Príncipe enemigo

CINCO.

Anahía. Siento una tela sueve sobre mi mejilla haciendo que me restriegue contra ella dejando escapar un suspiro. Mientras que el calor hace que me remueva, colocándome boca arriba y abra y cierre mis ojos cuando la luz solar me pega directamente. —Buenos días, Anahía—, escucho la voz ronca de Nicholas. —Hola—, saludé con pereza abriendo mis ojos encontrándome con el techo, extrañada muevo mis ojos por el lugar encontrándome con los ojos verdes de Nicholas, la diversión en sus orbes causa que me levanté con rapidez de sus piernas cuando comprendí la situación. Lo escucho reír con autentica diversión cuando tapé mi rostro con vergüenza y empiezo a murmurar muchas oraciones de disculpa hacia él. —Mi dios, lo lamento, Nick—, continué—, estoy muy acostumbrada a hacer eso con Adal y, señor—, volví a tapar mi rostro cuando vuelvo a sentir que mi rostro se calienta por la vergüenza. —No te preocupes—, dice con despreocupación estirándose permitiendo hacer algo tan banal como bostezar para luego acomodarse en el asiento quedando frente de mí. Sintiendo como la ansiedad me alcanza, meto mis manos en los bolsillos del saco para ocultarlo. Topándome con algo frío, con curiosidad tomo la caja entre mis manos y la saco bajo la atenta mirada del príncipe. Era una caja de vidrio que me permitió toparme con un estructurado anillo de compromiso. El aro en oro estaba cubierto con incrustaciones de diamantes negros y blancos, en el centro, y de forma sobresaliente estaba una enorme gema en forma de diamante en tono azabache, sujeto y rodeado con una estera de pequeñas gemas blancas. El anillo era simplemente majestuoso. —Es tuyo—, escucho decir a Nicholas en un susurro, como si estuviera apenado por lo que confesará a continuación—, se suponía que te lo entregaría después del baile, pero me entretuve conversando y después despareciste, y bueno, ya conoces el resto de la historia. Me limito a asentir con mi cabeza sintiéndome incapaz de formular una respuesta coherente, mis ojos estaban fijos en la joya dentro de la caja de cristal. Siento como los latidos de mi corazón se aceleran de forma frenética y el calor vuelve a envolver mi rostro haciéndome saber que estaba completamente ruborizada. La joya hace más real este asunto. Es decir, desde ayer estaba en un proceso de aceptación, pero una parte muy remota de mí, aquella que anhela tener la libertad de elección, se niega a aceptar que dentro de algunos días estaré completamente casada, haciéndome princesa consorte y en un futuro, reina de Cressedent. Siento las manos de Nicholas envolver las mías, escucho a la lejanía su voz, pero no puedo dejar de escuchar los latidos frenéticos de mi corazón a la vez que un zumbido incesante aturde mis sentidos haciendo que cierre mis ojos. —Respira, An—, pide en un susurro—, tienes que respirar. Siento que pone sus manos en mis mejillas haciéndome tocar tierra y abra mis ojos para posarlo en los suyos. —Respira—, ordena con voz suave a la vez que sus pulgares reparten caricias en mis mejillas. Abro mi boca permitiendo que entren grandes bocanadas de aire a mis pulmones. Haciendo que sienta que mis latidos empiecen a regularse después de largos minutos donde escucho la voz de Nicholas pedirme que respire y que no deje de mirar sus ojos. Luego de un largo rato, retira sus manos y se queda arrodillado frente de mí, prácticamente quedando a mi altura. —Lo lamento—, susurré inclinándome hacia adelante, permitiéndome bajar la guardia. Escondí mi rostro en su cuello a la vez que envolví su torso con mis brazos, abrazándolo. Con torpeza, siento que rodea mi cuerpo con uno de sus brazos, mientras que su palma se posa en mi cuello. —Está bien—, asegura con suavidad—, no era lo que querías, pero lo haremos funcionar. Está bien, An. —Lo siento, Nicholas—, seguí con mi rostro escondido. —Si deseas, no lo uses hasta que te sientas lista para hacerlo. Me alejo con suavidad, rompiendo el abrazo y volviendo mirar el anillo dentro de la caja. Con un suspiro y negando con mi cabeza. —No, está bien—, dije abriendo la caja con las manos temblorosas—, agradezco tu amabilidad, pero es hora de que acepte que este es mi presente y futuro. —Permíteme—. Con cuidado me quita la caja sacando el anillo para luego mirarme a los ojos con una sonrisa nerviosa—, Princesa Anahía II Hatman Eddoumi, me haría el rotundo placer de aceptar mi mano en matrimonio. Reí a la vez que mis ojos se llenaron de lágrimas. Lo miré a los ojos y lo vi. Honestidad y anhelo en sus ojos, como si hubiera algo más detrás de todo esto. Mi corazón vuelve a acelerarse, pero, en esta ocasión se siente completamente distinto a la vez anterior. Siento mis manos temblar, mis mejillas calentándose y el vacío en mi estómago por la forma en la que seguía de rodillas frente a mí, con una sonrisa plantada en su rostro, sus ojos verdes brillantes resaltando el resto de colores en ellos, como el azul, amarillo, gris y negro. —Acepto. Lo escucho soltar el aire que estaba conteniendo a la vez que con cuidado toma mi mano y retira el anillo de mi dedo anular para luego reemplazarlo con el de compromiso. Observo la joya en mi dedo y noto que me queda a la perfección como si hubiera sido diseñada solamente para mí. De pronto, el carruaje se detiene haciendo que Nicholas se levante y se acomode en el asiento que queda frente de mí. Con cuidado, retiro el saco del príncipe y se lo extiendo para verlo colocárselo con agilidad. Vuelvo a mirar el anillo en