El bosque estaba en silencio, demasiado silencioso para ser natural. La noche había caído como un manto oscuro sobre la mansión, y el aire olía a tierra húmeda y a advertencia.
Luna estaba en la sala de entrenamiento, ajustando su respiración tras una serie de ejercicios con Kael. El vínculo entre ellos vibraba en cada movimiento, cada roce, cada mirada cargada de deseo contenido. La tensión no era solo física; era un juego de poder, de posesión, de territorio compartido y reclamado.
—Sientes algo —dijo Kael, acercándose por detrás, su aliento cálido rozando su cuello—. La energía cambia.
Luna frunció el ceño, concentrada, y asintió apenas.
—No es el bosque… es otra cosa.
Él tensó la mandíbula, y su cuerpo reaccionó instintivamente.
—Van Dorne. Está cerca.
En ese instante, un sonido metálico, casi imperceptible, rompió el aire: pasos fuera de la mansión. No de los guardias. No de los empleados. Algo más. Más calculado. Más silencioso.
—¡Kael! —susurró Luna, alzando la vista. Su corazón latía con fuerza—. Está entrando.
Él la tomó de la cintura y la atrajo hacia él, sus ojos brillando con un gris feroz.
—Mantente firme. Nada toca a mi Luna.
El suelo crujió bajo un peso extraño. Una figura apareció en la entrada principal: Van Dorne. Sin advertencia, sin ceremonia. No necesitaba abrir la puerta; ya estaba adentro de la mansión, moviéndose como un depredador seguro de su terreno.
—Ah —dijo, con voz baja, cargada de calma inquietante—. Así que esta es ella… mi querida Luna.
Luna tensó los músculos. Cada palabra de Van Dorne era un desafío directo, un intento de desestabilizarla. Kael gruñó bajo, una amenaza que vibraba en las paredes de la mansión.
—No pronuncies su nombre —dijo, sus dedos apretando la cintura de Luna con posesión—. No mientras yo esté aquí.
Van Dorne sonrió, apenas, dejando entrever dientes afilados.
—Oh, Kael… siempre tan posesivo. Me gusta eso. Pero esta vez no vine solo a observar.
De la nada, su sombra se desdobló, avanzando con rapidez sobre el mármol del hall. Guardias que creían preparados quedaron inmóviles, incapaces de reaccionar ante la velocidad del intruso. Luna sintió una ola de adrenalina recorrer su cuerpo. Este no era un entrenamiento; era la realidad misma reclamando su fuerza.
—Luna —Kael murmuró, rozando su oído—. Confía en tu instinto.
Ella asintió, los sentidos ampliados. La marca en su cuello ardía con intensidad. La energía del Alfa se entrelazaba con la suya, recordándole quién era, y por qué nadie debía tocarla.
Van Dorne se detuvo a un paso de ellos, evaluándolos, calculando cada movimiento.
—Interesante… —dijo—. Ambos parecen más… completos que la última vez que nos vimos.
Kael empujó a Luna ligeramente delante de él, protegiéndola y al mismo tiempo dándole libertad.
—Mi Luna decide cómo se enfrenta a ti —dijo, voz grave, cada palabra una orden y advertencia—. Y si la tocas, pagarás el precio.
Luna respiró hondo, sintiendo cómo la oscuridad dentro de ella se mezclaba con la determinación. Este era su momento: demostrar que ya no era humana, que ya no era vulnerable. Que la protección de Kael era un vínculo, no una carga.
—No vine a pelear —dijo Van Dorne, pero su postura y sus ojos dorados decían otra cosa—. Vine a tentarte… a probar si realmente estás lista para ser algo más que una sombra detrás del Alfa.
Luna avanzó un paso. Su mirada era intensa, plateada, implacable. Cada fibra de su ser rugía con el poder que ahora controlaba.
—No soy sombra de nadie —dijo—. Soy Luna. Y quien quiera jugar, que lo haga con cuidado.
Kael soltó un gruñido bajo, dejando que el aire entre ellos se electrificara. Se inclinó sobre Luna, sus labios rozando su oído mientras su respiración se mezclaba con la suya.
—Que nadie olvide esto —murmuró—. Esta es tu guerra, pero yo estoy contigo. Siempre.
Van Dorne sonrió, con una calma que parecía burlona, y un relámpago iluminó brevemente su rostro, reflejando la intensidad de la tormenta que se avecinaba.
—Entonces comencemos… —dijo—. Quiero ver de qué están hechos realmente.
El primer golpe del enfrentamiento mental y físico estaba a punto de caer, y la mansión Draven se convirtió en el escenario de una danza peligrosa, donde poder, deseo y desafío se entrelazaban en cada movimiento.
Y en ese instante, Luna comprendió algo que Kael le había enseñado: el verdadero control no estaba en los golpes, sino en la posesión de su propio miedo, de su propio poder, de su propia oscuridad.
—Prepárate —susurró Kael, mientras la tensión los envolvía a ambos—. Esta noche, nadie sobrevive sin dejar sangre… o promesas.