Prisionera del Destino

Capítulo 35 – Sangre, disciplina y pertenencia

El bosque despertó antes que el sol.

La niebla se deslizaba entre los árboles como un animal vivo, húmeda, silenciosa, envolviendo el claro donde Kael había llevado a Luna. El suelo estaba frío bajo sus botas, y el aire tenía ese olor metálico que anunciaba violencia contenida.

—Aquí nadie escucha —dijo Kael sin mirarla—. Y aquí no hay rangos… solo instinto.

Luna asintió. Sentía el pulso bajo la piel, más fuerte que nunca. Desde la traición, algo dentro de ella estaba despierto, alerta, hambriento de control.

—Muéstrame —pidió.

Kael se giró despacio. Su mirada no era suave, pero tampoco cruel. Era la mirada de un alfa entrenando a su igual, no a una protegida.

—Ataca —ordenó.

Luna no dudó.

El primer movimiento fue torpe, demasiado humano. Kael lo bloqueó con facilidad, sujetándole la muñeca y girándola hasta obligarla a retroceder. El contacto fue eléctrico. No solo físico. Era el vínculo exigiendo más.

—Otra vez —dijo—. Sin pensar.

Ella respiró hondo y volvió a intentarlo. Esta vez dejó que el cuerpo guiara. Sus sentidos se expandieron: escuchó el roce de las hojas, el latido de Kael, incluso su respiración contenida.

Kael sonrió apenas.

—Ahí estás.

La empujó al suelo, pero no la soltó. Su cuerpo quedó sobre el de ella, inmovilizándola, su aliento rozándole el cuello.

—Esto no es un juego, Luna —murmuró—. Van a venir por ti otra vez.

—Entonces enséñame a no caer —respondió ella, sin bajar la mirada.

Eso fue lo que rompió el último freno.

Kael la ayudó a levantarse, la empujó contra un árbol y colocó su mano en su garganta sin apretar, solo marcando territorio.

—No tienes que ser más fuerte que ellos —dijo—. Solo más consciente.

Sus dedos bajaron lentamente hasta la marca en el cuello de Luna. Ella jadeó, no de miedo, sino de reconocimiento.

—Eres mía —añadió—. Y eso te hace peligrosa.

Luna cerró los ojos un segundo, dejando que esa verdad se asentara en su pecho.

—Entonces deja de tratarme como si pudiera romperme.

Kael retiró la mano.

—Nunca lo hice —respondió—. Solo tenía miedo de lo que podrías llegar a ser.

Mientras tanto, en la parte trasera de la mansión, el castigo se ejecutaba sin espectadores.

Clara estaba de rodillas, las manos temblorosas, frente a uno de los guardias más antiguos. No había golpes. No había gritos. Solo palabras.

—Hablar con Van Dorne no fue un error —dijo el hombre—. Fue una elección.

—Yo solo quería que las cosas volvieran a ser como antes —susurró ella.

—Eso ya no existe —respondió él—. Y tú tampoco.

Fue escoltada fuera del territorio antes del anochecer. Sin despedidas. Sin segundas oportunidades.

La traición había sido cortada… pero no el plan que había puesto en marcha.

Cuando Luna regresó a la mansión, el cuerpo le dolía, pero su mente estaba clara. Kael caminaba a su lado, vigilante, pero diferente. Había respeto nuevo en su forma de mirarla.

En la habitación, el silencio era espeso.

Kael cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Hoy cruzaste una línea —dijo.

—¿Mala o buena? —preguntó Luna.

Él se acercó, lentamente.

—Irreversible.

La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. No fue un beso apresurado. Fue profundo, lento, cargado de todo lo que no habían dicho durante el entrenamiento.

—Si esto sigue —murmuró contra sus labios—, no habrá marcha atrás.

Luna deslizó los dedos por su pecho, sintiendo la marca gemela bajo la piel.

—Nunca la quise.

Kael la besó otra vez, esta vez con hambre, con posesión, con la promesa oscura de lo que vendría.

—Entonces prepárate —susurró—. Porque el enemigo ya sabe que no puede tocarte… así que intentará romperte desde dentro.

A lo lejos, en el límite del bosque, una figura observaba la mansión con paciencia calculada.

Van Dorne no había perdido nada.

Solo estaba esperando el momento exacto para cobrarlo todo.




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