Prisionera del Destino

Capítulo 29 – Cuando los Alfas sienten el llamado

El error de Kael no tardó en manifestarse.

No llegó como una amenaza visible ni como un ataque inmediato.

Llegó como llegan las cosas verdaderamente peligrosas: en el aire.

La mañana siguiente amaneció inquieta. El bosque estaba demasiado silencioso, los pájaros no cantaban y los lobos de la manada evitaban cruzar miradas. Algo había cambiado. Algo había sido anunciado, aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.

Luna lo sintió al despertar.

No fue un dolor ni un sueño extraño. Fue una presión suave en el pecho, como si el mundo respirara distinto cuando ella abría los ojos. La marca en su cuello no ardía… latía.

—Kael… —susurró.

Él ya estaba despierto.

Estaba sentado al borde de la cama, con los antebrazos apoyados en las rodillas, la espalda rígida, la mirada perdida en la pared como si viera algo que ella aún no podía.

—No salgas hoy —dijo sin mirarla.

Luna se incorporó despacio.

—¿Por qué?

Kael cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su expresión no era de mando. Era de preocupación real.

—Porque anoche no solo despertaste tu poder —respondió—. Lo anunciaste.

Luna frunció el ceño.

—¿A quién?

Kael giró finalmente hacia ella.

—A todos los que saben escuchar.

Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, la mansión parecía tranquila, majestuosa, intocable. Pero Kael sabía mejor.

—Hay Alfas antiguos —continuó—. Algunos no responden a jerarquías modernas. No obedecen leyes humanas ni pactos escritos. Responden a… señales.

Luna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y yo soy una de esas señales?

Kael no respondió de inmediato.

—Eres algo peor —dijo al fin—. Eres una anomalía.

Ella se levantó y se colocó detrás de él, apoyando la mano en su espalda desnuda.

—No suena a halago.

Kael atrapó su mano y la sostuvo con fuerza.

—Eres una Luna marcada… que no nació loba. Eso rompe todas las reglas.

Luna inhaló con calma.

—Entonces que se rompan.

Kael giró con brusquedad, tomándole el rostro.

—No entiendes —dijo con voz baja, intensa—. Algunos no querrán destruirte.

Querrán poseerte.

El silencio cayó entre ellos como una sentencia.

—¿Como Van Dorne? —preguntó ella.

La mandíbula de Kael se tensó.

—Van Dorne no está solo —respondió—. Nunca lo estuvo.

En ese momento, un aullido lejano atravesó el aire. Profundo. Antiguo. No pertenecía a la manada Draven.

Luna lo sintió en la sangre. No como miedo. Como… reconocimiento.

—Me están llamando —susurró.

Kael la atrajo contra su pecho de inmediato.

—No —gruñó—. No vas a responder.

Ella apoyó la frente en su clavícula.

—No lo estoy buscando —dijo—. Pero tampoco voy a esconderme.

Kael cerró los ojos. Ese era el verdadero peligro.

No que Luna fuera débil.

Sino que no lo era.

—Te entrené para defenderte —dijo—. No para convertirte en un trofeo.

Luna alzó la mirada, sus ojos plateados brillando con una calma inquietante.

—Entonces entréname para reinar —respondió—. No para huir.

Kael sintió el peso de esas palabras como un golpe en el pecho.

En los límites del territorio Draven, sombras se movían entre los árboles. No cruzaban. Observaban. Medían. Esperaban.

Y en algún lugar, más allá del bosque, Van Dorne sonreía.

—Ya te sienten —murmuró para sí—.

Y cuando los Alfas sienten… la guerra no tarda.

De regreso en la mansión, Kael tomó el rostro de Luna entre sus manos, apoyando su frente en la de ella.

—Esto va a ponerse oscuro —advirtió—. Y no podré protegerte de todo.

Luna sonrió apenas.

—No quiero que lo hagas —susurró—.

Quiero que luches a mi lado.

Kael la besó entonces. No fue tierno. No fue suave.

Fue un beso de promesa, de peligro compartido, de dos fuerzas que ya no podían retroceder.

Cuando se separaron, ambos lo sabían.

El mundo había escuchado a Luna.

Y ahora venían por ella.

No como salvadores.

No como aliados.

Sino como pretendientes al poder.

Y Kael Draven tendría que decidir hasta dónde estaba dispuesto a llegar…

para no perderla.




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