Prisionera del Destino

Capítulo 44 – Sombras y Susurros

El atardecer caía sobre la mansión Draven con un tono dorado que casi parecía tibio, pero el aire seguía cargado de electricidad y secretos. Luna caminaba por el jardín, las manos cruzadas detrás de la espalda, observando cómo los últimos rayos del sol se reflejaban en los ventanales de la casa. Nada era casual; cada sombra parecía moverse con intención, y el silencio estaba lleno de promesas no dichas.

—No esperaba verte aquí —dijo una voz desde detrás de unos arbustos perfectamente podados.

Luna giró, y allí estaba Adrian, un joven misterioso que había llegado a la mansión días antes bajo la excusa de ser un asistente de archivos históricos de la familia. Sus ojos claros no ocultaban ni un ápice de interés, y su sonrisa contenía una picardía peligrosa que hizo que Luna sintiera un escalofrío recorriendo su espalda.

—¿Tú otra vez? —respondió, un poco divertida, un poco cautelosa—. Pensé que tu interés en mí se habría disipado con la primera charla.

—Nunca desaparece algo que merece atención —replicó él, acercándose un paso, luego otro—. Y créeme, aquí hay mucho que merece atención.

Luna arqueó una ceja, conteniendo una risa que no quería escapar. Adrian tenía algo que desafiaba las reglas no escritas de Kael. Y eso la intrigaba… y al mismo tiempo la ponía en guardia.

—¿Crees que alguien más podría interesarse en mí? —preguntó, con un tono juguetón que escondía su cautela.

—Oh, estoy seguro —dijo Adrian con una sonrisa que no dejaba nada al azar—. Pero no todos tienen… tu tipo de magnetismo.

Luna sintió un calor intenso al escuchar esas palabras. No era la posesión que Kael le provocaba, sino algo distinto: una atención peligrosa, excitante y a la vez prohibida.

En ese momento, Kael apareció al final del sendero, con su andar firme, impecable, imponente. Sus ojos grises se clavaron en los de Luna y luego en Adrian. La tensión explotó como un relámpago invisible.

—¿Quién es este? —preguntó Kael, su voz baja y cargada de peligro.

—Adrian —dijo Luna, sin dudar—. Solo estaba… conversando.

Kael dio un paso adelante. Cada movimiento suyo irradiaba poder contenido, un aviso claro de que nadie podía cruzar ciertos límites.

—Luna —dijo, y su voz era tan suave que parecía acariciar y amenazar al mismo tiempo—. Nadie más toca lo que es mío. Nadie.

Adrian no retrocedió. Sonrió con una seguridad que solo incrementó la tensión.

—No vengo a desafiarte, Alfa —dijo—. Solo quería… conocerla.

Kael ladeó la cabeza, evaluando cada gesto, cada respiración, cada palabra. Luna sintió cómo su protector interno rugía dentro de él, pero también vio algo más: la chispa de un juego que no había empezado todavía, donde Adrian podía ser peligroso… o útil.

—Entonces aprende rápido —dijo Kael, con un tono que no admitía réplica—. Aquí se respeta a mi Luna. Y cualquiera que se acerque, paga el precio.

Luna se quedó en medio de los dos hombres. Por un instante, la tensión era tan palpable que parecía que el aire mismo se había vuelto sólido. Sus ojos se movían entre Kael y Adrian, sintiendo cómo cada uno ejercía sobre ella un tipo de control distinto. Uno protector, absoluto; el otro estimulante, provocador.

—Esto… no es justo —susurró Luna, dejando que un pequeño estremecimiento recorriera su cuerpo.

—La vida nunca es justa —replicó Kael, acercándose a ella y rozándole apenas los labios en un gesto de posesión silenciosa—. Pero aquí estás segura. Mientras yo esté cerca.

Adrian retrocedió un paso, con una sonrisa ladeada, sin perder la calma.

—Por ahora —murmuró—. Pero el mundo no termina en esta mansión, Alfa. Y tu Luna… parece disfrutar un poco de los riesgos.

Luna inhaló profundamente, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. La mezcla de peligro, deseo y poder nunca había sido tan intensa. Sabía que este juego apenas comenzaba, y que cada movimiento que hiciera podía inclinar la balanza hacia el control… o hacia el caos.

Kael la tomó de la cintura y la acercó a sí, asegurándose de que nadie más olvidara que ella era suya. Sus labios rozaron su mejilla.

—Tu lugar es conmigo —susurró, oscuro, intenso, absoluto—. Y no hay riesgo que lo cambie.

Luna cerró los ojos un segundo, sintiendo la fuerza de ese vínculo. La noche caía, los susurros del bosque se mezclaban con los latidos de su propio corazón, y en ese instante comprendió que el juego apenas comenzaba… y que esta vez, las reglas las pondría ella también.




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