Nicholas.
Mi corazón latía acelerado dentro de mi caja torácica, pero, alejé las emociones de mi rostro mientras me enfrenté a la multitud que pedía mi atención. Con tranquilidad, caminé a un lado de mis padres hasta dentro del castillo de la abuela. Todos lucían sus ropas de gala, e intentaba no lucir desdichado, porque, a pesar de que ahora desearía estar en casa, lejos de los súbditos que ahora aclaman por mí, solo por haberme vuelto el heredero a la corona. Debía estar aquí, el deber lo dictaba.
Observé a mi madre responder con un asentimiento seco de la cabeza cuando una mujer se acercó a ellos, le dedicó una reverencia antes de darles el pésame por la muerte de Nieran.
Ha pasado solamente un mes desde que murió, y tres semanas desde que hicieron un gran entierro. El pueblo intenta llevar un luto por un príncipe que no querían por el miedo de enfadar a mis padres. Mientras que, se acercan a mí para darme las felicitaciones por mi nuevo puesto.
El peso de la corona me estaba produciendo una jaqueca insoportable, hablando de forma metafórica y literal.
Con una mueca dejé que la abuela me abrazara.
—Intenta lucir menos miserable—, susurró de forma cómplice para luego tomar mis mejillas y mirarme con adoración haciéndome sonreír de forma autentica.
—Lo siento, abuela, no me siento bien.
—No digas tal tontería, Nicholas—, reprendió madre con la mirada en el público—, la realeza no fue hecha para sentir.
—Pero qué estupidez acabas de decir, mujer—, reprendió la abuela arrugando su entrecejo—, todo el mundo tiene el derecho de sentir, sobre todo, la realeza, pareciera que no vivieras en nuestro mundo.
Acepté la copa con vino que me acercó un mesero y la llevé a mis labios para ocultar mi sonrisa, ya que, me parte favorita de ver a la abuela es que siempre le está llevando la contraría a mi madre, incluso a su hijo, sin importarle que es su rey, porque incluso cuando lo es, ella asegura que primero es su hijo, y solamente ella tiene el derecho de decirle que está equivocado.
—Vamos, Nico—, dice la abuela cruzando nuestros brazos para hacerme caminar por el salón dejando atrás a mis padres que lo más probable es que se dirijan hacia la mesa familiar, para poder aislarse de la población—, ahora sí, podemos hablar de Alicia.
—No quiero hablar de ello, Bubu—, de pronto, ella pellizca mi brazo haciéndome sisear por el dolor.
—Te he dicho que no me llames así en público.
—Y yo que no me llames Nico y lo sigue haciendo—, la miré y le sonreí—, la vida puede llegar a ser muy injusta, Bubu.
Ella ríe echando su cabeza hacia atrás reconociendo mis palabras, ya que, fue algo que ella me dijo una vez, cuando era más joven y quería entender por qué no podía relacionarme con demasiadas personas.
La abuela siempre ha estado para mí, cuando me caí por primera vez de mi caballo, y tuve un gran hematoma que no me dejaba levantarme de la cama. Ella me cuidó y me dio los mimos que mis padres jamás se atrevieron a darme ya que, su atención siempre estuvo en Nieran. Y, con el pasar de los años, eso dejó de afectarme, ya que, Bubu siempre fue mi pilar.
—Entonces—, Ana se removió con nerviosismo—, tu abuela viene al castillo porque jamás le habías dicho que estabas comprometido y se enteró por…
—Por Alicia, quien es su protegida y lo confirmó porque mi madre le envió la invitación a la boda.
—Señor—, Ana se quejó llevando las manos a su cabello desordenándolo—, lo más probable es que tu abuela me odie, Nick.
—Nunca—, aseguré tomándola por las caderas para hacer que pare de caminar. Con tranquilidad la traje hacia mí, pegando su espalda a mi pecho—, está enfadada conmigo por no haberle contado antes. Y solo quiere saber si no me asesinarás, tomando en cuenta de que, casi muero por una flecha tuya.
—Nick—, se quejó con una risita—, no voy a volver a lanzarte una flecha, estábamos en guerra.
—Eso lo sabemos, tontita—, me reí dejando un beso en su mejilla, la solté para luego tomarla por los hombros y hacer que gire para que quede frente de mí—, mi abuela siempre hizo el papel de mi madre. Siempre, la tuve a ella, me cubrió y protegió de todo lo que pudo.
—Y ahora me tienes a mí, Nick—, aseguró con una sonrisa haciendo que mi corazón se acelere.
—Y tú a mí, Ana, y tú a mí.
—
Anahía.
Regresar a mi habitación después de tantas emociones se sentía, extraño. Inusual, es como si ya me estuviera acostumbrado al cosquilleo en mi estómago y la sonrisa suave que siempre está plantada en mi rostro cada vez que Nick estaba gravitando a mi alrededor. Con sus miradas de soslayo, y esa manera particular de mirarme. Sus manos siempre buscando formas de tocarme, el brazo, la mejilla, mis caderas, mi espalda. Siempre tenía que haber una conexión, y simplemente, se sentía, se sentía correcto.
Con cuidado me senté sobre mi cama y observé la correspondencia en mis manos. Con cuidado revisé los sobres buscando el más antiguo.
Editado: 23.08.2025