Prisionera del Destino

Capítulo 31 – Sangre bajo el mismo techo

La mansión Draven nunca dormía del todo.

Esa noche, el viento golpeaba las ventanas con insistencia, como si algo —o alguien— buscara entrar. La luna aún no estaba llena, pero su luz se filtraba pálida, enfermiza, proyectando sombras largas en los pasillos.

Luna se despertó de golpe.

No fue un sueño.

Fue una sensación.

Su vínculo con Kael vibró con fuerza, una punzada seca en el pecho que la obligó a incorporarse. Su respiración se aceleró, los sentidos agudizados, el oído captando algo que no encajaba.

—Kael… —susurró.

Él ya estaba despierto.

Se incorporó de inmediato, el cuerpo tenso, los ojos brillando en la penumbra.

—No te muevas —ordenó en voz baja.

Luna lo ignoró y se levantó también. El aire olía distinto.

Hierro.

Miedo.

Y algo más… familiar.

—Hay alguien aquí —dijo ella.

Kael asintió lentamente.

—Sí —respondió—. Y no es un extraño.

En el ala este de la mansión, una puerta se cerró con un clic suave.

Demasiado suave.

Marin avanzaba con cuidado, sosteniendo una pequeña bolsa de cuero apretada contra su pecho. Sus manos temblaban, no por miedo… sino por decisión.

—Solo una vez —murmuró—. Solo una entrega y ya.

No vio la sombra que se movió detrás de ella.

—¿Buscas esto?

Marin se giró sobresaltada. Clara estaba de pie frente a ella, los brazos cruzados, los ojos brillando con una mezcla de desprecio y triunfo.

—¿Desde cuándo espías? —escupió Marin.

Clara sonrió.

—Desde que supe que alguien aquí no soporta ver a una humana convertida en señora.

Marin apretó la bolsa con más fuerza.

—No entiendes nada.

—Oh, lo entiendo perfectamente —dijo Clara, acercándose—.

Entiendo que vendiste información.

Entiendo que marcaste los pasajes secretos.

Y entiendo que esta noche… alguien viene por ella.

El rostro de Marin palideció.

—No iba a hacerle daño —susurró—. Solo querían verla. Medirla.

Clara rió bajo.

—Eso es daño suficiente.

Antes de que Marin pudiera reaccionar, un gruñido profundo sacudió el pasillo.

Kael apareció al final del corredor, con Luna a su lado.

El silencio fue absoluto.

—Suéltalo —ordenó Kael, su voz baja, peligrosa.

Marin cayó de rodillas, la bolsa resbalando de sus manos. Dentro, pergaminos antiguos, marcas del territorio, rutas internas de la mansión.

Luna sintió una punzada en el pecho.

—¿Por qué? —preguntó, con voz rota—. Yo confié en ti.

Marin levantó la mirada, llena de lágrimas.

—Porque ellos dijeron que tú no durarías —sollozó—.

Que cuando cayeras, todos pagaríamos las consecuencias.

Kael avanzó un paso. El suelo crujió bajo su poder.

—¿Quién? —preguntó.

Marin negó con la cabeza, aterrada.

—No puedo decirlo… me marcaron con juramento.

Luna cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, algo había cambiado en ella.

—Yo puedo romperlo —dijo.

Kael se giró hacia ella.

—Luna, aún no—

—Sí puedo —repitió, más firme—. Y lo sabes.

El vínculo ardió entre ellos.

Luna se acercó a Marin y se agachó frente a ella.

—Mírame —ordenó.

Marin obedeció.

Luna apoyó dos dedos en su frente. El aire vibró. Las antorchas parpadearon. Un susurro antiguo llenó el pasillo, palabras que no pertenecían a ningún idioma moderno.

Marin gritó.

—¡Van Dorne! —soltó entre sollozos—.

Fue Van Dorne. Él prometió protección cuando todo estallara.

El nombre cayó como una sentencia.

Kael rugió, un sonido profundo que hizo temblar las paredes.

—Lo sabía.

Clara retrocedió un paso.

—¿Qué pasará con ella? —preguntó, señalando a Marin.

Kael no respondió de inmediato.

Luna se puso de pie lentamente.

—No la mates —dijo—.

Pero no puede quedarse.

Kael la miró, sorprendido.

—¿Estás segura?

Luna sostuvo su mirada.

—Traicionó… pero también tuvo miedo.

Que su castigo sea vivir sabiendo a quién eligió enfrentar.

Kael asintió lentamente.

—Será desterrada —declaró—.

Y si vuelve a pisar este territorio… no habrá segundas oportunidades.

Los guardias se llevaron a Marin, aún temblando.

El pasillo quedó en silencio otra vez.

Más tarde, en la habitación, Luna no podía dormir.

Kael estaba de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad del bosque.

—Esto fue solo el principio —dijo él—.

Van Dorne ya metió las manos en mi casa.

Luna se acercó y apoyó la frente en su espalda.

—Entonces ya no es solo tu guerra —susurró—.

Es la mía también.

Kael se giró y la tomó del rostro.

—Eso es lo que más me asusta —confesó—.

Que te conviertas en el blanco de todos.

Luna sonrió apenas.

—Que lo intenten.

Kael la besó con intensidad, no por deseo… sino por necesidad. Por anclaje. Por miedo a perderla.

—Mañana empezamos un entrenamiento distinto —dijo contra sus labios—.

Ya no para despertar tu poder.

—¿Entonces?

—Para sobrevivir a quienes vendrán por ti.

Un trueno estalló en la distancia.

Y entre las sombras del bosque, alguien sonreía sabiendo que la primera grieta ya había sido abierta.

La traición había cruzado la puerta.

Y la sangre… pronto también lo haría.




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