mi dedo mientras escucho voces a la lejanía haciendo que, finalmente, aleje mis ojos de la joya para posarla en mi prometido que me regala una sonrisa hasta de que la puerta se abra y él elimine toda emoción de sus facciones, volviendo a ser aquel hombre inexpresivo que vi ayer en el baile. Lo veo bajar del carruaje con elegancia y determinación para luego extender una mano hacia mí. Con cuidado coloco mi palma sobre la suya para colocarme de pies y usarlo como apoyo cuando bajo las escaleras. Mis ojos se posan en los militares que portan con orgullo sus uniformes con la bandera de mi nación. Sonrío sin poder evitarlo cuando me regalan una reverencia al unísono. —¡Pelotón Alfa! —. Grita el comandante de pronto—, prepárense para despedir a su alteza real, la princesa Anahía II Hatman Eddoumi. Con orgullo, y mis ojos llenos de lágrimas los veo moverse con precisión hasta que se posicionan en dos hileras largas, quedando uno frente a otros. —Desvainen sus armas. Alzando mi mentón con orgullo, a la vez que siento mi mentón temblar por las lágrimas que me niego a soltar. Acomodo mi postura para caminar con paso erguido y seguro por el arco de armas que ellos están haciendo para mí. Para cuando logro cruzarlo, veo a Nicholas posarse detrás de mí, dejando que este sea mi momento. Y sin pensarlo, me permito doblar mi cuerpo, haciendo una reverencia completa hacia mi pueblo. Hacia los militares que nos prometieron su vida y su arma, hacia aquellos que me vieron crecer y en más de una ocasión lidiaron con mis travesuras de niña. Hacia los recuerdos imborrables que me llevaré conmigo al reino enemigo. Hacia mi familia que quedó en el palacio real. A la niña que creció corriendo por esta instalación. Y a la mujer que ahora tiene a un prometido esperando detrás de sí. Vuelvo a mi posición inicial permitiéndome pasear mi mirada por la zona. Observando a la lejanía al general Alonzo regalarme un saludo militar, siendo acompañado por el resto de su pelotón. Miro a mi amigo Breiden, el cual apoyó a Adal en su travesía de enseñarme tiro con arco, que se ganó una herida en su pierna derecha cuando mi puntería era patética. Que me escuchó cada vez que tenía una queja sobre pertenecer a la familia real para luego, hacerme entrenar hasta el cansancio. Luego, divise a cada rostro de cadetes que se dedicaron a hacerme un tributo. Llevando mi mano derecha a mi corazón para luego recitar con orgullo el lema de mi nación. —Orgullo, sangre y lealtad. —Esdaney siempre vencerá—, respondieron ellos al unísono haciendo que mi piel se erice con euforia. Sin decir nada más, me giro encontrándome con el rostro inescrutable de Nicholas, sus ojos con un brillo particular se posaron en los míos. Con seguridad extendió su mano hacia mí, para cuando la tomé el empezó a caminar hacia el avión que nos esperaba. La máquina de metal era alucinante en el interior, los asientos eran cómodos y estaban cubiertos con cuero negro, estos estaban posicionados de una forma simétrica. Eran un total de seis asientos, posados uno frente al otro. Pude ver a la lejanía a los reyes sentados uno al lado del otro, cada uno enfocados en sus propias cosas. Como si su batería social se hubiera agotado y no pudieran tolerar a nadie más que a sí mismos. Nicholas me hace una seña para que tome asiento, y me permitió tomar el que estaba al lado de la ventana. Puedo sentir que mis emociones estaban a flotes, observo a través de la ventada a cada uno de los soldades y generales que se dedicaron a darme una despedida, seguía en la misma posición en que los dejé. Con su mano derecha colocada a la altura de su frente, su cuerpo totalmente erguido y su mirada posada al frente. Cuando la máquina de metal comienza a moverse mi mano viaja directamente a sostener la Nicholas, y mis ojos divisan cuando cada soldado pasa a una posición de descanso. Sintiendo cómo el miedo aborda mi cuerpo cuando el objeto empieza a elevarse, me recuesto por completo en el asiento cerrando mis ojos con fuerza a la vez que empiezo a respirar en largas bocanadas mientras que apretaba con fuerza la mano del príncipe. Siento como aleja su extensión para luego acomodarla y así entrelazar sus dedos con míos, apretando mi mano haciendo que abra mis ojos para poder mirar como voltea su rostro con precaución percatándose que sus padres no vean el gesto de apoyo que me estaba brindando, haciéndome saber que el semblante inexpresivo y su actitud aislada solamente es una fachada para ocultar la soledad que ha vivido toda su vida. Esto hizo que me sintiera feliz por la familia que me había tocado, porque a pesar de que madre siempre quiso una hija ejemplar tirando sobre de mí demasiado peso, padre siempre estuvo feliz porque jamás me comporté como una damisela en apuros. Me alegro de tener hermanos amorosos que siempre se preocuparon por mi bienestar, me apoyaron y alentaron a seguir dando lo mejor de mí, incluso cuando lo mejor significaba salirme de las estrictas reglas que la alta sociedad ha impuesto sobre la familia real. A pesar de este tratado. Mi familia siempre fue paciente y jamás nos orientó para aislar nuestras emociones de la sociedad. Sí, nos instruyeron para en algún momento de nuestras vidas dirigir nuestra nación, incluyéndome, incluso cuando sea la última opción para ascender al trono. Nuestros padres nos dieron el mismo trato a todos. Incluso, cuando el mayor peso siempre recayó en los hombros de Adal.




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