Anahía.
La oscuridad previa al amanecer era nuestra única aliada.
—Apóyate en mí, Nick —susurró Gendry, pasando el brazo de Nicholas sobre sus hombros.
Nicholas apretó los dientes, soltando un siseo de dolor que resonó demasiado fuerte en el pasillo desierto. Su espalda, aunque ya no sangraba gracias a mis cuidados obsesivos de los últimos dos días, seguía siendo un mapa de carne viva y sensibilidad extrema.
—Estoy bien —gruñó él, con esa terquedad que ya empezaba a reconocer como su rasgo más característico y exasperante.
—No, no lo estás —repliqué, ajustando su capa para asegurarme de que cubriera cualquier rastro de vendaje o rigidez—. Pero vas a fingir que lo estás. Porque en una hora, cuando entres por esas puertas principales, ya no serás el hijo castigado. Serás el Rey.
Bajamos por las escaleras de servicio, esas que los sirvientes usaban para mover la ropa sucia y los desperdicios. Era indigno para un monarca, pero necesario para nuestra supervivencia.
Al llegar a la salida lateral, el aire frío de la madrugada nos golpeó. Allí, con el motor del auto en marcha y las luces apagadas, esperaba Asher.
El leal chofer abrió la puerta trasera en cuanto nos vio. No hizo preguntas. No miró la palidez de Nicholas ni la forma en que Gendry tuvo que ayudarlo a entrar al vehículo.
—A la entrada de la ciudad, Asher —ordenó Nicholas con voz débil, recostándose con cuidado en el asiento de cuero—. Y luego entraremos por la puerta principal como si acabara de llegar de un viaje de tres días sin dormir.
—Entendido, Majestad —respondió Asher, mirándolo por el retrovisor con una mezcla de respeto y tristeza.
Cerré la puerta del auto y golpeé el techo dos veces.
—Te veré dentro —le dije a través de la ventanilla—. Haz tu entrada. Yo me encargaré de preparar el escenario.
Regresé a mi habitación corriendo, me metí en la cama y fingí dormir durante veinte minutos hasta que los primeros gritos de "¡El Príncipe ha regresado!" empezaron a resonar por los pasillos.
Entonces, comenzó el teatro.
Me vestí de negro riguroso. Un vestido de cuello alto y mangas largas, sobrio, elegante y asfixiante. Sheila trenzó mi cabello con cintas oscuras. Cuando bajé al salón del trono, la corte ya estaba reunida. Había un murmullo incesante, una mezcla de llanto fingido y especulación política voraz.
Las puertas se abrieron de golpe. Nicholas entró. Llevaba su traje de viaje, ligeramente arrugado y manchado de polvo —un toque maestro de Gendry—. Su rostro estaba pálido y tenía ojeras profundas, lo que todos interpretaron como el cansancio del viaje y el dolor del duelo, pero que yo sabía que era la agonía física de mantener la espalda recta. Caminó hacia el centro de la sala. No miró a nadie. Su presencia llenó el espacio, desplazando el aire viciado que su padre había dejado.
La Reina Beatriz corrió hacia él, sollozando, y se lanzó a sus brazos. Vi a Nicholas vacilar un microsegundo cuando el abrazo de su madre presionó sus heridas, pero no se rompió. La sostuvo, le besó la cabeza y luego levantó la vista. Sus ojos verdes buscaron los míos entre la multitud. Y en esa mirada, hubo un intercambio silencioso que nadie más vio.
Lo logramos.
Estamos a salvo.
Me acerqué a él, abriéndome paso entre los nobles que ya empezaban a evaluar cómo congraciarse con el nuevo poder.
—Alteza —dije, haciendo una reverencia profunda, la primera que le ofrecía no como prometida, sino como súbdita de un Rey.
Él me tendió la mano.
La tomé. Estaba fría, pero su agarre fue firme.
—Anahía —su voz era grave, autoritaria, pero con ese matiz de suavidad que solo usaba conmigo—. Gracias por cuidar de mi madre y mi abuela en mi... ausencia.
—Siempre, mi señor.
—
Los días siguientes fueron una borrosidad de rituales fúnebres y burocracia. El duelo del reino era una farsa magnífica. Vi a generales llorar lágrimas de cocodrilo por el hombre que los enviaba a guerras suicidas. Vi a nobles lamentarse por la pérdida de un "gran líder" mientras calculaban cuánto poder ganarían con el hijo inexperto. Y yo estaba allí, parada junto a Nicholas, vestida de negro, con el rostro serio y el alma extrañamente ligera. Tenía un secreto en el bolsillo de mi vestido, o, mejor dicho, la ausencia de él.
El frasco vacío de Sombra de Zorro había desaparecido, enterrado en lo profundo de los jardines, pero la verdad la llevaba grabada en la piel.
Maté a un Rey.
Y mientras miraba el ataúd cerrado de ébano y oro en el centro de la catedral, no sentí culpa. Ni una pizca.
Sentí la mano de Nicholas apretar mi brazo. Estábamos de pie frente al altar, escuchando el sermón interminable del Sumo Sacerdote.
Nicholas se balanceó ligeramente. Sabía que el dolor en su espalda debía ser insoportable tras horas de pie. Me pegué a su costado discretamente, permitiendo que descargara parte de su peso en mí sin que nadie lo notara.
—Resiste —susurré sin mover los labios.
Editado: 27.01.2026