Anahía.
—Esta será tu habitación—, dice Nicholas mostrándome el espacio.
Aún puedo sentir la adrenalina corriendo por mi sistema por la discusión que tuvimos hace unos minutos. Por pasar al lado de cada ser que estaba en la entrada del palacio sin atreverme a hacerles un saludo de cortesía. Por caminar con seguridad por cada pasillo por el que fui escoltada por Nicholas.
El castillo enemigo es una edificación majestuosa. Paredones altos y lisos, paredes pintadas de negro azabache y con decoraciones en oro. Ostentoso sin dejar de ser elegante, sin duda, el decorador hizo un excelente trabajo.
Mi habitación era gigantesca y esplendida. Seguía con los mismos colores del resto del palacio. Cama espaciosa posada en el medio de lugar. Ventanas amplias permitiendo el pase de la luz solar, observé tres puertas posadas a la izquierda de donde nos encontramos parados. La última, hecha de madera y vidrio daban paso al balcón.
—La primera puerta—, habla Nicholas señalando la que está cerca del majestuoso ventanal—, es el baño y la segunda es tu guardarropa.
Asentí dando un paso dentro de la habitación mirando todo a mi alrededor. Poso mis ojos sobre el príncipe enemigo que seguía mis movimientos, su postura relajada y sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir me hace saber que está pretendiendo que todo está bien para que vuelva a bajar la guardia. Pero, ya me cansé de lamentarme por este suceso. Y no soy esa persona, tengo mis momentos donde todo es simplemente demasiado y necesito hablarlo, pero en todo el año, quizá es un hecho que sucede una o dos veces, no más.
En nuestro mundo no hay tiempo para las lamentaciones porque eso colabora a que muchos mueran. Y tomando en cuenta que no quiero ser partícipe de un hecho así, a menos que sea por mero entretenimiento guiado por un insaciable deseo de venganza. Entonces, me limito a cumplir con mi rol de princesa con lengua viperina.
—Te agradezco por darme una alcoba para mí—, me limito a decir con voz monótona acercándome a mis maletas para moverlas y abrir uno de ellos dándome cuenta que Sheila sí pudo hacer mi último pedido—, joder, Sheila, eres la mejor.
Sonreí removiendo con cuidado mis vestidos observando aquellos que están muy lejos de ser lo que una princesa consorte debería de usar, Y por esa misma razón, amo que mi doncella haya podido sacar todos los horribles vestidos que mi madre empacó para mí.
—¿Quién es Sheila? —, pregunta Nicholas llamando mi atención.
—Era mi doncella—, respondo volviendo a remover mis atuendos riendo cuando encuentro mi otro vestido de la venganza.
Sabía que el día de hoy se haría otra fiesta de compromiso para Nicholas y para mí. Ahora que los reinos estaban en un estado de paz, la gente de mi pueblo tiene la libertad de presentarse. Pero, sabiendo que ninguno se atreverá cruzar la frontera porque, como yo, no estamos del todo convencidos con esta paz.
—Le pedí que tirara todos los vestidos que mi madre mandó a confeccionar para mí—, confesé con una sonrisa orgullosa.
—¿Por qué? —, le veo dar dos pasos dentro de la habitación y sin pedir permiso toma asiento en la silla frente a mi tocador.
—Porque todos esos vestidos estaban destinados a complacerlos a ustedes—, lo dediqué un gesto de molestia cuando lo veo inclinarse para tocar la seda verde de uno de mis vestidos favoritos.
—¿Hay algo de malo vestirse para nosotros?
—En realidad, sé que mi madre los confeccionó todos para tu deleite—, lo miré—, pero, ya tengo suficiente con este trato. No voy a permitir nada más, nunca he sido el tipo de princesa que se viste para el deleite de los demás salvo para el mío propio. Y eso no va a cambiar ahora ni nunca.
Lo observo asentir para luego enderezarse y así poder cruzar sus piernas.
—Debes de saber que tenemos que hacer un baile típico de mi nación.
—No conozco ningún baile de tu nación.
—Eso lo sé—, asiente para luego colocarse de pies—, agendé una cita para que podamos ensayar dentro de unos minutos. Pedí que te trajeran el desayuno a la habitación, por ahora no he podido encontrar una doncella para ti. Supongo que te gustaría estar cuando haga la elección.
—Sí, te lo agradezco—, asentí colocándome de pies—, por todo, ya sabes—, señalo la habitación con nerviosismo—, por la habitación aparte. Por el desayuno y por evitar que haga el ridículo en la fiesta.
—No olvides que ahora somos una pareja—, dice él colocando una mano sobre el pomo de la puerta—, mi habitación está frente de la tuya por si necesitas ayuda con algo, solo diles a tus guardias en la puerta y ellos me lo harán saber.
Asentí.
—La fiesta es a las ocho de la noche—, sigue él abriendo la puerta—, y el ensayo es dentro de una hora. Tenemos aproximadamente nueve horas para que nos aprendamos eso.
—Para que me lo aprenda, querrás decir.
—Si tú fallas, lo hago yo también, Anahía—, asegura—, mis debilidades son las tuyas, y tus fortalezas son las mías. Así es como funcionan las relaciones.
Incapaz de responder algo coherente. Asiento con mi cabeza para luego verlo salir de mi habitación con seguridad.
Editado: 22.03.2025