El amanecer apenas iluminaba los árboles del bosque que rodeaba la mansión Draven. La niebla aún se aferraba al suelo, como un velo que ocultaba secretos y advertencias. Luna respiró hondo, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones y activaba cada fibra de su cuerpo. Hoy no era un entrenamiento cualquiera. Hoy Kael la llevaría al límite, al borde de lo que podía controlar… y quizás más allá.
—Hoy no habrá errores —dijo Kael, su voz grave y resonante entre los árboles—. Ni excusas, ni dudas. Solo nosotros y lo que eres capaz de enfrentar.
Luna lo miró fijamente. Sus ojos plateados brillaban con determinación, y por primera vez sentía que podía sostener la intensidad de Kael sin ceder. —Estoy lista —respondió con voz firme—. Hazlo.
Kael asintió, y el aire alrededor pareció cargarse de electricidad. El vínculo que compartían latía con fuerza, recordándole a Luna que ya no era humana y que su poder tenía un propósito. El primer movimiento fue simple: esquivar, reaccionar, avanzar. Pero Kael no permitió que la complacencia se instalara. Cada error era corregido, cada duda eliminada, y cada contacto con él dejaba un rastro de energía que hacía que su corazón latiera con fuerza, más que cualquier miedo o cansancio.
—Siente tu cuerpo —ordenó Kael—. No solo ejecutes movimientos. Anticipa, domina, controla.
Luna cerró los ojos un instante, dejándose guiar por sus sentidos. Escuchó el crujir de las hojas bajo los pies de Kael, su respiración contenida, incluso su pulso. Sintió cómo su propio poder respondía, y por primera vez no tuvo miedo de él, sino de lo que podía lograr.
El entrenamiento se volvió más intenso. Kael la empujaba, la sujetaba, la giraba, probando límites de fuerza y control. Cada roce era una mezcla de instrucción y advertencia, cada contacto un recordatorio de que entre ellos existía algo más profundo que deseo: pertenencia.
—Más rápido —ordenó Kael, con un dejo de imperio en su voz—. No te contengas. Tu poder no es para esconderlo, Luna.
Ella obedeció, dejando que sus instintos guiara sus movimientos. Saltó, bloqueó, esquivó. La bruma la abrazaba como un manto y el aire frío mordía su piel, pero no importaba. Cada choque con Kael era eléctrico, cada roce de sus cuerpos provocaba un rugido contenido en su interior.
—Ahí estás —susurró Kael cuando detuvo sus ataques por un instante—. Ahora siente tu fuerza, no solo la mía.
Luna inhaló profundo. Su mirada encontró la de Kael, y en ese instante comprendió algo: no se trataba solo de fuerza física. Se trataba de control, de poder sobre su propia esencia, sobre el vínculo que los unía y sobre lo que podía suceder si alguien más intentaba romperlo.
Entonces Kael la empujó suavemente contra un árbol, sus manos firmes en su cintura. —Recuerda —dijo, sus labios rozando apenas su oído—. Nadie puede tocarte si tú no lo permites. Nadie puede atravesar tu voluntad. Ni siquiera Van Dorne.
Luna sintió un escalofrío recorrer su espalda. El contacto era breve, casi doloroso de intensidad, pero suficiente para recordarle que él era su alfa y que su vínculo era inquebrantable.
—Y tú eres mía —añadió Kael, inclinándose para que sus labios rozaran los de ella con un beso que no era tierno ni dulce, sino posesivo y oscuro—. Mi Luna. Y nada ni nadie debe interponerse.
Los minutos pasaron como segundos. La bruma se fue disipando, y el sol emergía tímidamente entre los árboles. Luna estaba exhausta, sudorosa, pero más viva que nunca. Cada músculo dolía, cada respiración era un recordatorio de la intensidad del entrenamiento y de su crecimiento.
—Hoy cruzaste la línea, Luna —dijo Kael finalmente, dejando que su aliento se mezclara con el de ella—. Hoy comprendiste tu poder, tu peligro… y lo que significa ser mi igual.
—Nunca me había sentido tan viva —respondió Luna, con voz firme, pero temblorosa por el cansancio y la adrenalina—. Y jamás había sentido tanto miedo… y tanto deseo —añadió, mirándolo directamente a los ojos.
Kael la abrazó, apretando su cintura con fuerza, como si quisiera transmitirle todo su dominio, su protección y su pasión contenida en un solo gesto. —Eso es lo que significa estar contigo —susurró—. No hay vuelta atrás, Luna. No después de esto.
En ese instante, a lo lejos, entre los árboles, una sombra se movió. Van Dorne observaba, silencioso, calculador. La fuerza que Luna estaba desarrollando y el vínculo que compartía con Kael no pasaban desapercibidos. Sonrió, con paciencia mortal. Sabía que el momento exacto para atacar se acercaba… y que ahora no sería una guerra de un solo frente.
—El último entrenamiento —murmuró para sí—. Pero la verdadera prueba está por comenzar.
Luna se recostó contra Kael, respirando con dificultad, pero con la certeza de que nada ni nadie podría romperlos. La mansión, el bosque, la bruma y la luna llena eran testigos de que algo oscuro, intenso y hermoso estaba naciendo.
Y mientras Kael la sostenía, ambos sabían que la batalla contra Van Dorne no sería física solamente: sería mente, voluntad… y corazón.