Príncipe enemigo

VEINTISIETE.

Anahía.

El amanecer llegó sin que yo hubiera cerrado los ojos. Pasé la noche entera sentada en una silla junto a la cama, cambiando paños fríos sobre la frente de Nicholas para controlar la fiebre y vigilando que sus heridas no sangraran de nuevo.

Él dormitó a ratos, murmurando cosas incoherentes sobre flechas y fronteras.

Cuando los primeros rayos de sol se colaron por las cortinas pesadas, me puse de pie. Mi cuerpo estaba rígido, pero mi mente estaba afilada como una de las dagas de Marco.

—Gendry —llamé en voz baja. El consejero, que había dormitado en un sofá cercano, se sobresaltó—. Quédate con él. Si despierta, dile que estoy atendiendo asuntos de la corte. No dejes que nadie más entre.

—Alteza, usted no ha dormido...

—El sueño es para los que tienen la conciencia tranquila o para los que están a salvo. Yo no tengo ninguna de las dos cosas.

Salí de la habitación antes de que pudiera replicar. Caminé hacia mi propia alcoba con la cabeza alta. Los sirvientes me miraban de soslayo, cuchicheando. Sabían que algo pasaba, pero nadie se atrevía a preguntar. El miedo al Rey era palpable en cada rincón de este maldito castillo.

—Sheila —llamé al entrar. Mi doncella, que ya estaba despierta y organizando mis cosas, me miró con preocupación—. Prepara el baño. Y saca el vestido rojo.

—¿El rojo, Alteza? —preguntó ella, dudosa—. ¿Para el desayuno?

—Sí. El rojo sangre. Quiero que me vean. Quiero que sepan que no estoy escondida llorando.

Mientras el agua caliente relajaba mis músculos tensos, mi mente trabajaba a mil por hora. El Rey había lastimado a lo único que me importaba en este lugar. Había intentado doblegar a Nicholas a través del dolor físico.

Grave error.

Padre siempre decía: "Si quieres matar a una serpiente, no le pisas la cola. Le cortas la cabeza".

El Rey de Cressedent tenía que caer. No sabía cómo, ni cuándo, pero lo haría. Un accidente de caza. Un veneno indetectable de las reservas de Breiden. Una caída por las escaleras. Las opciones danzaban en mi cabeza mientras me frotaba la piel con la esponja.

Salí del baño y dejé que Sheila me vistiera. El vestido rojo se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, el corsé me mantenía erguida, una armadura de seda y ballenas.

Me miré al espejo.

Las ojeras estaban cubiertas con maquillaje. Mis labios estaban pintados de carmín.

—Te ves... peligrosa, Ana —susurró Sheila, usando mi nombre en privado como le había pedido.

—Bien. Eso es exactamente lo que necesito ser.

El comedor privado de la Reina Madre había sido preparado con una elegancia excesiva. Flores frescas, cristalería fina y una vista impecable a los jardines. Cuando entré, las conversaciones cesaron. La Reina Madre, Leticia, estaba sentada en la cabecera. Era una mujer imponente, con el cabello blanco peinado en un moño alto y ojos verdes tan astutos como los de su nieto. A su derecha estaba Alicia.

La protegida.

La ex prometida.

La traidora.

Llevaba un vestido azul pálido que la hacía parecer delicada e inofensiva.

Me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Princesa Anahía —saludó Leticia, su voz era rasposa pero firme—. Llegas justo a tiempo. Empezaba a pensar que la puntualidad no era una virtud en Esdaney.

—La puntualidad es vital en mi reino, Majestad —respondí, haciendo una reverencia perfecta—. Pero la eficiencia lo es más. Tuve que asegurarme de que ciertas órdenes se cumplieran antes de venir.

Tomé asiento frente a Alicia, quien me observaba con desdén apenas disimulado.

—¿Y dónde está mi nieto? —preguntó Leticia, mirando la silla vacía a mi lado—. Nicholas nunca se pierde un desayuno cuando estoy de visita. Es su forma de pedir perdón por no escribirme.

Sentí la bilis subir por mi garganta al recordar su espalda destrozada, su fiebre, su dolor. Pero mi rostro permaneció impasible. Si decía la verdad, si decía que su propio padre lo había torturado, pondría a Nicholas en una posición de debilidad. Lo harían ver como una víctima, o peor, como un niño castigado. Y si el Rey se enteraba de que yo estaba esparciendo la noticia, podría tomar represalias contra él mientras estaba indefenso.

No.

Nadie sabría que el Príncipe Heredero estaba herido.

—Nicholas tuvo que salir del castillo antes del amanecer —mentí con una fluidez que habría enorgullecido a mi padre—. Surgió un asunto urgente en la frontera norte con los suministros. Como futuro Rey, decidió encargarse personalmente para evitar errores burocráticos.

Alicia soltó una risita suave, llevando su copa a los labios.

—Qué extraño —comentó con voz dulce—. Nicholas suele delegar esas tareas menores. A menos que... esté evitándote. O evitando esta reunión.

Clavé mis ojos en los de ella.

—O quizás, Alicia, él toma sus responsabilidades reales más en serio que sus compromisos sociales. Algo que un futuro monarca debe hacer.




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