Prisionera del Destino

Capítulo 47 – Lo que Adrián ve antes que los demás

Adrián siempre había sido bueno observando.

No porque fuera desconfiado, sino porque entendía algo que los demás tardaban en aceptar: el peligro rara vez grita. Casi siempre sonríe.

Desde la galería superior, vio a Luna cruzar el patio acompañada de Rowan Hale. No iban demasiado cerca. Tampoco lejos. La distancia exacta para que el vínculo con Kael no se rompiera… pero se tensara.

Adrián apoyó los antebrazos en la baranda.

—Mierda… —murmuró.

No era celos lo que le quemaba el pecho.

Era intuición.

Horas después, Kael convocó a un círculo reducido.

Luna a su derecha. Adrián frente a él. Rowan, invitado, sin derecho a sentarse en la mesa, pero tampoco apartado.

—Habla —ordenó Kael, sin rodeos.

Rowan lo hizo.

—Luna aceptó salir del centro del tablero.

El silencio fue inmediato.

—Temporalmente —aclaró Luna—. Bajo mis condiciones.

Adrián la miró con atención. No vio miedo. Vio cálculo.

—Esto nos expone —dijo Kael.

—Nos mueve —respondió ella—. Van Dorne cree que estoy anclada a esta casa. Eso lo hace predecible.

—Y a ti vulnerable —intervino Adrián por primera vez.

Luna giró hacia él.

—¿Crees que no lo sé?

—Creo —dijo Adrián con calma— que subestimas cuánto te quieren usar.

Rowan sonrió.

—¿Y tú no?

Adrián lo miró sin bajar la voz.

—Yo no necesito tocarla para influir.

Eso fue una advertencia.

Y Rowan la entendió.

Esa misma noche, Adrián encontró a Luna sola en la biblioteca.

—No vine a convencerte —dijo, cerrando la puerta—. Vine a entenderte.

—Entonces pregunta —respondió ella, sin mirarlo.

—¿Por qué ahora?

Luna dejó el libro.

—Porque si sigo aquí, me convierto en símbolo. Y los símbolos no sobreviven.

Adrián caminó despacio.

—Kael no está preparado para perderte.

—No me está perdiendo —dijo ella—. Está aprendiendo a no poseerme.

Adrián se detuvo frente a ella.

—Y yo… ¿dónde quedo en todo esto?

Luna lo miró por primera vez con algo distinto. No deseo. No ternura.

Reconocimiento.

—Tú eres el único que ve lo que viene —respondió—. Por eso necesito que te quedes.

Adrián exhaló.

—Siempre me quedo —dijo—. Aunque me cueste.

Más tarde, Rowan interceptó a Adrián en el pasillo.

—Te preocupa ella —dijo.

—Me preocupa el caos que deja —respondió Adrián.

Rowan se inclinó un poco.

—Si te sirve de consuelo, no pienso tocarla.

—No me tranquiliza —dijo Adrián—. Me alarma que no lo necesites.

Rowan sonrió sin humor.

—Cuídala —añadió—. Porque cuando empiece a moverse, no va a mirar atrás.

Esa noche, Luna no durmió con Kael.

No fue pelea.

Fue decisión.

Kael se quedó de pie, mirando la cama vacía, cuando Adrián apareció en la puerta.

—No la detengas —dijo Adrián—. Acompáñala.

Kael apretó los puños.

—¿Y si no vuelve?

Adrián lo miró fijo.

—Entonces nunca fue tuya.

Las palabras dolieron.

Porque eran verdad.

En su habitación, Luna cerró la maleta.

Pocas cosas. Nada sentimental.

Antes de salir, escribió una nota breve:

No me sigas.

Obsérvame.

Cuando apagó la luz, el vínculo no se rompió.

Solo cambió de forma.

Y por primera vez, la guerra no iba a empezar fuera de la mansión…

Iba a empezar en los nombres que Luna decidiera aceptar.




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