La ruptura no empezó con una pelea.
Empezó con una decisión tomada en silencio.
Kael lo supo cuando entró al despacho y encontró a Adrián inclinado sobre el mapa del territorio… y a Luna de pie frente a él, señalando rutas que Kael nunca había autorizado a tocar.
No se besaban.
No se escondían.
Y aun así, algo estaba fuera de lugar.
—¿Desde cuándo se reorganiza la frontera este sin consultarme? —preguntó Kael, con voz neutra.
Luna no se sobresaltó.
—Desde que entendí que consultarte no siempre es lo mismo que avanzar.
Adrián dio un paso atrás, sabiendo cuándo su presencia dejaba de ser útil.
—Los dejo —dijo—. Esto ya no es táctica.
Cuando la puerta se cerró, el silencio pesó más que cualquier grito.
—Fuiste al territorio neutral —continuó Kael—. Volviste distinta. Y ahora tomas decisiones que afectan a todos.
—No a todos —respondió ella—. A ti.
Kael se cruzó de brazos.
—Ese es el problema, Luna. Estás confundiendo autonomía con ruptura.
Ella lo miró con una calma peligrosa.
—No. Estoy entendiendo que tu forma de protegerme también es una forma de control.
El vínculo vibró. No como amenaza. Como herida.
—Nunca te controlé —dijo Kael, más bajo.
—No —asintió ella—. Me contuviste. Y durante un tiempo, lo necesité. Pero ya no.
Kael dio un paso hacia ella.
—Van Dorne está empujándote a esto.
—Van Dorne no me empuja —replicó—. Me observa. Tú eres el único que intenta sujetarme.
Eso fue un golpe limpio.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó Kael—. Dímelo sin rodeos.
Luna respiró hondo.
—Quiero operar sin tu sombra constante.
—Quiero negociar sin que interpreten que hablo con tu voz.
—Y quiero dejar de justificar cada movimiento como si estuviera pidiendo permiso.
Kael la miró largo rato. Cuando habló, ya no había furia.
Había algo peor.
—Si haces eso… —dijo— dejarás de ser vista como mi Luna.
—Exacto.
—Y el territorio lo notará.
—También.
—Y yo tendré que responder como Alfa.
—Y yo como poder independiente.
El vínculo se tensó hasta doler.
—Esto es una ruptura —dijo Kael al fin—. No emocional. Política.
—No te equivoques —respondió Luna—. Es ambas cosas.
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Esa noche, Luna no durmió en la habitación de Kael.
No porque él se lo pidiera.
Porque ella no regresó.
Se instaló en la ala antigua de la mansión, la que había sido abandonada tras la última guerra. Paredes frías. Historia sin pulir. Un espacio que no pertenecía a nadie.
Adrián la encontró allí, horas después.
—Esto va a costar —dijo.
—Ya lo sé.
—Kael no va a atacarte —continuó—. Pero tampoco va a cubrirte.
—Eso es justo lo que necesito —respondió ella—. Que deje de salvarme.
Adrián la observó con atención.
—¿Y si no sales ilesa?
Luna sostuvo su mirada.
—Entonces al menos sabré que lo que soy… lo soy por mí.
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Kael pasó la noche entrenando.
No para pelear.
Para no ir a buscarla.
Cada golpe contra el saco era una orden que no daba.
Cada respiración contenida, una decisión.
Rowan apareció sin anunciarse.
—La dejaste ir.
—No —corrigió Kael—. Dejé de encerrarla.
—Eso puede destruirte —dijo Rowan.
Kael se limpió la sangre del nudillo.
—O puede salvarla.
Rowan lo estudió.
—Van Dorne va a moverse ahora.
Kael sonrió sin humor.
—Que lo haga.
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En otro punto del territorio, Luna observaba informes nuevos.
Movimientos que no pasaban por Kael.
Contactos que solo respondían a ella.
Riesgos reales.
Sintió el vínculo pulsar. No para reclamar. Para marcar distancia.
—Esto es —susurró—. El punto sin retorno.
Y por primera vez desde que todo comenzó, Luna entendió la verdad completa:
No estaba eligiendo entre Kael y Van Dorne.
Estaba eligiendo romper la estructura que los hacía necesarios.
La guerra no sería inmediata.
Pero el amor…
el amor ya no estaba a salvo.