No fue un ataque.
Y eso fue lo más inquietante.
Luna lo entendió al amanecer, cuando el territorio despertó sin alarmas, sin gritos, sin sangre. Todo estaba… demasiado intacto. Demasiado quieto.
—Esto no es calma —dijo, de pie junto a la ventana—. Es preparación.
Kael estaba detrás de ella, ajustándose la camisa con movimientos lentos, controlados. No había dormido. Ella lo sabía por el vínculo, por esa tensión constante que vibraba entre ambos como una cuerda demasiado tensa.
—Van Dorne no va a entrar rompiendo muros —respondió—. Quiere que lo dejemos pasar.
Luna giró el rostro.
—Entonces no debemos cerrarlos.
Kael la miró con atención. No con autoridad. Con evaluación.
—Explícate.
Ella respiró hondo. El aroma del bosque entraba por la ventana abierta: húmedo, vivo, cargado de presagios.
—Si nos encerramos, confirmamos que tiene poder. Si lo ignoramos, lo obligamos a mostrarse.
Kael sostuvo su mirada durante varios segundos.
—Estás pensando como Alfa.
—Estoy pensando como territorio —corrigió ella.
Ese matiz lo cambió todo.
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El movimiento ocurrió al mediodía.
No fue un mensajero. No fue un emisario armado.
Fue una invitación.
Un sobre oscuro, sin sellos oficiales, entregado por manos limpias y mirada neutra. Kael lo abrió sin prisa. Leyó una sola vez.
—Cena —dijo—. En su dominio. Neutral.
Luna no reaccionó de inmediato.
—¿Y tú qué dices?
Kael levantó la vista.
—Que si vamos, legitimamos su juego.
—Y si no vamos —respondió ella—, le damos el control del relato.
Silencio.
Adrián, que había estado apoyado contra la pared, habló por primera vez.
—Hay otra opción.
Ambos lo miraron.
—Van Dorne espera que vayan como pareja dominante —continuó—. Como poder consolidado. Eso lo fortalece.
—¿Y qué propones? —preguntó Kael, sin dureza, pero sin suavidad.
Adrián sostuvo la mirada.
—Que vaya Luna sola.
El aire cambió.
Kael dio un paso al frente. No fue agresivo, pero fue territorial.
—No.
Luna no retrocedió.
—Sí.
Se miraron. El vínculo tensándose, no por celos, sino por algo más peligroso: diferencia de visión.
—No te expondré —dijo Kael, bajo.
—No me escondas —respondió ella—. Ya no.
Adrián observó en silencio. Sabía cuándo intervenir y cuándo no. Esta no era su batalla.
Kael cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había algo nuevo en su expresión.
—Si vas… —dijo— no irás como provocación.
—No —asintió Luna—. Iré como certeza.
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La preparación fue silenciosa.
Nada de escoltas visibles. Nada de símbolos. Luna eligió un vestido oscuro, sencillo, que no gritaba poder, pero lo insinuaba en cada línea. La marca en su cuello no estaba cubierta. Tampoco expuesta.
Kael la observó desde la puerta.
—No voy a decirte que tengas cuidado —murmuró—. Porque sé que lo harás.
Luna se acercó.
—Y no voy a prometer que volveré igual.
Él apoyó la frente contra la de ella.
—Eso es lo que más me preocupa… y lo que más respeto.
No se besaron.
Fue peor.
Fue una despedida sin dramatismo, cargada de todo lo que no se dijo.
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Van Dorne la recibió sin sorpresa.
Como si la hubiera estado esperando desde siempre.
—Pensé que vendría acompañado —dijo, sirviéndose vino—. Pero esto es… más interesante.
Luna tomó asiento sin pedir permiso.
—No vine a entretenerte.
—No —sonrió él—. Viniste a medir fuerzas.
—No —corrigió ella—. Vine a ver cuánto sabes realmente.
Eso le gustó.
Van Dorne inclinó la cabeza, observándola como se observa a algo valioso que aún no se posee.
—Kael cree que te está soltando —dijo—. No entiende que te estás alejando.
Luna sostuvo su mirada.
—Te equivocas. Estoy eligiendo desde otro lugar.
—¿Y cuál es ese? —preguntó él, curioso.
—Donde no le pertenezco a nadie —respondió—. Ni siquiera a él.
Por primera vez, la sonrisa de Van Dorne se tensó.
—Eso te hace peligrosa.
—No —dijo Luna, levantándose—. Eso me hace libre.
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Cuando regresó, ya era de noche.
Kael la esperaba en la terraza, de pie, inmóvil. No preguntó nada. No hizo reproches.
Luna se acercó y apoyó la mano en su pecho. El vínculo respondió de inmediato, profundo, denso.
—No le di nada —dijo—. Pero tampoco me llevé paz.
Kael cerró la mano sobre la suya.
—Entonces fue un empate.
—No —susurró ella—. Fue una advertencia.
Se miraron. El romance entre ellos ya no era solo deseo ni protección.
Era alianza.
Y ambos lo supieron en ese instante:
La guerra ya no sería por territorio.
Sería por quién tenía derecho a decidir el final.