El bosque estaba demasiado silencioso.
Luna lo notó primero.
No fue el viento, ni los sonidos nocturnos habituales. Fue esa ausencia antinatural de vida, como si los animales hubieran huido horas antes. Su piel se erizó mientras avanzaba por el sendero de grava que rodeaba la mansión.
—Kael… —susurró por el vínculo—. Algo está mal.
Kael se detuvo al instante. Su cuerpo se tensó, los sentidos afilándose.
—Vuelve ahora —ordenó—. No des un paso más.
Luna ya iba a obedecer cuando el aire cambió.
Un chasquido seco.
Una sombra moviéndose demasiado rápido.
Y luego… el olor.
Otros lobos.
No del territorio Draven.
El primer ataque fue silencioso.
Un cuerpo cayó desde los árboles, directo hacia Luna. Ella reaccionó por instinto, girando, clavando el codo con una fuerza que ni ella sabía que tenía. El hombre salió despedido contra un tronco, jadeando.
—¡Ahora! —gritó otra voz.
Todo ocurrió en segundos.
Tres figuras surgieron del bosque. Dos en forma humana, uno ya parcialmente transformado. Movimientos precisos, entrenados. No venían a matarla.
Venían a llevársela.
Uno de ellos lanzó una cadena marcada con símbolos antiguos. Al tocar el suelo, la energía se expandió como una red invisible. Luna sintió el impacto directo en su pecho; su poder reaccionó, pero fue contenido.
—¡Luna! —rugió Kael desde la mansión.
Ella cayó de rodillas, luchando por respirar. La marca en su cuello ardía como fuego vivo.
—Resiste —gruñó uno de los hombres—. El Alfa pagará bien por ti.
—¿Kael? —preguntó Luna con rabia—.
No… ustedes no trabajan para él.
El hombre sonrió.
—No. Trabajamos para quien quiere verlo arrodillado.
Van Dorne.
El nombre no hizo falta pronunciarlo.
Luna sintió cómo la levantaban, cómo intentaban colocarle un collar de supresión. Algo dentro de ella se quebró.
No de miedo.
De furia.
El vínculo con Kael explotó.
Un rugido atravesó el bosque, profundo, salvaje, imposible de ignorar. Los árboles temblaron. La energía se expandió como una onda de choque.
Kael apareció entre las sombras en forma de lobo, enorme, con los ojos plateados encendidos de rabia absoluta. No atacó primero.
Destruyó.
El lobo parcialmente transformado apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Kael le destrozara el pecho con un solo movimiento. El segundo intentó huir.
Error.
Luna sintió cómo algo dentro de ella se liberaba. Se puso de pie, ignorando el dolor, y levantó la mano.
—No —dijo, con una voz que no parecía del todo suya.
El hombre quedó inmovilizado, como si el aire lo aplastara contra el suelo.
Kael se giró hacia ella, sorprendido.
—Luna…
—No lo mates —dijo ella, temblando—. Quiero respuestas.
El último atacante retrocedió, horrorizado.
—Tú… tú no eres solo su luna —balbuceó—.
Eres algo más.
Kael volvió a forma humana en segundos, cubierto de sangre. Se acercó al hombre inmovilizado y lo levantó del cuello sin esfuerzo.
—¿Quién te envió?
—Van Dorne —escupió—.
Dijo que era el momento. Que dentro de la mansión ya había grietas.
Kael apretó los dientes.
—Siempre tan cobarde.
Luna caminó hasta quedar frente al hombre. Lo miró directo a los ojos.
—Dile algo cuando vuelvas con vida —dijo en voz baja—.
Dile que ya no soy una debilidad.
El hombre tragó saliva.
—¿Y qué eres entonces?
Luna sonrió apenas.
—El error que va a destruirlo.
Kael lo soltó, lanzándolo lejos.
—Desaparece —gruñó—.
Y reza para no volver a cruzarte con nosotros.
El silencio volvió lentamente al bosque.
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De regreso a la mansión, Luna temblaba.
No de frío.
De lo cerca que había estado todo de romperse.
Kael la llevó en brazos hasta la habitación y la dejó sobre la cama. Se arrodilló frente a ella, revisándola con manos firmes pero temblorosas.
—Pudieron llevártela —dijo con voz rota—.
Pudieron arrancarte de mí.
Luna tomó su rostro entre las manos.
—Pero no lo hicieron —respondió—.
Porque ya no soy la Luna que entró a esta casa.
Kael cerró los ojos, apoyando la frente en sus rodillas.
—Van Dorne cruzó un límite esta noche.
Luna inclinó su rostro hacia él, susurrando:
—Entonces deja de contenerme.
Entréname para pelear esta guerra contigo.
Kael levantó la mirada, oscura, decidida.
—Desde mañana… —dijo— dejaré de protegerte del mundo.
La besó, con hambre, con miedo, con promesa.
—Y el mundo aprenderá a temerte.
En el bosque, muy lejos, Van Dorne escuchó el eco del rugido aún vibrando en la tierra.
Y por primera vez…
no sonrió.