Prisionera del Destino

Capítulo 30 – El derecho de reclamar

El primer Alfa no cruzó el territorio Draven con violencia.

Lo hizo con derecho.

Los centinelas lo sintieron antes de verlo. El aire cambió de peso, como si el bosque se inclinara ante una presencia antigua. No hubo alarma, no hubo gritos. Solo un silencio tenso… respetuoso.

Kael lo supo en el mismo instante.

Estaba entrenando con Luna en el patio interno, enseñándole a canalizar la fuerza sin dejar que el instinto tomara el control. Ella tenía los puños cerrados, el cuerpo cubierto de sudor, la respiración firme.

—Concéntrate —dijo Kael—. No empujes el poder. Déjalo salir.

Luna cerró los ojos. El suelo bajo sus pies vibró apenas.

Entonces Kael se tensó.

—Detente —ordenó.

Luna abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

Kael alzó la cabeza lentamente.

—Tenemos visita.

No pasaron ni dos minutos cuando el guardia principal apareció, con el rostro serio.

—Alfa Kael… —dijo—. Hay alguien en la frontera este. No ataca. No exige.

Dice que viene a… reclamar.

Luna sintió un tirón en el pecho. No de miedo. De respuesta.

Kael no necesitó preguntar el nombre.

—Déjalo entrar —dijo con frialdad—.

Pero solo a él.

El Alfa se presentó en el claro central, sin escolta.

Era alto, de cabello oscuro con vetas plateadas, ojos ámbar y una presencia que no necesitaba alzar la voz para dominar el espacio. Vestía de negro, sin insignias modernas. Vieja sangre.

—Kael Draven —dijo con una leve inclinación de cabeza—. Has crecido… pero sigues oliendo a fuego.

Kael no devolvió el gesto.

—Rhazek del Norte —respondió—. Pensé que estabas muerto.

Rhazek sonrió apenas.

—Muchos lo desearon.

Sus ojos se deslizaron… y se clavaron en Luna.

No fue una mirada lasciva.

Fue evaluadora.

—Así que es ella —dijo—. La Luna no nacida.

Kael dio un paso adelante al instante.

—Mide tu mirada.

Rhazek alzó una ceja.

—No la toco —respondió—. Pero la ley antigua me da derecho a verla.

Luna sintió cómo su poder se agitaba bajo la piel. Dio un paso al frente, sin pedir permiso.

—Si vas a hablar de mí —dijo con voz firme—, hazlo mirándome.

Rhazek la observó entonces con atención total. Sus ojos brillaron.

—No tiemblas —murmuró—. Interesante.

Kael gruñó bajo.

—Di lo que viniste a decir y vete.

Rhazek suspiró.

—Muy bien. —Alzó la barbilla—.

La señal fue clara. Una Luna marcada que despierta poder sin linaje.

Eso activa el Derecho de Reclamo Antiguo.

El aire se volvió denso.

—No —dijo Kael, tajante—. Ese derecho fue abolido.

Rhazek negó lentamente.

—Por los Alfas jóvenes. No por nosotros.

Luna sintió el pulso del vínculo golpearle el pecho.

—¿Reclamar qué? —preguntó.

Rhazek no apartó los ojos de ella.

—Tu lealtad.

Tu poder.

Tu vientre, si fuera necesario.

El mundo se detuvo.

Kael se lanzó un paso más adelante, los colmillos asomando.

—Una palabra más y no saldrás caminando de aquí.

Rhazek lo miró sin miedo.

—¿Ves? —dijo, tranquilo—. Eso es justo lo que buscan.

La guerra.

Luna alzó la mano.

Kael la miró, sorprendido.

—Luna, no—

—Déjame —susurró ella.

Se volvió hacia Rhazek.

—No soy un territorio —dijo—. Ni un premio. Ni un derecho antiguo.

Rhazek ladeó la cabeza.

—Aún no entiendes lo que eres.

Luna dio un paso más. El suelo crujió bajo sus pies.

—Lo suficiente para decidir por mí misma.

Rhazek sonrió por primera vez con auténtico interés.

—Entonces esto será… fascinante.

Se inclinó apenas.

—Tienes luna llena para demostrar que no necesitas ser reclamada.

Kael tensó el cuerpo.

—¿Y si no aceptamos?

Rhazek se giró hacia el bosque.

—Entonces otros vendrán —dijo—. Y no pedirán permiso.

Cuando desapareció entre los árboles, el silencio cayó como una losa.

Kael se giró hacia Luna, tomándola del rostro.

—Esto ya empezó —dijo con voz grave—. Y no hay vuelta atrás.

Luna apoyó su mano sobre la marca.

—Nunca la hubo —respondió—.

Solo que ahora… no estoy sola.

Kael la besó, con furia contenida.

—Voy a enseñarte a sobrevivir entre monstruos.

Luna sonrió contra sus labios.

—Entonces asegúrate de que aprendan a temerme.

Y en lo profundo del bosque, los Alfas antiguos empezaban a moverse.

La Luna había sido vista.

Y nadie pensaba renunciar a ella sin sangre.




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