Prisionera del Destino

Capítulo 26 – Lo que despierta cuando sangra

Luna no recordaba haber sudado así en su vida.

Su cuerpo entero temblaba, no de cansancio común, sino de algo más profundo, más antiguo. Cada músculo ardía, cada nervio parecía aún vibrar con la energía que Kael había obligado a emerger de ella.

El santuario ya no estaba en silencio.

El aire olía a poder liberado, a piedra caliente, a sangre leve donde la piel se había abierto sin que ella lo notara. Una fina línea rojiza bajaba por su antebrazo izquierdo.

Kael lo vio de inmediato.

—Alto —ordenó.

Su voz no fue dura, pero sí absoluta.

Luna levantó la mirada, respirando con dificultad.

—Puedo seguir.

Kael avanzó hasta ella en dos pasos largos y le tomó el brazo con firmeza, girándolo para observar la herida. Sus dedos eran cálidos, demasiado conscientes de cada centímetro de su piel.

—No cuando sangras así —dijo—. No sin entender qué estás liberando.

Luna tragó saliva.

—No duele.

Kael levantó una ceja, oscureciendo la mirada.

—Eso es lo que me preocupa.

La soltó despacio, pero no se alejó. Se quedó frente a ella, evaluándola como un guerrero evalúa un arma… y como un Alfa evalúa algo que podría destruirlo si no la guía bien.

—¿Qué sentiste justo antes de perder el control? —preguntó.

Luna cerró los ojos un segundo.

—Rabia… —admitió—. Pero no era mía solamente.

Era como si algo dentro de mí recordara cosas que yo nunca viví.

Kael tensó la mandíbula.

—Memoria ancestral —murmuró—.

Eso no debería haberte despertado aún.

Luna abrió los ojos.

—¿Aún?

Kael la miró en silencio unos segundos demasiado largos.

—Lo que llevas dentro no responde solo a mi marca —dijo al fin—.

Responde a algo más antiguo que yo… que este clan… que incluso Van Dorne.

El nombre cayó como una sombra.

—¿Él lo sabe? —preguntó Luna, en voz baja.

Kael dio media vuelta, caminando hacia una de las paredes marcadas con símbolos.

—No —respondió—. Pero lo siente.

Por eso no se ha ido. Por eso espera.

Luna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Tú sabías que yo podía ser esto?

Kael se giró lentamente hacia ella.

—Sabía que eras peligrosa —dijo—.

No sabía que eras… excepcional.

El silencio entre ambos se cargó de algo más espeso. No era solo deseo. Era reconocimiento.

Kael volvió a acercarse, esta vez más despacio.

—Escúchame bien, Luna —dijo, tomando su rostro con ambas manos—.

A partir de ahora, no vas a entrenar solo para defenderte.

Vas a entrenar para sobrevivir a lo que eres.

Ella sostuvo su mirada.

—No quiero que me protejas de todo.

Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Kael.

—No lo haré.

Se inclinó apenas, rozando su frente con la de ella.

—Pero tampoco permitiré que nadie te rompa antes de que estés lista.

El contacto fue mínimo… pero el vínculo reaccionó.

La marca de Luna ardió.

La de Kael respondió.

No fue un fuego descontrolado como antes.

Fue profundo. Lento. Dominante.

Luna apoyó las manos en el pecho de Kael sin darse cuenta.

—Cuando me miras así… —susurró— siento que podría enfrentar cualquier cosa.

Kael bajó la cabeza, su voz grave rozándole el oído.

—Y lo harás.

Pero primero… vas a aprender a sangrar sin perderte.

Separándose apenas, la condujo hacia el centro del santuario.

—De rodillas —ordenó.

Luna obedeció.

No por sumisión ciega.

Sino porque algo dentro de ella quería aprender de él.

Kael se colocó frente a ella, imponente.

—Este no es un castigo —dijo—.

Es un juramento silencioso.

Apoyó dos dedos sobre la herida de su brazo. La sangre reaccionó, brillando apenas.

Luna contuvo el aliento.

—Cada gota que derrames aquí —continuó Kael— será una promesa.

De que no te esconderás.

De que no negarás lo que eres.

Luna levantó la mirada, firme.

—No lo haré.

Kael asintió, satisfecho.

—Bien.

Porque cuando Van Dorne venga por ti…

no encontrará a una sirvienta marcada.

Encontrará a una Luna que sabe morder.

El santuario pareció responder a sus palabras.

Y lejos, muy lejos, algo se movió entre los árboles.

La caza ya había comenzado.




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