Príncipe enemigo

EPÍLOGO. EL JURAMENTO DE SANGRE Y ORO.

Anahía.

Las campanas de la Catedral de los Santos Mártires repicaban con tanta fuerza que sentía la vibración en los huesos de mi pecho, compitiendo con el ritmo frenético de mi propio corazón.

Cressedent entero se había detenido.

Ajusté mi postura, irguiendo la espalda mientras las enormes puertas de roble tallado comenzaban a abrirse lentamente ante mí. La luz del mediodía se filtró hacia el interior, iluminando el camino de alfombra roja que parecía interminable.

—Estás lista —susurró Adal a mi lado. Mi hermano, vestido con el traje de gala militar de Esdaney, me ofreció su brazo. Sus ojos azules brillaban con orgullo y una pizca de esa tristeza que nunca se iba del todo, pero hoy, la alegría ganaba—. Luces como la victoria, An.

—No soy la victoria, Adal —respondí, entrelazando mi brazo con el suyo—. Soy la guerra que acaba de terminar… y la paz que está por comenzar.

La música estalló. Una mezcla solemne de órganos y tambores de guerra, tal como lo había ordenado.

Avanzamos.

Miles de rostros se giraron hacia mí. Vi a mi madre, conteniendo las lágrimas con un pañuelo de encaje. Vi a mi padre, asintiendo con una gravedad solemne. Vi a los gemelos, Aldan y Alatz, inusualmente quietos y con los ojos muy abiertos, fascinados por la magnitud del momento.

Y vi a Sheila, de pie en primera fila, con un vestido nuevo y la cabeza alta, llorando abiertamente de felicidad. Le guiñé un ojo discretamente, y ella se llevó la mano al corazón.

Pero mi mundo se redujo a un solo punto focal al final del pasillo.

Nicholas.

Estaba de pie frente al altar mayor, esperando. Ya no llevaba el uniforme de Príncipe. Llevaba el manto de armiño y terciopelo negro de los Reyes. Su postura era regia, imponente, pero cuando sus ojos verdes encontraron los míos, la máscara del monarca se rompió solo para mí.

Había devoción allí. Y complicidad.

Él sabía lo que habíamos hecho. Sabía el precio que habíamos pagado —en sangre, en dolor, en secretos enterrados en botellas de plata— para llegar a este momento.

Cuando Adal me entregó a él, Nicholas tomó mi mano con firmeza. Sus dedos rozaron la pequeña flecha bordada en la manga de mi vestido, un recordatorio secreto de nuestro inicio.

—Te ves… irreal —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara.

—Solo soy yo, Nick. Tu enemiga favorita.

Él sonrió, y esa sonrisa iluminó la catedral más que los cientos de cirios encendidos.

La ceremonia fue un borrón de palabras antiguas y rituales sagrados. Intercambiamos anillos —oro de Esdaney para él, diamante negro de Cressedent para mí—.

Entonces, llegó el momento.

El Sumo Sacerdote alzó la corona del Rey. Era una pieza pesada de hierro y oro, cargada de historia y de pecados pasados.

Nicholas se arrodilló. Cuando la corona tocó su cabeza, no se hundió bajo el peso. Se levantó, más alto, más fuerte.

Luego, fue mi turno.

Me arrodillé ante él. Nicholas tomó la corona de la Reina Consorte —una diadema delicada pero afilada de platino y rubíes— y, rompiendo el protocolo que dictaba que debía hacerlo el sacerdote, él mismo la colocó sobre mi cabeza.

—Yo, Nicholas VI Blackjack, Rey de Cressedent —declaró, su voz resonando en la bóveda—, te corono a ti, Anahía, no solo como mi esposa, sino como mi igual. Mi Reina. Mi compañera en la paz y en la batalla.

Me puse de pie y me giré hacia la multitud.

—¡LARGA VIDA AL REY! —. Proclamó el sacerdote haciendo que el público lo imite causándome un escalofrío.

—¡LARGA VIDA A LA REINA! —. El grito fue ensordecedor lleno de devoción absoluta que hizo que mi corazón galopara en mi pecho acelerando mi pulso cuando tomé la mano que Nick me estaba ofreciendo para luego dirigirnos hacia los tronos que fueron traídos a la iglesia para este momento.

Cuando mis piernas tocaron el frío metal del trono, supe en cada fibra de mi ser que moriría por él y por el hombre de ojos verdes que me miró con una devoción que hizo sonreír con aprecio a la vez que apreté su mano, sin importarme que el reino note nuestro amor, nuestra devoción, nuestro respeto mutuo.

Amaba este reino lleno de víboras, pero amaba con más fortaleza al hombre que me dio la libertad de elección que jamás tuve.

Horas más tarde, la celebración estaba en su apogeo en el gran salón de baile.

Nicholas y yo bailábamos en el centro de la pista, envueltos en la música y en los aplausos.

—¿Estás cansada? —preguntó él, haciéndome girar.

—Podría bailar toda la noche —aseguré, aunque mis pies me estaban matando—. Pero creo que ya hemos cumplido con la cuota de sonrisas públicas.

—Coincido.

Nos dirigimos hacia el balcón principal para tomar un momento de aire fresco, lejos de las miradas curiosas y de los aduladores.

La noche era clara. Las estrellas brillaban sobre Cressedent, nuestro reino.




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