Príncipe enemigo

SEIS.

Cressedent era un reino completamente maravilloso. Su arquitectura elegante y en tonos monocromáticos, ajustándose a los colores de la familia real. A la lejanía logro divisar algunas personas descendiendo de unos carruajes majestuosos luciendo elegantes.

—Pensé que todos usaban vehículos—, digo hacia Nicholas sin apartar los ojos de las calles atestadas.

—Solamente los usan aquellos que tienen riquezas lo suficientemente grandes como para obtenerlos.

—Es decir, la realeza—, confirmo mirándolo asentir.

—En teoría, sin embargo, hay algunos altos lores que tienen un patrimonio decente como para permitirse uno.

—Eso quiere decir que, o la economía aquí es muy buena.

—La es—, afirma interrumpiéndome haciendo que la esquina de mi boca se eleve con diversión.

—Entonces sus impuestos son tan buenos como su economía.

—No sé por qué me sorprende esto—, dice para sí con una sonrisa negando con su cabeza dos veces para luego dirigir su atención a mí—. Los impuestos son pagados mensuales y las cuotas se establecen según el patrimonio. El reino en sí, se divide en secciones. La clase alta está en la avenida Royal, algunos decidieron conseguir tierras a la lejanía y construir su propia franquicia, ellos tienen el mayor porcentaje de pago. Por otro lado, está la clase media alta quienes cancelan el cuarenta por ciento, y por último la clase baja que pagan el diez por ciento restantes.

—Eso indica que calculan sus impuestos al monto total de habitantes del reino.

—Así es.

—En Esdaney es distinto—, comento volviendo a dirigir mi atención hacia la ventana del auto observando las calles—, tenemos refugiados de guerra que, hasta que consiguen una nacionalidad se mantienen exento de cancelar. Los altos lores que mantienen alguna fuente de ingreso, como ganado, frutas y hortalizas, lo hacen de esa manera. Los que no poseen tierras grandes, es decir, se dedican a servir, cancelan el menos porcentaje, tomando en cuenta que gracias a ellos nuestros hogares se mantienen limpios y saboreamos maravillosos banquetes.

—Entonces su capital proviene de las altas casas—, dice tratando de comprender mi explicación.

—De cierta manera, sí—, aseguro.

—Creí que su constitución era más rígida.

—Y lo es—, afirmo—, pero no para los nuestros. Traje conmigo una copia que me regaló padre hace años, puedo prestártela.

—¿Hablas en serio? —. Cuestiona con autentica sorpresa—, estás consciente que nosotros no tenemos demasiada información de tu nación, y que permitirme saber esto nos da ventaja.

—Nicholas, no olvides jamás que tienes una prometida Esdaniana, y no una cualquiera, sino a su princesa, esto quiere decir que la única condición en la que te permitiré ver esos documentos es que tú me muestres la constitución de ustedes, créeme que sé reconocer cuando los sellos y firmas son auténticas así que, no te atrevas a engañarme—, lo señale con mi dedo índice. Mi voz, mi tono no daba señal a que replique—, además debes de tomar en cuenta que, ustedes no tienen a nadie dentro de nuestras tropas, por otro lado, mi nación me tiene a mí. Así que, si te atreves a romper nuestro tratado de paz, no me importaría morir destruyendo su reino hasta las cenizas.

Lo veo abrir y cerrar su boca, como si estuviera pensando en demasiadas cosas a la vez como para poder ordenar sus ideas para que salga algo decente. Luego de unos minutos, el vehículo se detiene frente a unas rejas de oro macizo haciéndome saber que hemos llegado al palacio real.

Observo cómo el conductor del auto nos dedica unas miradas de soslayo. Lo veo maniobrar hasta detener el auto en la entrada principal del palacio.

—Espero, por su bien que lo que acaba de escuchar se quede dentro de este vehículo—, advierto hacia el hombre de cabello rubio y ojos azules.

—Le soy leal al príncipe Nicholas, alteza—, afirma—, y a menos que el me pida que revele la información que escucho a diario en este vehículo. Entonces, yo no soy quién para hablar de lo que no me compete.

—Entonces es un hombre inteligente que conservará la cabeza sobre sus hombros—, continué con un gesto déspota.

—No amenaces a mi chofer, Anahía—, advierte Nicholas con voz autoritaria ganándose mi atención—. Espera afuera, Asher, te avisaremos cuando estemos listos para salir.

El hombre asiente con su cabeza para luego salir del vehículo sin mirar atrás para así, posicionarse al lado de la puerta de Nicholas, esperando su señal.

—No olvides de donde provengo, Nicholas—, continué segundos después con firmeza—, en mi nación los soplones e insolentes no se mantienen en una pieza.

—No estás en tú nación—, asegura él acomodándose el saco.

—Tienes razón—, confirmo haciendo que me mire con sorpresa—, eso no indica que vaya a dejar mi cultura atrás por el simple hecho de que ahora soy tu prometida. Debiste de preguntar quién era antes de pedir mi mano en matrimonio y poner la paz entre nuestras naciones a juego con este teatro absurdo. No hago reverencia, no permito insolencias, no me doblego por nadie, y por, sobre todo, no me importa ensuciar mis hermosos vestidos con sangre si la situación lo amerita. Crees que esa lealtad que me brindó la milicia es porque soy su princesa—, negué con su cabeza—, estaba en la base de la frontera cuando tú imbécil hermano mayor hizo su inútil atentado. Pelee al lado de los soldados. Sangre con ellos y estuve a punto de ser…—, apreté mis labios con fuerza respirando profundo—. Tu hermano comprendió que fue un gran intento fallido, pero quería algo más de mí cuando me vio en medio del batallón portando mi arco y sangrando con ellos. Me reconoció y él supo que lo único importante de una mujer de la alta sociedad es su virtud.




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