Prisionera del Destino

Capítulo 42 – El juicio de la Luna

El sonido metálico de los pasos resonaba en el pasillo principal. Cada golpe contra el piso parecía medirla, evaluarla, como si la mansión misma la pusiera a prueba. Luna avanzaba sin prisa, con la cabeza alta, respirando con control; no era solo fuerza física lo que necesitaba hoy, sino dominio absoluto sobre cada mirada que se cruzaba con la suya.

Kael la seguía a pocos metros, silencioso, observando cada reacción de su Luna. No intervenía, no corregía: la dejaba sentir, decidir, imponer. Cada empleado que los veía cruzar el corredor conocía las reglas implícitas ahora: Luna ya no era una sirvienta, y quien dudara, lo pagaría.

—Hoy no se trata de pelear —dijo Kael finalmente, rompiendo el silencio—. Se trata de ver quién respeta el orden antes de que yo diga una palabra.

Luna asintió. La tensión era palpable, eléctrica. Incluso el aire parecía vibrar alrededor de ellos. Mientras se acercaban al gran salón, los sirvientes se detuvieron en seco. Algunos contuvieron un suspiro; otros desviaron la mirada. Todos sabían que aquello no era un entrenamiento común.

—Pon a prueba tu presencia —susurró Kael—. Haz que sepan que no eres solo la Luna de un Alfa… eres la Alfa en formación.

Luna inspiró hondo y cruzó la sala. Su paso era firme, medido, y aunque los ojos de todos estaban sobre ella, nada la hizo flaquear. Pudo sentir la tensión que emanaban: respeto mezclado con miedo, curiosidad con envidia. Cada músculo de su cuerpo estaba consciente de ellos, de Kael, de su poder que crecía en silencio.

—Se detendrán ante mí —murmuró, más para sí misma que para él—. No hay lugar para dudas.

Kael sonrió, oscuro, satisfecho, y la siguió hasta el centro de la sala. Sin tocarla, sin hablar más, su sola presencia la envolvía. Luna podía sentir la propiedad, la necesidad, la posesión contenida en el aire entre ellos. Era su pareja, su alfa, y al mismo tiempo, su desafío personal.

—Ahora —dijo Kael—. Haz que lo entiendan.

Con un gesto apenas perceptible, Luna levantó la mano, un simple movimiento que parecía pequeño, pero cargado de poder. Todos los empleados la miraron, sintiendo que la energía de la mansión misma había cambiado. Las miradas de respeto ya no eran impuestas por Kael; ahora, era ella quien las dictaba.

—A partir de hoy —su voz era firme, profunda, resonante—, quien dude de mi lugar, quien ose desafiar el orden, responderá ante mí primero y ante Kael después. No habrá excusas.

El silencio fue absoluto. Ni una palabra se atrevió a romperlo. Luna sintió cómo el poder recorría cada fibra de su ser, cómo el vínculo con Kael ardía silencioso, caliente, posesivo. Por primera vez, no necesitaban confrontación física para imponer respeto; solo presencia, voluntad y la sombra del deseo oscuro que siempre los acompañaba.

—Bien —murmuró Kael, acercándose a ella—. Lo lograste.

Sus dedos rozaron la mejilla de Luna, solo un toque, pero suficiente para incendiarla. Ella respondió con una mirada intensa, retadora, sensual. El aire alrededor de ellos era un campo de electricidad: dominio, poder y deseo concentrados en un instante que parecía eterno.

—Todavía queda mucho —dijo Kael, su voz grave—. Pero si controlas esto, controlarás todo lo demás.

Luna asintió, consciente de cada palabra, cada emoción. Su transformación estaba completa: ya no era una seguidora ni un secreto de la mansión. Era Luna, la Alfa, y nada podría quebrar la fuerza que acababa de reclamar.

Desde la ventana que daba al bosque, Kael y Luna podían sentir la presencia distante de Van Dorne. La amenaza no había desaparecido. Pero esta vez, Luna estaba lista. No había dudas, no había miedo… solo poder, deseo y un vínculo tan oscuro que nadie fuera de esa sala podría entenderlo.

Y mientras los últimos rayos del sol se filtraban entre las cortinas, Kael tomó su mano, atrayéndola hacia él.

—Recuerda —susurró contra su oído—. Este es solo el principio. Todo lo que venga, lo enfrentaremos juntos… y nadie podrá tocarte.

Luna sonrió, cargada de fuego y certeza.

—Entonces que venga —dijo, con voz baja pero firme—. Estoy lista.

Y en ese instante, la mansión, silenciosa y observadora, pareció inclinarse ante la fuerza recién nacida de su Luna.




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