El amanecer no trajo tranquilidad.
Luna caminaba por los pasillos de la mansión, con la espalda recta y la mirada fija. Ya no era la sirvienta que se escondía entre sombras y cuchicheos; era la Señora Luna Draven, Alfa en formación, dueña de cada paso que daba.
Pero incluso el poder tiene sus límites.
Kael la seguía de cerca, sin imponer nada con palabras, solo con su presencia. Su vínculo vibraba entre ellos como un hilo de electricidad contenida.
—Hoy vamos a hacer algo distinto —dijo Kael, su voz grave cortando el aire—. No entrenamiento físico. Hoy aprenderás a leer la mansión. A sentir quién está incómodo contigo, quién duda, quién oculta algo.
Luna arqueó una ceja, intrigada. —¿Cómo se hace eso?
—Con poder y observación —respondió él—. Debes sentir la energía de este lugar. La casa escucha, respira, y cada empleado refleja lo que teme.
Caminaron juntos, cada paso medido, pasando por el comedor, la biblioteca, los corredores. Luna notó cómo los sirvientes bajaban la mirada, cómo incluso los guardias se tensaban. Ya no era solo respeto: era reconocimiento de su autoridad, aunque todavía no se atrevieran a confrontarla.
—Imagina que cada mirada es una palabra —susurró Kael—. Cada gesto, un secreto. Debes descifrarlos antes de que te afecten.
Luna inhaló hondo y cerró los ojos un instante. Sintió la mansión como un organismo vivo, latiendo a su alrededor, latiendo en ella. Y comprendió algo crucial: su poder como Alfa no era solo físico. Era mental, era presencia, era miedo y deseo mezclados en uno.
—Lo sientes —dijo Kael, apoyando una mano en su hombro—. Esa es tu fuerza. Ahora, úsala.
El aire cambió, más denso, cargado de electricidad. La tensión entre ellos no era solo entrenamiento: era intimidad, conexión, deseo contenido. Kael no necesitaba tocarla para imponer su dominio; su cercanía lo hacía todo evidente.
—Recuerda —dijo él, sus labios rozando su oído—. Nada ni nadie puede quebrarte si primero no dudas de ti misma.
Ella sonrió, pero no de manera dulce. Fue un gesto oscuro, cargado de orgullo y desafío.
—Nunca lo haré —respondió—. Ni siquiera por Van Dorne.
Kael asintió, satisfecho. Su Luna estaba aprendiendo rápido. Y mientras ambos se detenían frente a la ventana principal, observando los límites del bosque donde aún se podía sentir la presencia de Van Dorne, Luna comprendió algo: su dominio y su romance con Kael no eran solo pasión, sino estrategia, poder y supervivencia.
—Hoy no solo eres Alfa —dijo Kael, dejando que su mano rozara la de ella—. Hoy eres dueña de la mansión… y de tu destino.
Luna entrelazó sus dedos con los de él, dejando que esa certeza se asentara en su pecho. La guerra estaba lejos de terminar, pero por primera vez, sentía que podía controlarla desde dentro, con poder, mente y fuego oscuro que nadie más podía tocar.
El sol caía lentamente, tiñendo de rojo los muros antiguos. Dentro de la mansión, el silencio era respetuoso. Afuera, Van Dorne acechaba, observando, calculando. Pero ahora, la Luna ya no temía.