El amanecer no llegó con luz, sino con una quietud incómoda.
Luna abrió los ojos lentamente, aún envuelta en el cuerpo de Kael. El calor de él seguía ahí, firme, protector, pero algo en el aire había cambiado. No era peligro inmediato. Era… advertencia. Como cuando el bosque guarda silencio antes de que algo se mueva entre los árboles.
Kael estaba despierto.
Ella lo supo por su respiración controlada, por la tensión en su brazo alrededor de su cintura.
—¿Desde cuándo estás despierto? —susurró.
—Desde que la casa dejó de sentirse mía —respondió él, sin mirarla.
Eso hizo que Luna se incorporara apenas.
—¿Qué quieres decir?
Kael giró el rostro hacia ella. Sus ojos grises ya no tenían el calor de la noche anterior. Ahora eran acero.
—Alguien mintió —dijo—. Y no fue desde afuera.
Luna sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Dentro de la mansión?
—Sí.
Se levantó de la cama y se puso los pantalones con movimientos precisos, contenidos. No había furia desatada… todavía. Era peor. Era cálculo.
—El rastro del intento de secuestro —continuó— no se pierde en el bosque como creímos. Se apaga aquí. Dentro.
Luna bajó los pies al suelo, sintiendo la frialdad del mármol.
—¿Alguien de tu gente… me entregó?
Kael se acercó a ella en dos pasos, tomándole el rostro con ambas manos.
—Nadie te entregó —dijo con firmeza—. Pero alguien habló más de lo que debía. Y en este mundo, eso es suficiente para condenarte.
Sus pulgares rozaron la mandíbula de Luna con un gesto inesperadamente tierno.
—Por eso, desde hoy, no te moverás sola.
—Kael… —empezó ella— no quiero vivir encerrada.
—No lo estarás —respondió—. Pero tampoco volveré a confiar ciegamente.
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El desayuno fue una escena falsa.
Las mesas estaban servidas, las voces eran correctas, las sonrisas ensayadas. Pero Luna sentía las miradas. Algunas curiosas. Otras… nerviosas. Y una, en particular, evitaba mirarla.
Clara.
La mujer apenas levantó la vista de sus tareas. Sus manos temblaban al servir el café.
Luna no dijo nada. Pero lo sintió. Ese presentimiento profundo que ahora vivía bajo su piel, como si la marca la empujara a ver más allá.
Kael apareció en el umbral del comedor.
No alzó la voz.
No golpeó nada.
Solo habló.
—Quiero a todos en el salón principal en cinco minutos.
El silencio fue inmediato.
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Cuando todos estuvieron reunidos, Kael caminó despacio frente a ellos, como un depredador evaluando una manada que había olvidado quién mandaba.
Luna permanecía a su lado. No detrás. A su lado.
—Alguien aquí —dijo Kael— habló de más. No por accidente. No por miedo. Por conveniencia.
Algunos bajaron la cabeza. Otros tragaron saliva.
—No busco excusas —continuó—. Busco verdad.
Sus ojos se detuvieron en Clara.
—¿Tienes algo que decir?
Clara levantó la cabeza lentamente.
—Yo… solo comenté lo que todos veían —dijo—. No pensé que…
—Pensar no es opcional aquí —la interrumpió Kael—. Es obligatorio.
Luna dio un paso adelante.
—No la defiendas —susurró Kael, solo para ella.
—No lo hago —respondió Luna—. Pero quiero verla a los ojos.
Clara miró a Luna por primera vez de verdad. Y en esa mirada había algo más que culpa. Había resentimiento.
—Siempre fue una humana —escupió—. Y ahora manda. ¿Qué esperabas?
Eso fue suficiente.
El aire cambió. Literalmente. La presión cayó como una losa.
—Vete —ordenó Kael—. Antes de que mi paciencia termine de romperse.
—¿Me echas por ella? —preguntó Clara, incrédula.
Kael no respondió.
No lo necesitaba.
Dos guardias se adelantaron.
Cuando Clara fue escoltada fuera, Luna no sintió alivio. Sintió certeza.
Eso no había terminado.
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Esa noche, Kael no se separó de ella ni un segundo.
La llevó de regreso a su habitación, cerró la puerta, selló los cerrojos antiguos que solo los alfas usaban.
—Esto va a empeorar antes de calmarse —dijo, apoyando la frente contra la de ella—. Van Dorne no se moverá sin ayuda. Y ya sabemos que la tuvo.
Luna lo miró con determinación.
—Entonces entréname más duro —dijo—. No quiero ser el punto débil que usen contra ti.
Kael sonrió, lento, peligroso.
—No eres un punto débil.
La besó. No con ternura esta vez, sino con hambre contenida, con promesa.
—Eres el motivo por el que esta guerra va a ser brutal.
Afuera, algo se movió entre los árboles.
Y alguien, en la distancia, observaba cómo la traición empezaba a fracturar la mansión desde dentro.