Anahía.
Llegué al árbol viejo que marcaba el final de nuestra carrera con los pulmones ardiendo y las piernas temblando, pero con una sonrisa que amenazaba con partirme el rostro.
Los niños llegaron segundos después, lanzándose al pasto entre risas y jadeos. Me giré, esperando ver el reproche en los ojos de mis padres a lo lejos, pero lo que encontré fue a Nicholas caminando hacia mí. Se había quitado el saco del traje, su camisa blanca estaba arremangada hasta los codos y tenía esa mirada. Esa mirada que decía: "Iría al fin del mundo si corres hacia allá".
—Ganaste —dijo él cuando llegó a mi altura, ignorando olímpicamente el hecho de que mis tacones estaban llenos de barro y mi peinado era un desastre.
—Siempre gano —repliqué, recuperando el aliento.
Adal se acercó entonces. Se veía más viejo, más cansado. La culpa es un ácido corrosivo, y mi hermano llevaba bañándose en ella desde que firmó aquel contrato.
—Ana —empezó, mirando mis zapatos sucios—. Madre está furiosa.
—Madre siempre está furiosa por algo, Adal —le corté con suavidad, pero con firmeza. Miré a Nicholas y luego volví a mirar a mi hermano—. Ya no soy la niña a la que tienes que proteger de sus propias decisiones, ni la pieza de cambio para salvar el reino.
—Lo sé —admitió él, bajando la mirada—. Él... —señaló a Nicholas con la barbilla— ¿te hace feliz? De verdad. No me mientas para calmar mi conciencia.
Miré a Nicholas. Al hombre que había cargado con el odio de un reino, que había aceptado mis flechas, mis gritos y mi dolor, y que me había dado la única cosa que mi familia me negó: elección.
—Él no solo me hace feliz, Adal. Él me hace libre.
Adal asintió, tragando grueso, y extendió una mano hacia Nicholas.
—Cuídala, Blackjack. O las tropas de Esdaney recordarán el camino a tu castillo.
Nicholas aceptó el apretón con una seriedad solemne.
—Tendrán que pasar sobre mi cadáver antes de que alguien la lastime. Incluyéndolos a ustedes.
—
La euforia de haber corrido con los niños se estaba asentando, dejando paso a la realidad de que debíamos partir pronto. Mientras Nicholas se había adelantado para hablar con los encargados del carruaje, yo decidí subir a mi antigua habitación para buscar una última cosa que quería llevarme. Sin embargo, al entrar, el cuarto estaba vacío.
—¿Sheila? —llamé, esperando verla salir del vestidor con mi ropa lista.
Nadie respondió.
Una doncella joven, a la que apenas reconocía, pasó por el pasillo con un montón de sábanas. La detuve tomándola suavemente del brazo.
—¿Dónde está Sheila? Se supone que debía ayudarme a preparar el equipaje.
La chica se puso pálida y bajó la mirada, temblando.
—La... la reina ordenó que regresara a sus labores anteriores, Alteza.
—¿Qué labores? —pregunté, sintiendo un frío en el estómago.
—A la cocina, Alteza. Con... con el cocinero Bastián.
El mundo se detuvo por un segundo, antes de volverse rojo. Bastián. El miserable que había intentado forzarla hace dos años. La razón por la que yo había intervenido, sacándola de ese infierno y convirtiéndola en mi doncella personal bajo mi protección directa.
Sin decir una palabra, me giré. Mis tacones resonaron como martillazos contra la piedra mientras bajaba las escaleras, ignorando el protocolo, ignorando a los guardias. Irrumpí en las cocinas con tal violencia que las puertas golpearon la pared. El calor era sofocante, pero mi sangre ardía más. Y allí estaba. Bastián tenía a Sheila acorralada contra la mesa de amasar, susurrándole algo al oído mientras ella sollozaba, tratando de hacerse pequeña.
—¡Aléjate de ella! —grité.
El silencio cayó como una guillotina. Bastián se giró, y al verme, su rostro palideció. Sheila aprovechó para correr hacia mí, escondiéndose detrás de mi espalda, temblando violentamente.
—Alteza, yo solo... le explicaba las nuevas reglas —balbuceó el hombre.
—Si vuelves a respirar cerca de ella, haré que te corten la lengua y te la den de comer —amenacé con una voz tan baja y letal que vi el terror real en sus ojos.
Tomé la mano de Sheila y la arrastré conmigo fuera de ese lugar, subiendo directamente al salón principal donde mis padres y Adal conversaban con indiferencia. Entré sin anunciarme.
—¡¿Cómo se atreven?! —espeté, haciendo que mi madre dejara caer su taza de té.
—Anahía, controla tu tono —reprendió mi padre—. No estás en tu casa.
—Exacto. Ya no lo estoy. Y por eso mismo, las reglas han cambiado.
Empujé a Sheila suavemente para que quedara a mi lado, aunque ella seguía llorando.
—Saben lo que ese animal intentó hacerle. Saben que yo la saqué de allí. Y, aun así, en el momento en que puse un pie fuera del castillo, la enviaron de vuelta a la boca del lobo.
—Es una sirvienta, Anahía. Hacía falta personal en la cocina —dijo mi madre con desdén, alisándose la falda—. No hagas un drama por algo tan insignificante.