La noche cayó sobre la mansión Draven con una calma engañosa. La bruma que se arrastraba entre los árboles parecía susurrar secretos que solo los lobos podían entender. Luna estaba junto a Kael en la terraza, revisando los límites del terreno, su instinto aún alerta después del entrenamiento del día anterior.
—Siento algo —susurró ella, la voz tensa—. No es un guardia ni un animal.
Kael frunció el ceño, sus ojos grises brillando con intensidad en la penumbra. Su mano se cerró sobre la de ella, firme, asegurándose de que no se moviera. —Van Dorne —dijo con voz baja, amenazante—. Está cerca.
El aire cambió de repente. Un susurro entre los árboles, el crujir de hojas secas. Luna se giró hacia Kael, y antes de que pudieran reaccionar, dos figuras emergieron de la oscuridad, sigilosas, rápidas, atacando desde flancos opuestos.
—¡Atrás! —gritó Kael.
La primera embestida fue brutal. Kael interceptó a uno de los atacantes, sus movimientos tan fluidos que Luna apenas tuvo tiempo de reaccionar. Instintivamente, dejó que su fuerza y reflejos guiara cada movimiento, bloqueando, esquivando, golpeando. El instinto de su entrenamiento y la marca de Kael en su piel funcionaban como uno solo.
—Bien —gruñó Kael mientras derribaba al segundo atacante—. Más rápido, más preciso. Recuerda quién eres.
Luna se movió entre ellos, su cuerpo ágil y poderoso. Cada golpe que daba llevaba la fuerza de su vínculo con Kael, y cada bloqueo era un recordatorio de que ya no era humana. Sus ojos plateados reflejaban la luz de la luna mientras enfrentaba al enemigo, y por un instante, la sensualidad oscura de su poder se hacía tangible.
Kael la observaba mientras ella derribaba a su oponente, orgulloso y encendido al mismo tiempo. —Eso es —murmuró—. Mi Luna. Nadie más podría hacerlo así.
Uno de los atacantes cayó a sus pies, pero la sombra de Van Dorne se movía entre los árboles, invisible, esperando. El peligro no era solo físico; era psicológico, un juego de miedo y manipulación. Luna lo sintió, un frío recorriendo su espalda.
—Está jugando con nosotros —dijo ella, respirando con dificultad, pero sin perder la firmeza—. Quiere que nos agotemos antes de atacarnos de verdad.
Kael se acercó, rozando sus labios contra los de ella en un beso fugaz pero lleno de posesión y advertencia. —Entonces no le daremos ese gusto —susurró—. No mientras yo esté contigo.
La segunda oleada de atacantes fue aún más feroz. Luna y Kael se movieron como uno solo, atacando, bloqueando, girando. Cada movimiento era sincronizado, como un baile oscuro de poder, fuerza y deseo. Sus cuerpos rozándose, el calor del contacto y el latido acelerado del vínculo intensificaban cada golpe, cada esquiva.
—No te contengas —gruñó Kael, mientras empujaba a un enemigo contra un árbol—. Recuerda lo que eres capaz de hacer.
Luna jadeó, liberando un rugido que no era humano. Su fuerza surgía desde lo profundo de su esencia, cada músculo tenso, cada reflejo exacto. Su mirada buscaba a Kael, encontrándolo, y en ese instante, supo que juntos eran invencibles.
Un relámpago iluminó el bosque, y por un instante, la figura de Van Dorne apareció, observando desde la distancia con los ojos dorados brillando como cuchillas. Su sonrisa era fría, calculadora, y sabía que el juego apenas comenzaba.
—No será suficiente —susurró Kael, sus labios rozando el oído de Luna mientras derribaba al último atacante—. Pero esto es solo el inicio.
Luna respiró hondo, sintiendo el poder recorrer su cuerpo, la adrenalina mezclándose con la pasión que no podía negar. —Entonces sigamos —respondió, con un brillo peligroso en los ojos—. Estoy lista para lo que venga.
El bosque estaba en silencio de nuevo, pero la tensión persistía. Cada sombra podía ser una amenaza, cada crujido una trampa. La guerra con Van Dorne ya no era un rumor. Era real. Y esta vez, no solo se peleaba con fuerza. Se peleaba con instinto, con vínculo… y con la oscuridad que los unía.
Kael tomó su rostro entre sus manos, sus dedos acariciando la marca que los conectaba, y susurró: —Lo que venga, lo enfrentaremos juntos. Pero recuerda… esta es nuestra guerra. Nuestra… oscuridad.
Luna asintió, con el corazón latiendo rápido, el cuerpo vibrando de poder y deseo contenido. —Nuestra oscuridad —repitió, sintiendo que cada palabra era una declaración de lo que vendría.
Y mientras la luna iluminaba los árboles, ambos sabían que la verdadera prueba con Van Dorne no había hecho más que comenzar.