Prisionera del Destino

Capítulo 37 – El peso del vínculo

La habitación estaba en penumbra cuando Luna se acercó a Kael.

No había nervios en sus pasos. No había duda. Solo esa calma peligrosa que nace cuando alguien acepta quién es… y lo que está dispuesta a perder.

Kael no se movió. La observó avanzar como si evaluara una fuerza que ya no podía contener ni negar. Había algo distinto en ella desde la traición. No más suave. Más afilada.

—No me mires así —dijo Luna, deteniéndose frente a él—. No soy un problema que tengas que resolver.

Kael apoyó los antebrazos sobre los muslos, inclinándose hacia adelante.

—Te miro así porque ya no eres solo mi Luna —respondió—. Eres un punto de quiebre.

Ella sostuvo su mirada.

—Entonces deja de tratar de sostenerme con una mano y controlarme con la otra.

El silencio que siguió fue espeso.

Kael se puso de pie despacio. Su presencia llenó el espacio entre ellos sin tocarla aún.

—¿Crees que no lo noto? —murmuró—. Cada decisión que tomas resuena en la casa. Cada orden tuya cambia la forma en que me miran a mí.

—Ese no es mi problema —replicó Luna, firme—. Si camino a tu lado, no voy a hacerlo un paso atrás.

Kael sonrió apenas. No era burla. Era reconocimiento.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Se acercó lo suficiente para que Luna sintiera el calor de su cuerpo. No la tocó. No todavía.

—El vínculo no solo nos une —continuó—. Nos expone. Y hay gente esperando que falles… o que yo falle contigo.

Luna alzó el mentón.

—Entonces deja de protegerme del golpe y enséñame a recibirlo.

Kael la miró largo rato. Luego, sin aviso, tomó su muñeca y la llevó contra su pecho, presionando su palma sobre el lugar exacto donde latía con fuerza.

—Esto —dijo— es lo que te hace peligrosa.

Bajó la voz.

—Y es lo que me hace vulnerable.

Luna no retiró la mano.

—No quiero ser tu punto débil —susurró—. Quiero ser tu respaldo.

Kael cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una decisión tomada.

La atrajo hacia él, no con ternura, sino con necesidad contenida. El beso fue lento, profundo, marcado por tensión más que por deseo inmediato. Era un beso que hablaba de límites rotos y otros que acababan de imponerse.

Cuando se separaron, Kael apoyó la frente en la de ella.

—A partir de hoy —dijo—, no habrá espacios grises entre nosotros. Lo que hagas me afecta. Lo que yo decida te arrastra conmigo.

—Lo sé —respondió Luna—. Por eso no pienso retroceder.

Al día siguiente, la mansión despertó con una energía distinta.

No había rumores. No había susurros. Solo una disciplina tensa, casi reverencial. Luna caminó por los pasillos sin escolta. No la necesitaba. Su presencia bastaba.

En el patio de entrenamiento, Kael la esperaba.

—Hoy no entrenamos fuerza —anunció—. Hoy entrenamos control bajo presión.

—¿Y cómo se entrena eso? —preguntó Luna.

Kael señaló a los guardias reunidos alrededor.

—Con observadores —dijo—. Y con expectativas.

El ejercicio fue brutal sin ser violento. Decisiones rápidas. Órdenes que debían darse sin titubeos. Miradas que desafiaban su autoridad. Luna falló una vez. Solo una. Y no se justificó.

Kael no la corrigió en público.

Eso habló más fuerte que cualquier grito.

Esa noche, Luna regresó a la habitación agotada, pero alerta.

Kael la siguió minutos después. Cerró la puerta y se quedó apoyado contra ella.

—Hoy fue tu primer error visible —dijo—. Y sobreviviste.

Luna se sentó en el borde de la cama.

—No será el último.

—No —aceptó Kael—. Pero cada error te va a costar algo.

Se acercó y se arrodilló frente a ella, quedando a su altura.

—La pregunta es… —murmuró— ¿qué estás dispuesta a pagar cuando el golpe no venga de un enemigo, sino de una decisión?

Luna deslizó los dedos por su cuello, firme.

—Lo mismo que tú.

Kael atrapó su mano y la sostuvo contra su pecho.

—Entonces estamos entrando en terreno peligroso.

Ella sonrió apenas.

—Siempre lo estuvimos.

Muy lejos de la mansión, Van Dorne observaba informes extendidos sobre una mesa.

—No se rompió —dijo para sí—. Interesante.

Cerró el dossier con calma.

—Entonces habrá que presionar donde duele… sin tocarla directamente.

Levantó la vista, pensativo.

—Todo vínculo fuerte tiene una grieta.

Solo hay que esperar a que confíen lo suficiente para no verla venir.

En la mansión Draven, Luna se quedó despierta junto a Kael, sin tocarlo, pero sintiendo su presencia como una promesa peligrosa.

Ya no era una prueba.

Ya no era adaptación.

Era construcción.

Y lo que estaban construyendo…

podía convertirse en su mayor fortaleza

o en la caída más brutal de ambos.

La guerra no había empezado con sangre.

Había empezado con decisiones.




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