahí? —le pregunto con una bandeja de fruta y quesos en manos.
Nos encontramos en su habitación. Él todavía sigue recuperándose de la maldición. Le he dicho de salir y sentarse en el jardín, pero se ha negado rotundamente. No quiere ver al rey, ni al oficial, ni a nadie. He decidido no insistir porque lo hace bajo la excusa de que no podrá evitar su mal temperamento cuando los tenga delante.
Zyran se siente utilizado. Sin mencionar que está enfadado con el oficial del cielo estrellado por haberme engañado —u omitido información—, mejor dicho.
—Ay, ¿para mí? —ríe colocando la bandeja sobre la cama—. Vamos, come conmigo.
—No tengo hambre —lanzo un suspiro—. Tarde o temprano deberemos enfrentar la realidad. ¿Por cuánto tiempo piensas evadir lo que sucede?
—Es pronto para hacerlo, ¿no ves que estoy mal? —ajá, claro—. Debo fortalecerme. Mi magia ni siquiera quiere responderme.
No sé si haya sido producto a la invasión mental, pero Zyran no ha podido ni reproducir la música del reproductor. Parece un feérico común y eso me asusta.
—¿Has intentado probar con magia negra?
—¿Por qué sigues insistiendo con eso? —reniega tomando una uva.
La respuesta es simple. Su madre tenía un poder bestial.
—La magia negra es mucho más poderosa que la blanca.
—Y más inestable. Además de las consecuencias que trae. Tú misma debes ser una experta en ello porque si no mal recuerdo, tenías más de cinco años con una maldición.
—Tú y yo somos diferentes. Tienes un gran cúmulo de energía oscura en tu interior. Estoy segura de que la magia negra no te afectará si la usas, y si lo hace, solo tienes que quitarte la maldición con una simple "agitación" de manos.
Tal y como Enora lo hacía.
—Mi magia es práctica, y siempre lo será.
—¿Por qué tiene que serlo? No sacas todo tu potencial.
¿Es buen momento para decirle que su madre venía de una corte oscura? La magia negra es intrínseca a su persona.
—Faye —achica los ojos—. Déjame en paz. No lo haré, y ya.
—Tsh —hago una mueca—. Ya, como quieras. Es solo una sugerencia en vista de que tu preciada magia práctica, no reacciona —me coloco frente a sus pies para iniciar con los ejercicios de sus piernas. Zyran debe levantarse en el menor tiempo posible—. Dime, ¿todavía las sientes como gelatina? —le masajeo los dedos.
—Estoy mejor que ayer —bufea comiendo—. Oye, ¿no te molesta hacer eso?
—En lo absoluto.
Primero le tomo su pierna derecha y la doblo a los lados, para luego flexionarla hacia adelante y para atrás. Por lo regular, dedico quince minutos por cada pierna.
—Debes considerarme un fastidio —susurra desviando la vista—. Primero me tuviste que cuidar por meses, y ahora me ejercitas las piernas.
—Eres un caprichoso insoportable, pero no un fastidio para mí —no me gusta que piense de ese modo—. Debes levantarte. Le tenemos que dar caza a la maldita bruja y a su secuaz.
—Bien —resopla—. Y dime, mi linda aprendiz, ¿cuáles son los tres criterios de mi magia?
Sí, él me ha estado enseñando. Aunque lo hace cuando se acuerda, y suele lanzar preguntas repentinas como lo está haciendo en estos momentos. Les llama «preguntas flash», y por cada pregunta que no conteste, me da un pequeño palmazo en la frente, que no duele, pero molesta al ser un castigo por no saber.
No sé si sea cosa mía, pero tengo la impresión de que ese estilo lo copió de una persona en particular, y que en vez de palmazos indoloros en la frente, usaba un instrumento peculiar en la espalda.
—Plasticidad, versatilidad y funcionalidad —contesto rápido—. La magia debe ser capaz de moldearse de acuerdo a las necesidades de quien la manipula. Debe desempeñar distintas funciones, y claro, su manejo debe ser eficaz.
—Excelente —aplaude con una sonrisa—. ¿Me haces una demostración?
Ayer me preguntó lo mismo y no me funcionó. Hoy no quiero otro palmazo. Es humillante, y no por el golpe, sino por el modo en que se burla después de darlo. Es un maestro pésimo, pero no porque enseñe mal —me sorprende lo hábil que es—, sino que es demasiado burlón.
Me dan ganas de envenenarlo.
—Veamos... —apunto el reproductor con las manos. No tardé en darme cuenta de que soy una imitadora. Lo hice con la magia de Griselda, y también puedo hacerlo con la de Zyran. Aunque la potencia no es tanta, porque como es obvio, es imitación—. Plasticidad, funcionalidad y versatilidad... —repaso los criterios de la magia práctica—. ¡Reproduce cualquier canción!
Zyran espera un par de segundos a que pase algo, y al ver que no obtengo respuestas, sonríe con la mano alzada. —Ven aquí, cariño —me hace señas para que acepte el golpe.
—Espera —respiro profundo.
—Y recuerda, la magia negra no cuenta.
Tsh. Pero si esa es la única que sé usar.
—Vamos, funciona... —si no soy capaz de poner música, ¿cómo podré sacarnos de este lugar? Me considero buena siguiendo instrucciones, pero es complicado manipular magia blanca, cuando tengo afinidad con la negra—. Vamos...
—Eres muy literal, Faye —me extiende la mano para que yo me acerque, cosa que hago con resignación—. Plasticidad, funcionalidad y versatilidad. Sí, esos son los criterios. Sin embargo, ¿en dónde dejas el lado emocional? No puedes pedir música. Debes sentirla.
—Eso intento —abucheo mirándome las manos.
—Dices que eres buena siguiendo instrucciones, y es verdad. Además, tienes una increíble capacidad para recordar información. Creo que si te pido que recites todo lo que te enseñé ayer, lo harías sin equivocarte. Pero no basta con las palabras; tienes que fusionarte con la tierra y sentir el flujo de energía en los dedos.