Príncipe enemigo

VEINTINUEVE.

Anahía.

La recuperación de Nicholas era lenta, pero constante. Su fortaleza física, forjada en años de entrenamiento militar, jugaba a su favor. Sin embargo, era su espíritu lo que me preocupaba. Había una sombra nueva en sus ojos verdes. No era miedo, ni siquiera dolor. Era una resignación fría, la aceptación final de que el lazo con su padre estaba irremediablemente roto.

—Tienes que comer más, Nick —le insistí esa mañana, acercándole la bandeja con fruta y pan recién horneado.

Él estaba sentado en la cama, apoyado contra una montaña de almohadas para no presionar su espalda.

—Me estás cebando como a un cerdo para el matadero, Ana —bromeó débilmente, aunque tomó un trozo de manzana.

—Te estoy cuidando para que tengas fuerzas cuando seas Rey —corregí, acariciando su mano—. Mañana es la cacería.

Su expresión se endureció al instante.

—Odio que tengas que quedarte aquí sola con ellas mientras él está fuera.

—No estaré sola. Tengo a Sheila. Y tengo una lengua muy afilada. Además —le guiñé un ojo—, creo que mañana será un día muy interesante para todos.

Al mediodía, fui convocada nuevamente al comedor privado de la Reina Madre. Esta vez, la Reina Beatriz también estaba presente. El ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

—Llegas tarde otra vez, Anahía —dijo la Reina Beatriz sin levantar la vista de su sopa.

—Le pido disculpas, Majestad. Estaba supervisando personalmente que los informes de la frontera norte llegaran a tiempo al despacho de Nicholas —mentí con mi mejor sonrisa de nuera perfecta—. Él es tan meticuloso que a veces olvida descansar.

Alicia, sentada frente a mí con un vestido amarillo canario que lastimaba la vista, soltó un bufido delicado.

—Es curioso cómo Nicholas se ha vuelto tan... invisible últimamente. Casi parecería que se esconde.

—O que trabaja —repliqué, tomando mi servilleta—. Entiendo que para ti el concepto de deber real sea ajeno, Alicia, dado que tu mayor responsabilidad es elegir qué joyas combinan con tus zapatos.

La Reina Madre Leticia soltó una carcajada ronca, casi atragantándose con su vino.

—¡Touché! —exclamó la anciana, mirándome con diversión—. Beatriz, tu nuera tiene más fuego en la lengua que todo tu consejo de guerra junto.

La Reina Beatriz apretó los labios hasta que se volvieron una línea blanca.

—La insolencia no es una virtud. Es una falta de educación.

—La honestidad a menudo se confunde con insolencia por aquellos que prefieren la adulación —dije con calma, probando el asado.

Estaba delicioso, pero me sabía a ceniza. Mi mente estaba en el bosque, a kilómetros de allí, imaginando al Rey abriendo su petaca de plata.

—¿Y qué harás cuando Nicholas sea Rey, Anahía? —preguntó Alicia con veneno—. ¿Seguirás respondiendo por él? ¿O finalmente aceptarás que una reina consorte debe estar dos pasos atrás?

Dejé los cubiertos con un tintineo suave y miré a Alicia a los ojos. —Cuando Nicholas sea Rey, Alicia, yo estaré a su lado. Ni un paso atrás, ni uno adelante. A su lado. Y te aseguro que cualquiera que intente interponerse en nuestro camino, descubrirá por qué mi pueblo sobrevivió a una guerra contra el tuyo.

—Basta —ordenó la Reina Beatriz, frotándose la sien—. Me están dando jaqueca.

—A mí me están dando hambre —dijo Leticia, pinchando una papa—. Sigue así, niña. Este castillo necesitaba un poco de caos.

La tarde se arrastró con una lentitud agónica. Me refugié en la habitación de Nicholas, leyendo en voz alta para él mientras Gendry entraba y salía con informes (reales y falsos) para mantener la farsa.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y violeta. De repente, el sonido de cuernos de caza resonó a lo lejos. Pero no era el toque de victoria.

Era el toque de duelo.

Largo.

Lúgubre.

Repetitivo.

Nicholas se tensó en la cama, intentando incorporarse a pesar del dolor.

—¿Qué es eso? —preguntó, con la voz ronca.

Me puse de pie, alisando mi vestido rojo, sintiendo cómo mi corazón latía con una mezcla de terror y triunfo.

—Quédate aquí —ordené—. Gendry, no dejes que se mueva.

Salí al pasillo justo cuando el caos estallaba. Sirvientes corrían de un lado a otro. Guardias gritaban órdenes.

Llegué a la entrada principal justo cuando las puertas dobles se abrían de par en par. Un grupo de guardias reales entró, cargando una camilla improvisada con capas.

La Reina Beatriz bajó las escaleras corriendo, con el rostro descompuesto, seguida por una Leticia pálida pero estoica. Alicia se quedó en el rellano, cubriéndose la boca con las manos.

El Capitán de la Guardia se adelantó, se quitó el yelmo y se arrodilló ante la Reina.

—Majestad... —su voz temblaba—. Lo siento.




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