Anahía.
Me tomó cinco horas poder aprenderme el baile de compromiso de Cressedent. Y me atrevo a decir que es una pieza absolutamente hermosa y sensual. Habla de la forma en la que la pareja se compromete a complacer al otro, en la intimidad y a la vista de todos.
Para cuándo Aila, la coreógrafa que trajo el príncipe enemigo, nos dejó ir, mi estómago rugía famélico y el sudor hacía que la tela de mi vestido se pegara a mi cuerpo de forma incomoda.
Nicholas caminaba a mi lado mientras nos dirigíamos hacia nuestras alcobas para poder bañarnos.
Los pasillos del castillo estaban alborotados. Los sirvientes corrían de un lado a otro con bandejas y telas, y más objetos que no logré identificar porque más de uno pasaba corriendo por nuestros lados, se detenía unos segundos para dedicarnos una reverencia y después volver a correr.
—Mi madre quiere hacer una fiesta por lo alto—, confiesa Nicholas rascando su cuello con incomodidad.
—Eres su único hijo, es normal.
—No lo creo—, dice negando con su cabeza—, lo hace por aparentar.
—¿No te llevas bien con tus padres? —. Pregunto, acercándome a él para poder hablar bajo, cerciorándome que solamente él pueda escucharme—, vi tus acciones en el avión, cuando me asusté y tomé tu mano en busca de apoyo, me la diste, pero vi que miraste a tus padres antes de hacerlo.
—Confieso que no tenemos la mejor relación—, dice en un susurro ronco—, el hijo predilecto era Nieran.
—Y no entiendo por qué—, dije con brusquedad cerrando la mano que está sobre su antebrazo, agarrando parte de la tela de su camisa manga larga—, tú eres mejor, Nicholas.
Mi confesión lo hace sonreír con autenticidad. El brillo en sus ojos verdes hizo que un rubor se extendiera por mis mejillas, y retire mi mirada porque no pude soportar ver lo maravilloso que se ve, con sus hoyuelos a la vista, la mirada brillosa haciendo que sus ojos no se vean naturales. Su sonrisa es preciosa en muchos sentidos. Pero no diré en cuales, ya tuve mucho de confesiones por hoy.
—Te agradezco tu sinceridad—, dice cuando nos detenemos frente a nuestras puertas—, ¿te parece si tomamos el almuerzo juntos?
—Por supuesto—, sonreí.
—Entonces pediré que traigan la comida a mi alcoba, tienes que ver la vista desde mi balcón.
—Trato—, aseguré extendiendo mi mano hacia él.
Él toma luego de unos segundos con una sonrisa para luego llevar mi mano a su boca y depositar un beso en mis nudillos, nunca alejando sus ojos de los míos.
Puedo sentir que mi rostro se calienta haciéndome saber que una vez más me ruboricé. Con torpeza doy un paso atrás para luego dirigirme hacia mi alcoba con velocidad para así cerrar la puerta a mi espalda para que, segundos después escuche la carcajada larga de Nicholas.
Mi dios, ¿qué rayos estoy haciendo?
Sé que en más de una ocasión los matrimonios arreglados funcionan. La pareja la hace funcionar y aunque sé que Nicholas me ha dicho en más de una ocasión que quiere hacerlo funcionar. Me cuesta creer que mi corazón se ablande con tanta rapidez.
Hemos sido enemigos por demasiado tiempo, y esto, no está dentro de los planes a corto plazo.
—Dioses—, observo que mi habitación está completamente arreglada.
Mis valijas fueron deshechas y todo fue colocado en su puesto, a pasos largos me dirigí hacia el armario y jadeé con sorpresa por lo majestuosa que era la habitación.
El piso era completamente afelpado. Seguía el mismo protocolo de color. Dorados, blancos y negro. La pared del fondo era un espejo. Observé mi reflejo y un sonido de queja salió de mis labios. Mi cabello estaba despeinado, mi piel estaba perlada por el sudor, mis mejillas, cuello y hombro estaba sonrojado, y voy a culpar a larga terapia de bailar. Sí, me rehúso a creer que esta acción de mi cuerpo es por causa del príncipe enemigo.
Con más brusquedad de la que esperé me desvisto para luego tomar una bata de baño en tono verde manzano y no pude evitar reír, porque mis vestidos en diversos colores no compaginaban con el ambiente monocromático de la habitación.
Parezco una paleta de colores brillantes en medio de todo este blanco, negro y dorado.
Con una sonrisa alegre, me dirijo al baño para darme una ducha donde esta vez sí me dediqué a lavar mi cabello para quitar el apestoso olor a sudor.
Salgo del baño con mi cabello envuelto en una toalla, me adentro en el guarda ropa para luego buscar en la cantidad absurda de vestidos colgando.
Me decido usar uno en tono blanco y azul imperial. La parte superior vuelve a tener un escote largo en forma de v, realzando mis pechos. La falda larga está decorada con flores blancas, amarilla y naranja.
Con tranquilidad, calzo mis pies y salgo de la habitación para luego, soltar mi cabello de la toalla y caminar a dejarla en la cesta de ropa sucia.
Regreso a mi tocador para volver a peinar mi cabello y cubrir mis brazos con mi crema favorita.
Coloqué un brazalete en mi muñeca derecha. Ajusté la cadena que me regaló Adal, y después mi serie de anillos.
Editado: 22.03.2025