Anahía.
El olor a ungüento medicinal y lavanda se había convertido en el aroma permanente de la habitación de Nicholas.
Habían pasado tres días.
Tres días de fiebre intermitente, de gemidos ahogados contra la almohada y de mentiras dichas con una sonrisa de porcelana a la corte.
Con cuidado, retiré la venda de su espalda. La piel, aunque todavía roja y con costras de aspecto doloroso, ya no sangraba. La inflamación había bajado, dejando ver la crueldad precisa de cada latigazo.
—Se ve mejor —mentí suavemente, aunque la visión me revolvía el estómago. Nicholas, que estaba sentado al borde de la cama con el torso desnudo y la cabeza gacha, soltó un resoplido que terminó en una mueca de dolor.
—Se siente como si me hubieran arrastrado por un campo de espinos, Ana.
—Bueno, al menos ya tienes humor para quejarte. Eso es progreso.
Mojé un paño limpio en el agua tibia y comencé a limpiar los bordes de las heridas con delicadeza extrema. Sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mis dedos, no por miedo, sino por el esfuerzo de no mostrar debilidad, incluso ante mí.
—Debería estar ahí fuera —murmuró él, apretando los puños sobre sus rodillas—. Mi padre preguntará pronto por qué el problema en la frontera tarda tanto en resolverse.
—Tu padre está demasiado ocupado organizando su estúpida cacería y regodeándose en su poder como para notar los detalles —aseguré, aplicando una nueva capa de bálsamo—. Además, envié un informe falso con tu firma esta mañana. Gendry es un excelente falsificador, por cierto.
Nicholas giró la cabeza lo suficiente para mirarme. Sus ojos verdes estaban cansados, pero había una claridad en ellos que no había visto en días.
—Te estás arriesgando demasiado, Ana. Si él descubre que estás encubriéndome...
—Si él descubre algo, será lo último que descubra —le corté, terminando de colocar el vendaje limpio—. Listo. Ahora descansa. Tengo una reunión con los organizadores del banquete nupcial y no puedo llegar tarde. La futura Reina debe ser perfecta.
Me incliné y besé sus labios suavemente, evitando tocar su torso para no lastimarlo. Él respondió al beso con una necesidad desesperada, su mano subiendo para enredarse en mi nuca, reteniéndome un segundo más.
—Ten cuidado —susurró contra mi boca.
—Siempre.
Salir de la habitación de Nicholas y entrar en el pasillo fue como cambiar de piel. Dejé atrás a la mujer preocupada y enamorada, y me puse la máscara de la Princesa de Hierro.
Caminé por los pasillos con Sheila siguiéndome a dos pasos de distancia. Mi doncella lucía mucho mejor; el terror había abandonado sus ojos, reemplazado por una devoción silenciosa hacia mí que la hacía la cómplice perfecta.
—Alteza —dijo Sheila en voz baja—, el General Breiden dejó esto en su tocador. Dijo que era el tónico para los nervios que usted solicitó.
Me tendió un pequeño frasco de vidrio oscuro, sin etiqueta. Lo tomé y lo guardé en el bolsillo oculto de mi vestido.
No era un tónico para los nervios. Era Sombra de Zorro, un compuesto que Breiden usaba para impregnar las flechas de caza mayor. En dosis pequeñas, adormecía. En dosis concentradas, provocaba un paro cardíaco que parecía natural, indistinguible de un fallo del corazón por esfuerzo excesivo... o por la emoción de una cacería.
—Perfecto —dije—. Vamos. No hagamos esperar a las damas de la corte.
—
La tarde fue un ejercicio de paciencia y actuación. Me senté en el salón de té rodeada de flores y telas, asintiendo mientras la organizadora de bodas parloteaba sobre arreglos florales y la disposición de las mesas.
—El Rey ha sugerido que usemos lirios blancos para el altar, Alteza —dijo la mujer, una condesa de nariz respingona.
—Rosas rojas —corregí con una sonrisa que no admitía réplica—. Rosas rojas de Esdaney y Lirios de Cressedent. Una unión, ¿recuerdas?, No una sumisión.
La condesa parpadeó, nerviosa.
—Por supuesto, Alteza. Lo anotaré.
De pronto, las puertas se abrieron y el Rey entró. El aire en la habitación cambió instantáneamente. Las damas se levantaron e hicieron reverencias profundas. Yo me tomé mi tiempo, alisando mi falda antes de ponerme de pie y hacer una inclinación respetuosa, pero no servil.
—Majestad —saludé.
El Rey me miró con esa frialdad calculadora que tanto se parecía a la de Nicholas, pero sin una pizca de la calidez de su hijo.
—Anahía. Veo que te estás adueñando del lugar.
—Solo me preparo para mi futuro, Majestad.
Él soltó una risa corta y seca. Caminó hacia la mesa de muestras y tomó una de las rosas rojas, girándola entre sus dedos.
—¿Has tenido noticias de mi hijo? El informe que envió esta mañana era escueto.
Mi corazón latió con fuerza contra mis costillas, pero mi voz salió estable.
—Nicholas está concentrado en resolver el problema, señor. Sabe cuánto valora usted la eficiencia. Me dijo que no regresaría hasta que la frontera norte estuviera impecable.