El salón del consejo de Viremont no pertenecía a ningún Alfa.
Eso lo hacía peligroso.
Luna lo supo en cuanto cruzó las puertas de hierro: allí no mandaba la fuerza, sino la percepción. Viejos pactos respiraban en las paredes, acuerdos rotos que aún exigían sangre, sonrisas que ocultaban colmillos.
No entró como Luna Draven.
Entró como Luna a secas.
Adrián caminaba medio paso detrás de ella, discreto, atento a cada movimiento. Rowan Hale iba al otro lado, relajado, como si aquel lugar no pudiera tocarlo.
—No mires al frente tanto tiempo —murmuró Adrián sin girar el rostro—. Aquí se interpreta como desafío.
—Que lo interpreten —respondió Luna—. No vine a pedir permiso.
Rowan sonrió.
—Eso ya lo saben.
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El murmullo se apagó cuando Luna tomó asiento.
Alfas menores. Representantes. Observadores sin rango definido. Ninguno habló primero. Esperaban verla dudar.
No lo hizo.
—No vengo en nombre de Kael Draven —dijo—. Vengo en nombre del territorio que aún no han logrado desestabilizar.
Un hombre mayor, con marcas antiguas en el rostro, alzó la voz.
—Eso es imposible. Ese territorio existe solo por él.
—No —corrigió Luna—. Existe porque yo lo sostengo mientras ustedes conspiran.
Silencio.
Adrián bajó apenas la mirada. Sabía reconocer el instante exacto en que alguien perdía el control del tablero sin darse cuenta.
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A kilómetros de allí, Kael sintió el tirón del vínculo.
No dolor.
No miedo.
Presión.
Apoyó las manos sobre el escritorio, respirando hondo. No podía ver lo que ocurría, pero podía sentir cada palabra que Luna pronunciaba como un pulso seco en el pecho.
—No la estás perdiendo —se dijo—. Estás aprendiendo a no encerrarla.
Aun así, la necesidad de ir por ella le tensaba los músculos.
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—¿Y qué ofreces? —preguntó otra voz—. Porque no te has presentado.
Luna entrelazó los dedos.
—Estabilidad —respondió—. Algo que ninguno de ustedes ha sabido mantener.
—¿Una Luna hablando de poder sin su Alfa? —se burló alguien—. Eso es nuevo.
Rowan se inclinó hacia adelante.
—No es nuevo —dijo con calma—. Solo es incómodo.
Las miradas se volvieron hacia él.
—Ella no está rompiendo reglas —continuó—. Está exponiendo su fragilidad.
Adrián observó a Rowan con atención. Aquello no estaba ensayado. Y eso lo volvía más peligroso.
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Cuando el encuentro terminó, nada quedó firmado.
Pero algo había cambiado.
—Te van a vigilar —dijo Adrián al salir—. No como amenaza. Como posibilidad.
—Eso es peor —respondió Luna.
—Sí —admitió él—. Porque ahora te desean en el juego.
Ella se detuvo antes de subir al vehículo.
—¿Crees que hice mal?
Adrián no respondió de inmediato.
—Creo que hiciste lo que Kael no puede hacer sin desatar una guerra.
Luna sostuvo su mirada.
—¿Y tú?
—Yo me quedé —dijo—. Como prometí.
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Esa noche, en una habitación neutral, Luna sintió el vínculo tensarse de nuevo.
Kael no estaba allí.
Pero estaba.
Cuidado, resonó en su mente.
Ella cerró los ojos.
Confía, respondió.
La conexión vibró, incómoda, distinta. Ya no era posesión. Era distancia elegida.
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En otro punto de la ciudad, Van Dorne observaba informes desplegados sobre la mesa.
—Así que salió sola… —murmuró.
Uno de sus hombres dudó.
—¿Atacamos?
Van Dorne negó despacio.
—No. Todavía no.
Sonrió.
—Ahora quiero ver quién se atreve a tocarla primero.
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Cuando Luna se acostó, no durmió.
Pensó en Kael, conteniéndose.
En Adrián, sosteniéndola.
En Rowan, observando sin pedir nada.
Por primera vez, entendió algo con claridad brutal:
El poder no estaba en elegir a uno.
Estaba en no pertenecer por completo a ninguno.
Y cuando cerró los ojos, el mundo ya había empezado a responder a ese desequilibrio.