Prisionera del Destino

Capítulo 45 – La jugada inesperada

La mañana siguiente no empezó con tensión.

Empezó con movimiento.

Luna fue la primera en romper la rutina.

—Quiero acceso a los archivos antiguos —dijo, de pie en la sala de reuniones—. Todos.

Kael la miró sin sorpresa, pero varios miembros del consejo sí se removieron incómodos.

—Esos registros no se abren —respondió uno de los jefes—. Ni siquiera tú…

—Todavía —interrumpió Luna—. Pero lo estarán hoy.

El silencio cayó como un golpe seco.

Kael apoyó las manos sobre la mesa, observándola con atención. No la frenó. No la protegió.

La estaba evaluando.

—¿Para qué? —preguntó él finalmente.

Luna sostuvo su mirada.

—Porque Van Dorne no está atacando con fuerza. Está esperando errores. Y los errores se repiten en la historia.

Eso cambió todo.

Kael asintió despacio.

—Denle acceso.

Las miradas se encendieron. Por primera vez, Luna no reaccionaba… dirigía.

Horas después, en la biblioteca subterránea, el aire olía a papel viejo y secretos mal enterrados.

Adrian estaba allí.

No fingió sorpresa cuando Luna entró.

—Sabía que vendrías —dijo, cerrando un libro—. Las mujeres como tú no aceptan jaulas doradas.

—Ni hombres que creen que pueden abrirlas —respondió ella sin detenerse.

Él sonrió.

—Eso me gusta de ti.

Luna se acercó a la mesa y extendió varios documentos.

—Necesito saber quién traicionó antes de Clara y Marín. No nombres conocidos. Los otros.

Adrian la observó con más atención ahora.

—Eso no es curiosidad… es estrategia.

—Exacto —dijo ella—. Y tú sabes cosas que Kael no.

El silencio entre ellos no fue incómodo. Fue peligroso.

—Si te ayudo —dijo Adrian—, cruzo una línea.

Luna levantó la mirada.

—Ya lo hiciste cuando me miraste como algo más que “la Luna de Kael”.

Por primera vez, él no bromeó.

—Eres consciente del fuego que estás tocando.

—Lo soy —respondió ella—. Por eso no te estoy pidiendo permiso.

Adrian exhaló lento.

—Entonces escucha esto: Van Dorne no quiere la mansión. Quiere romper el vínculo. Siempre ha sido así.

Luna se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Tentación, celos, dudas —dijo—. Y esta vez… tú eres el campo de batalla.

Esa noche, Kael encontró a Luna en su habitación, sentada al borde de la cama, pensativa.

—Algo cambió —dijo él—. Lo huelo.

—Sí —respondió ella sin rodeos—. Ya no estoy reaccionando. Estoy jugando.

Kael se acercó.

—¿Y yo en qué lugar estoy?

Luna alzó la vista.

—A mi lado. Si confías en mí.

Kael la tomó del rostro, serio, intenso.

—No me preocupa perderte por un enemigo.

—¿Entonces?

—Que descubras que puedes ganar sin mí —admitió.

Luna se levantó y apoyó la frente en su pecho.

—No quiero ganar sola. Quiero elegir.

Kael la besó. No fue posesivo. Fue profundo, firme, distinto.

—Entonces que el mundo aprenda —murmuró—. Porque cuando eliges… ardes.

En otro punto del territorio, Van Dorne observaba un informe reciente.

—Interesante —dijo, sonriendo—. La chica ya no corre.

Cerró el documento.

—Perfecto. Ahora sí… podemos empezar de verdad.

La guerra ya no era externa.

El deseo, la lealtad y el poder acababan de entrar al mismo tablero.

Y nadie saldría intacto.




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