Prisionera del Destino

Capítulo 33 – Cuando el miedo muerde

La noche había caído pesada sobre la mansión, como si el cielo mismo presintiera que algo no estaba bien. No había luna visible, solo nubes densas moviéndose lento, empujadas por un viento que silbaba entre los árboles del bosque.

Luna no podía dormir.

El intento de secuestro había dejado algo abierto dentro de ella. No era solo miedo. Era una sensación nueva, cruda, animal. Cada sonido la mantenía alerta, cada sombra parecía observarla. Su cuerpo sabía —aunque su mente aún lo procesaba— que ya no era la misma.

Kael estaba de pie junto a la ventana de la habitación, con el torso desnudo, la marca de Luna visible sobre su piel. Sus hombros estaban tensos, la mandíbula apretada. No había dormido tampoco. No desde que la había sentido desaparecer de su radio, aunque fuera por minutos.

—Estás pensando demasiado —murmuró Luna desde la cama.

Kael no se giró de inmediato.

—Estoy escuchando —respondió—. La casa. El bosque. A mi gente.

Se volvió entonces, caminando hacia ella con pasos lentos, controlados. Cada movimiento suyo irradiaba peligro contenido. Se sentó al borde de la cama y le tomó la muñeca, apoyando los labios justo sobre la marca que él mismo había dejado días atrás.

—Intentaron tocar lo que es mío —dijo en voz baja—. Eso no vuelve a pasar.

Luna tragó saliva.

—No soy una cosa, Kael.

Él levantó la mirada, sorprendido apenas un segundo.

—No. Eres mi Luna —corrigió—. Y eso es peor para ellos.

Sus dedos subieron lentamente por el brazo de ella, no con urgencia, sino con intención. Luna sintió el estremecimiento recorrerle la piel. No era deseo solamente. Era seguridad. Era pertenencia.

—Cuando me agarraron… —empezó a decir ella, pero la voz se le quebró.

Kael se inclinó, apoyando su frente contra la de ella.

—No —susurró—. No revivas eso sola.

La atrajo contra su pecho, envolviéndola completamente. Luna apoyó la mejilla contra él, inhalando su olor, sintiendo cómo el latido de Kael se sincronizaba con el suyo.

—Sentí rabia —confesó ella—. No miedo. Rabia por no saber defenderme.

Kael sonrió apenas, una sonrisa peligrosa.

—Eso es porque ya no eres débil —dijo—. Solo no sabes aún cuánto puedes hacer.

Sus manos descendieron lentamente por la espalda de Luna, no buscando piel, sino conexión. Ella cerró los ojos cuando él apoyó los labios en su sien, luego en su cuello, justo donde la había marcado.

—Te entrenaré más duro —murmuró—. No para pelear por mí… sino para que nadie vuelva a creerte vulnerable.

Luna levantó el rostro, mirándolo directo a los ojos.

—Y tú… ¿vas a dejar de sobreprotegerme?

Kael soltó una risa baja, oscura.

—Jamás.

Se besaron entonces. No fue un beso desesperado, ni urgente. Fue lento, profundo, cargado de todo lo que no se había dicho. Kael la empujó suavemente hacia atrás sobre la cama, colocándose sobre ella sin aplastarla, sosteniéndose con un brazo.

—Esta noche —dijo contra sus labios— no necesito guerra. Te necesito a ti.

Luna deslizó los dedos por su cuello, por su pecho marcado.

—Entonces quédate —susurró—. No como Alfa. Como él.

Eso fue lo que terminó de romperlo.

Kael la besó otra vez, más profundo, más intenso, dejando que su loba se calmara solo porque ella estaba ahí, viva, entera, suya. Sus cuerpos se movieron juntos con lentitud, sin prisas, como si el mundo pudiera esperar.

Afuera, el viento golpeó las ventanas con fuerza.

En algún lugar de la mansión, una puerta se cerró demasiado tarde.

Una mirada observó desde las sombras.

Y una traición, silenciosa, terminó de tomar forma.

Mientras Kael y Luna se aferraban el uno al otro, sin saberlo, el enemigo ya no estaba solo en el bosque.

Estaba dentro.




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