Prisionera del Destino

Capítulo 36 – Después de la traición

La mansión no volvió a respirar igual.

No hubo anuncios oficiales ni castigos públicos. No fue necesario. La ausencia de Clara pesaba más que cualquier discurso. Su lugar vacío en la cocina, su silencio en los pasillos, su nombre que nadie se atrevía a pronunciar… todo hablaba por sí solo.

La traición ya no era un rumor.

Era una advertencia.

Luna lo sintió desde que despertó. Algo en el aire estaba distinto, más tenso, como si la casa misma la estuviera observando. Caminó por los corredores con la espalda recta, la mirada firme, pero cada paso le recordaba una verdad incómoda: el peligro no siempre entra desde fuera.

—Te están midiendo —dijo Kael a su lado, en voz baja—. Todos.

—Que miren —respondió ella sin detenerse—. Ya no pienso bajar la cabeza.

Kael la observó con una mezcla de orgullo y preocupación. Su poder estaba creciendo rápido. Tal vez demasiado.

El consejo interno se reunió esa misma mañana.

Guardias, jefes de área, hombres y mujeres que llevaban años sirviendo a la familia Draven. Nadie habló hasta que Kael tomó la palabra.

—Dos traiciones en menos de un ciclo lunar —dijo con frialdad—. Eso no es casualidad.

Las miradas se cruzaron, incómodas.

—Van Dorne no necesita entrar a una casa —continuó—. Le basta con sembrar dudas.

Luna dio un paso al frente. El gesto fue sutil, pero suficiente para que todos la miraran.

—Y las dudas nacen donde hay miedo —dijo ella—. Si alguien aquí cree que puede elegir otro Alfa… este es el momento de marcharse.

El silencio fue absoluto.

Kael no la interrumpió. No la corrigió. Por primera vez, la dejó liderar.

—No habrá castigos —añadió Luna—. Pero tampoco segundas oportunidades.

Algunos asintieron. Otros tragaron saliva. Todos entendieron.

Más tarde, cuando el sol comenzaba a caer, Kael encontró a Luna en el balcón de su habitación.

Ella observaba el bosque. El mismo que la había visto entrenar. El mismo donde Van Dorne había acechado en las sombras.

—No dormiste —dijo Kael.

—No quise —respondió ella—. Cada vez que cierro los ojos, pienso en lo fácil que fue para ellas acercarse.

Kael se acercó por detrás y apoyó la frente en su hombro.

—El error no fue confiar —murmuró—. El error habría sido no aprender.

Luna giró el rostro.

—¿Y tú? ¿Confías en mí?

Kael no respondió enseguida. La tomó del mentón, obligándola a mirarlo.

—Confío en tu instinto —dijo—. Pero eso no significa que no vaya a exigirte más.

Sus labios se encontraron en un beso lento, cargado de tensión más que de ternura. No hubo prisa. No hubo necesidad de profundizar más. Era un beso que no buscaba calor, sino certeza.

Kael apoyó la frente contra la de ella cuando se separaron.

—Esto no es solo amor, Luna —dijo en voz baja—. Es liderazgo. Y el liderazgo siempre se paga caro.

Ella sostuvo su mirada.

—Estoy dispuesta a pagarlo.

Kael exhaló despacio. La respuesta le gustó… y le preocupó.

—Entonces mañana comenzamos de verdad —anunció—. Nada de medias medidas. Nada de protección innecesaria.

—¿Entrenamiento? —preguntó Luna.

—Control —corrigió él—. Del cuerpo. De la mente. Del vínculo.

Luna asintió. Sabía que no sería fácil. Sabía que dolería. Pero también sabía que quedarse a medias sería peor.

Esa noche, la mansión se sumió en un silencio inquietante.

Demasiado ordenado.

Demasiado atento.

Algunos empleados evitaban cruzarse con Luna. Otros la observaban con una mezcla de respeto y temor. Ya no era una de ellos… pero tampoco sabían todavía qué era.

Y en algún lugar entre los muros de piedra y el bosque oscuro, alguien más se movía con cautela.

No Clara.

No Marin.

Alguien que aún no había sido descubierto.

En los límites del territorio Draven, Van Dorne detuvo su vehículo y descendió bajo la luz pálida de la luna.

Observó la mansión a lo lejos, imponente, viva.

—Dos traiciones expuestas… —murmuró—.

Interesante.

Sonrió, tranquilo. Paciente.

—El error de Luna no fue confiar —añadió—.

Será creer que ya terminó la prueba.

El viento se levantó entre los árboles, llevando su risa baja hacia la oscuridad.

Dentro de la mansión, Luna cerró la puerta de la habitación y apoyó la espalda en ella.

Sentía el peso del día… pero también algo nuevo: una determinación que no había tenido antes.

—No voy a fallar —susurró para sí.

Kael la observó desde la cama, con una mirada profunda, evaluadora.

—Fallaremos —corrigió—. Ambos.

Lo importante es quién queda de pie después.

Luna caminó hacia él, segura, sin miedo.

Y mientras la noche envolvía la mansión Draven, una verdad se asentó con claridad brutal:

La traición ya había pasado.

La guerra… apenas estaba aprendiendo a respirar.




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