Prisionera del Destino

Capítulo 38 – La primera grieta

La madrugada llegó silenciosa, pero cargada de presagios.

Luna no dormía. Su mirada recorría el bosque más allá de los ventanales de la mansión, donde los árboles se movían con una cadencia casi consciente, como si respiraran y vigilaran. El aire frío le acariciaba la piel, recordándole que cada error, cada decisión, podía costarle caro.

Kael la encontró allí, recargada en la barandilla del balcón, con los brazos cruzados. Su sombra se mezcló con la suya, como si fueran uno solo, inseparables, pero con líneas claras de dominio y poder.

—No te veo descansando —dijo él, su voz grave, vibrando como un aviso.

—No puedo —respondió Luna—. Hoy fallé.

Kael frunció el ceño. —No fue un fallo humano. Fue un fallo de Alfa en formación. —Se acercó y colocó su mano sobre la suya—. Y eso no se olvida.

—Lo sé —murmuró ella—. Y lo pagaré.

El vínculo entre ellos palpitaba en silencio. No había necesidad de palabras más fuertes; la tensión eléctrica que los unía hablaba por sí sola.

—Entonces vamos a entrenar —dijo Kael—. Ahora mismo.

El patio de entrenamiento estaba desierto, salvo por los guardias que se mantenían a la distancia. La bruma cubría el césped, y la luz de la luna hacía que cada hoja brillara con un plateado fantasmagórico.

Kael se detuvo frente a ella. —Hoy no es fuerza —dijo—. Es resistencia mental. Control del miedo.

—¿Miedo? —preguntó Luna, con un hilo de desafío en la voz—. ¿A qué?

—A ti misma —respondió él—. A lo que eres capaz de hacer. —Sus ojos grises la evaluaban, intensos, implacables—. Y a lo que puedo hacerte sentir.

Luna tragó saliva. Sabía que no sería sencillo, que Kael podía empujarla más allá de lo que ella misma creía posible. —Estoy lista —dijo, respirando hondo.

El ejercicio comenzó con movimientos de combate básicos, pero Kael no le permitía fallar. Cada error era corregido de inmediato, con un toque firme, a veces rozando peligro, a veces despertando algo oscuro entre ellos.

—Más rápido —ordenó él—. Siente tu fuerza, no la ignores.

Luna dejó de pensar. Sus músculos se movieron por instinto, y el cuerpo respondió con precisión, sorprendiendo incluso a Kael. Él ladeó la cabeza, con una sonrisa apenas perceptible. —Bien —murmuró—. Mejor de lo que esperaba.

Pero no todo era entrenamiento físico. Kael introdujo pruebas de vínculo, dejando que Luna sintiera la intensidad de su control, la cercanía de su alfa, y la fuerza de la pasión contenida entre ellos. Cada roce, cada contacto era un recordatorio de que ella ya no era humana, y que su poder tenía límites que debía aprender a dominar.

—Siente tu poder, Luna —susurró, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara su oído—. No permitas que nada ni nadie te lo quite.

Ella cerró los ojos un instante, absorbiendo su fuerza, su calor, su dominio. —Nunca lo haré —dijo ella, con voz firme, casi un juramento.

Cuando regresaron a la mansión, la noche comenzaba a retirarse, dejando un cielo teñido de gris y rojo. Cada pasillo parecía más silencioso que antes, pero también más vivo. Cada sombra parecía observarla, y Luna podía sentir los ojos invisibles de Van Dorne siguiendo sus pasos.

—Hoy aprendiste algo más que combate —dijo Kael mientras caminaban hacia la habitación—. Aprendiste que tu peligro no viene solo de afuera.

—Y lo que siento por ti… —murmuró Luna, bajando la mirada hacia su pecho—. Eso también es peligro.

Kael la tomó por la barbilla, levantando su rostro hasta que sus ojos se encontraron. —Exactamente. Y no hay vuelta atrás.

El beso que siguió fue más profundo que todos los anteriores, cargado de posesión y advertencia. No había prisa, no había deseo superficial; era un recordatorio de que su vínculo podía salvarlos o destruirlos.

Al otro lado de la mansión, en las sombras del bosque, Van Dorne sonreía, observando los movimientos que había anticipado. No había hecho ruido. No había tenido que atacar. Solo miraba. Paciente. Calculador.

—Se están fortaleciendo —susurró—. —Sus ojos dorados brillaron bajo la luna—. Pero todo vínculo tiene grietas… y yo sé dónde buscarlas.

El viento se levantó, llevando su risa baja hacia la mansión. Dentro, Luna y Kael no lo sabían, pero cada paso, cada error y cada entrenamiento los acercaba al momento en que su mundo se quebraría de nuevo… y el verdadero juego comenzaría.




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