Prisionera del Destino

Capítulo 49 – El regreso de la Luna

Han pasado tres semanas desde que Luna salió al territorio neutral. Tres semanas de enfrentamientos silenciosos, miradas calculadas y aprendizaje intenso lejos de la mansión. Cada día había sido un pulso constante entre independencia y riesgo, y ahora, finalmente, regresaba.

La mansión no era la misma cuando Luna volvió.

El aire parecía contener la memoria de su ausencia: los pasillos respiraban distinto, las sombras se alargaban de otra manera, y hasta el viento parecía detenerse al verla cruzar la puerta principal. No era Kael quien marcaba la diferencia aquella vez. Era ella. Luna. Su andar era seguro, medido, calculado. Ya no caminaba para ser vista. Caminaba para que su presencia hablara.

Adrián la seguía en silencio, pero sus ojos nunca dejaban de moverse. Cada guardia, cada corredor, cada esquina de la mansión estaba bajo su escrutinio. Sabía que alguien observaba. Siempre alguien observaba. Y no podía fallar en su rol de sombra protectora y estratega.

—¿Sientes la diferencia? —susurró él, apenas rozando su hombro.

—Sí —respondió Luna—. La casa lo sabe. Y yo también.

Kael apareció en el umbral del gran salón cuando entraron. No había prisa en su andar, pero cada músculo de su cuerpo hablaba de tensión contenida. Sus ojos se fijaron en Luna y un silencio casi violento descendió sobre ambos. No era enojo. Era propiedad y respeto mezclados, un recordatorio de que aunque la distancia política había sido necesaria, la conexión que los unía no se había debilitado.

—Has estado fuera más de lo que esperaba —dijo Kael, su voz grave y baja.

—No vine a esperar —contestó Luna, clavando la mirada en la suya—. Vine a mostrar lo que podemos sostener sin caos.

El vínculo vibró entre ellos, silencioso, intenso. Kael dio un paso hacia ella, pero no la tocó. Sus manos permanecieron a los lados, pero su respiración y la tensión que emitía eran casi palpables, un recordatorio de que él la reclamaba con cada fibra de su ser.

—¿Y Adrián? —preguntó Kael, sin desviar la mirada de Luna.

—Me acompañó, sí —respondió ella—. No para decidir por mí, sino para asegurarse de que nadie más lo haga sin permiso.

Adrián inclinó la cabeza, apenas perceptible. Sabía que su papel era vigilar, nunca interferir, a menos que el equilibrio se rompiera. Y Luna lo había aprendido.

El gran salón estaba lleno. No de miedo, sino de expectativa contenida. Los guardias habían oído rumores de su aparición en Viremont, de cómo había hablado sin Kael, de cómo había dejado a los Alfas menores sin palabras. Cada mirada hacia ella estaba cargada de cálculo: ¿Amiga, aliada, amenaza?

—Kael —dijo Luna, sin un atisbo de duda—. Estoy de regreso. Y no necesito que nadie más haga que me respeten.

Kael asintió, y por primera vez, la observó con una mezcla de orgullo y ligero temor: su Luna ya no era sólo su compañera; era un Alfa en ciernes por derecho propio, y eso significaba que podía desafiarlo, aunque jamás lo haría sin su mirada aprobatoria.

—Entonces hagamos que lo que aprendiste valga —dijo él, su voz cargada de posesión oscura—. No permitas que nadie rompa este equilibrio que construimos.

Luna caminó entre los guardias y empleados que observaban en silencio. Sus pasos eran directos, firmes, y la tensión que generaba no venía de amenazas físicas, sino del simple hecho de existir con poder.

—Alfa o no —susurró para sí misma—. Esta casa es también mía ahora.

Esa noche, Kael y Luna compartieron un silencio prolongado en la torre más alta. No hubo necesidad de palabras, sólo miradas que cruzaban territorios de deseo, poder y promesa.

El vínculo se tensó: Kael reclamaba, Luna resistía, y la chispa de su conexión se volvió eléctrica, oscura y necesaria. Cada respiración compartida, cada roce inconsciente, era una declaración silenciosa de que la guerra y el romance podían coexistir en su vínculo.

—Mañana —dijo Kael, sus labios cerca del oído de Luna—. Nadie dormirá tranquilo. Ni en este territorio ni fuera de él.

—Entonces que vengan —respondió ella, con la seguridad que sólo la Luna podía tener—. Estoy lista para todo lo que intente quebrarme.

En la distancia, Van Dorne seguía moviéndose como un depredador paciente. Observaba cada movimiento de la mansión y cada gesto de Luna. Sabía que Kael y ella eran fuertes, pero también sabía que la guerra no se ganaba solo con fuerza bruta. Se sonrió, calculador.

—Esto recién empieza —murmuró—. Y esta vez, el tablero va a sangrar.




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