Prisionera del Destino

Capítulo 28 – El error del Alfa

El bosque aún estaba húmedo por la lluvia de la madrugada cuando Kael llevó a Luna más allá de los límites conocidos de la mansión. No había guardias, ni senderos marcados, ni señales humanas. Solo árboles antiguos, raíces retorcidas y un silencio tan profundo que parecía observarlos.

—Aquí —dijo Kael, deteniéndose—. Nadie escucha. Nadie interrumpe.

Luna respiró hondo. El aire allí era distinto. Más denso. Más vivo.

Su piel reaccionó de inmediato.

—¿Qué es este lugar? —preguntó.

Kael tardó en responder.

—Donde los Alfas aprenden a perder el control… sin destruirlo todo.

Ella lo miró.

—¿Y por qué me traes aquí?

Él giró lentamente hacia ella. Sus ojos grises estaban más oscuros de lo habitual.

—Porque hoy voy a exigirte más de lo que debería.

No era una advertencia.

Era una confesión.

Kael se quitó la chaqueta, dejándola caer sobre una roca. Arremangó la camisa. Sus brazos estaban marcados por cicatrices antiguas, recuerdos de luchas que no se contaban en voz alta.

—Tu cuerpo ya respondió al vínculo —continuó—. Pero tu instinto… aún se contiene.

Luna tragó saliva.

—¿Y si no quiero contenerlo?

La mirada de Kael se tensó.

—Ahí está el problema.

Se acercó, despacio, hasta quedar frente a ella. No la tocó. No todavía.

—Si cruzas ese umbral sin control, no podré protegerte de ti misma.

—¿O de ti? —susurró Luna.

El silencio cayó pesado entre ellos.

Kael alzó una mano.

—Ataca.

Ella parpadeó.

—¿Qué?

—Ataca —repitió, firme—. Con todo lo que sientas. Sin pensar.

Luna dudó apenas un segundo. Luego algo dentro de ella cedió.

No fue un movimiento elegante. Fue puro instinto. Avanzó contra él con una fuerza que no sabía que tenía, empujándolo, intentando derribarlo. Kael retrocedió un paso, sorprendido.

—Otra vez —ordenó.

Esta vez Luna gruñó.

Su visión se agudizó. El mundo se volvió más nítido, más crudo. El sonido de su propia sangre rugía en sus oídos. Volvió a lanzarse, más rápida, más feroz.

Kael la atrapó por la muñeca y la giró, inmovilizándola contra su pecho.

—Eso —murmuró cerca de su oído—. Ahí estás.

El cuerpo de Luna ardía. No solo por el esfuerzo. Por la cercanía. Por el dominio contenido de Kael.

—Suéltame —dijo, aunque su voz tembló.

Kael no lo hizo.

Ese fue su error.

Porque algo se rompió.

Luna no pensó. Reaccionó. Su fuerza explotó desde el centro de su pecho, una oleada salvaje que la liberó de su agarre y lanzó a Kael hacia atrás. Él cayó sobre la tierra húmeda con un impacto seco.

El silencio fue absoluto.

Luna se quedó inmóvil, respirando con dificultad. Miró sus manos. Temblaban.

—Kael… yo…

Él se incorporó lentamente. No estaba furioso.

Estaba conmocionado.

—Eso no fue entrenamiento —dijo en voz baja—.

Eso fue poder sin filtro.

Se levantó, acercándose otra vez, pero esta vez con cautela.

—Te exigí demasiado. No debí empujarte así.

Luna levantó la mirada. Sus ojos brillaban con un tono plateado intenso.

—No me empujaste —respondió—. Solo abriste la puerta.

Kael sintió un escalofrío.

—Van Dorne tenía razón en algo —continuó ella—. No soy lo que tú creías.

Kael la tomó del rostro con ambas manos, firme pero tembloroso.

—No digas eso.

—¿Por qué? —susurró Luna—. ¿Porque te asusta… o porque te excita?

El silencio se volvió eléctrico.

Kael bajó la frente hasta tocar la de ella.

—Porque si sigues despertando así… el mundo no te dejará elegir.

Luna cerró los ojos.

—Entonces enséñame a elegir —pidió—. No a obedecer.

Kael la abrazó de golpe, fuerte, como si temiera perderla.

—Cometí un error —admitió—.

Te traté como Luna… cuando ya estás dejando de serlo.

Ella apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Y eso te hace querer huir?

—No —respondió él, con voz grave—.

Me hace querer encerrarte entre mis brazos y desafiar al mundo entero.

Sus manos recorrieron su espalda, lentas, marcándola sin dejar huella visible. Luna suspiró, rendida al contacto, pero sin perderse en él.

—Esto cambia las reglas —dijo ella.

—Sí —aceptó Kael—.

Y Van Dorne lo sabe.

A lo lejos, un aullido rompió el aire. No era de Kael.

No era de Luna.

Era una respuesta.

Kael tensó el cuerpo.

—No estamos solos —murmuró.

Luna alzó el rostro, una sonrisa peligrosa dibujándose en sus labios.

—Entonces será mejor que aprendan…

que ya no soy una presa.

Y por primera vez, Kael entendió la magnitud de su error.

No había despertado a su Luna.

Había despertado a una reina salvaje.

Y el mundo aún no estaba listo para ella.




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