No fue una alarma lo que despertó a la mansión.
Fue una visita.
El vehículo negro cruzó los límites del territorio sin ser detenido. No por descuido. Por orden directa de Kael. Cuando Luna lo supo, no preguntó por qué. Se limitó a vestirse con calma, como quien entiende que algunas guerras no empiezan con gritos, sino con invitaciones.
—Van Dorne no viene —dijo Kael mientras caminaban hacia el salón principal—. Mandó a alguien mejor.
—O peor —corrigió Luna.
Kael la miró de reojo.
—Exacto.
⸻
El hombre que esperaba no parecía un emisario. Demasiado joven. Demasiado tranquilo.
Demasiado atractivo para ser inofensivo.
—Rowan Hale —se presentó con una leve inclinación de cabeza—. Represento intereses que aún no tienen nombre.
Luna sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. No fue coquetería. Fue instinto.
Ese hombre no venía a negociar… venía a probar.
—Habla —dijo Kael, seco.
Rowan sonrió apenas.
—Van Dorne cree que ustedes se están preparando para una guerra. Yo creo que están a punto de cometer un error peor.
Luna se adelantó.
—Ilústranos.
Rowan giró hacia ella, sin disimular el interés.
—El vínculo entre ustedes es fuerte. Demasiado visible. Y lo visible siempre se puede atacar.
Kael tensó la mandíbula.
—No estoy aquí para amenazarlos —continuó Rowan—. Estoy aquí para ofrecer una alternativa.
—No negociamos con intermediarios —respondió Kael.
—No —aceptó Rowan—. Pero tú sí con iguales.
Sus ojos regresaron a Luna.
—Y ella aún no tiene iguales.
El silencio se volvió denso.
Luna habló despacio.
—¿Qué alternativa?
—Separación estratégica —dijo Rowan—. No ruptura. Movimiento. Luna fuera del centro. Libre. Visible en otros círculos. Desarmando el juego de Van Dorne desde dentro.
Kael avanzó un paso.
—Ni lo sueñes.
Rowan no se inmutó.
—No hablo contigo.
Eso fue nuevo.
⸻
Más tarde, Luna caminaba por los jardines con Rowan a una distancia incómodamente cercana.
Kael los observaba desde el balcón. No interrumpió. No por confianza. Por respeto a la decisión que sabía que venía.
—No te propongo traicionar a Kael —dijo Rowan—. Te propongo descubrir quién eres sin su sombra.
Luna se detuvo.
—¿Y tú qué ganas?
—Nada que no pueda perder —respondió—. Eso es lo interesante.
Ella lo miró con frialdad.
—Eres peligroso.
—Lo sé —admitió—. Por eso me mandaron.
Luna giró el rostro hacia la mansión.
—Van Dorne quiere que dude.
—Sí —aceptó Rowan—. Pero no sabe que tú no dudas. Tú eliges.
Eso le arrancó una sonrisa mínima.
—Aprendes rápido.
—No —dijo él—. Te observo bien.
⸻
Esa noche, Kael no esperó.
—¿Qué te ofreció? —preguntó, cerrando la puerta tras de sí.
Luna no respondió de inmediato. Se quitó los anillos, los dejó sobre la mesa.
—Movimiento —dijo al fin—. Exposición. Poder propio.
Kael respiró hondo.
—¿Y tú qué quieres?
Luna se acercó, lo suficientemente despacio como para que cada paso doliera.
—Quiero que me mires como algo que puede irse… y volver si quiere.
Kael la tomó de la muñeca.
—Eso es peligroso.
—Para ti —corrigió—. Para mí es libertad.
El beso no fue suave. Fue una lucha silenciosa. Deseo mezclado con miedo, con orgullo, con amor oscuro.
—Si aceptas —dijo Kael contra sus labios—, no podré protegerte.
—Nunca te lo pedí —susurró Luna—. Te pedí que confíes.
Kael apoyó la frente en la de ella.
—Te amo —admitió—. Y eso me vuelve débil.
Luna cerró los ojos.
—Entonces deja que yo sea fuerte por los dos.
⸻
En una habitación lejana, Adrian observaba los monitores de seguridad.
Había visto a Rowan.
Había visto a Luna caminar junto a él.
Y algo en su pecho no fue celos.
Fue anticipación.
—Esto va a romper algo —murmuró—. O a todos.
⸻
Esa madrugada, Luna escribió una sola línea en su cuaderno personal:
No soy el premio.
Soy la jugada.
Cuando cerró el cuaderno, ya había tomado la decisión.
Y al amanecer, la mansión Draven despertaría con una noticia que nadie esperaba.