Prisionera del Destino

Capítulo 52 – El precio de no ser sostenida

El error de Luna no fue estratégico.

Fue humano.

Aceptó la reunión porque no quería parecer débil.

Porque rechazarla habría significado admitir que aún necesitaba cobertura.

Porque, en el fondo, una parte de ella quería probar —aunque fuera una sola vez— que podía sostenerse sin Kael Draven detrás.

Van Dorne lo sabía.

El encuentro se fijó en una zona gris del territorio: ni neutral, ni hostil. Un antiguo enclave comercial, abandonado tras la última guerra. Demasiado visible para ser una emboscada. Demasiado tranquilo para ser seguro.

Adrián no estaba convencido.

—Esto no es una invitación —le dijo—. Es una provocación con modales.

—Y si no voy —respondió Luna—, confirmo que sigo escondiéndome.

Rowan la observó en silencio.

—Van Dorne no quiere tu caída —dijo al fin—. Quiere que tropieces lo suficiente para que Kael no pueda levantarte sin pagar un precio.

Luna sostuvo la mirada.

—Entonces aprenderé a caer de pie.

Kael se enteró una hora después.

No por Luna.

Por un informe que nunca debió circular tan rápido.

Apretó la mandíbula al leerlo.

—No puedo intervenir —dijo Rowan, que estaba con él—. Si lo haces, destruyes justo lo que ella está intentando construir.

Kael cerró los ojos un segundo.

—Si no hago nada, la expongo.

—Si haces algo —replicó Rowan—, la invalidas.

El Alfa golpeó la mesa.

—Maldita sea…

Y aun así… no dio la orden.

Fue la primera vez que se obligó a quedarse quieto.

La reunión fue cordial.

Demasiado.

Van Dorne no llegó con escolta visible. Sonrió como quien ya ganó algo antes de sentarse.

—Luna —dijo—. Al fin sin intermediarios.

—No necesito intermediarios —respondió ella—. Solo claridad.

—Perfecto —asintió él—. Entonces seamos claros.

Deslizó un documento sobre la mesa.

—Apoyo logístico para tus rutas independientes.

—Reconocimiento tácito de tu autoridad fuera de Kael.

—Y silencio mutuo… por ahora.

Luna lo leyó. Todo estaba bien redactado.

Demasiado bien.

—¿Y el costo? —preguntó.

Van Dorne se inclinó hacia atrás.

—Nada inmediato.

Eso fue lo que no vio.

El ataque no ocurrió allí.

Ocurrió tres horas después.

Uno de los convoyes que Luna había autorizado —el primero sin supervisión directa de Kael— fue interceptado. No hubo muertos. Pero sí heridos. Y pérdidas suficientes para enviar un mensaje.

No firmado.

No rastreable.

Luna sintió el golpe como si fuera físico.

—Esto es mío —susurró—. Lo autoricé yo.

Adrián apretó los dientes.

—Y Van Dorne se lavó las manos antes de ensuciártelas.

Kael recibió el informe final al anochecer.

Tres heridos.

Un vacío en la frontera.

Y un nombre que empezaba a circular con desconfianza.

Luna.

El vínculo ardió. No pidiendo ayuda. No disculpándose.

Resistiéndose.

Kael se levantó despacio.

—Convoca al consejo —ordenó—. Ahora.

—¿Vas a cubrirla? —preguntó Rowan.

Kael lo miró.

—No.

Cuando Luna llegó a la mansión esa noche, la atmósfera había cambiado.

No hostil.

Peor.

Formal.

El consejo estaba reunido. Kael de pie. Impecable. Frío.

Ella entendió al instante: no había venido como pareja.

Había venido como Alfa.

—El convoy fue atacado bajo una orden tuya —dijo Kael, sin rodeos—. Asumes responsabilidad completa.

Luna sostuvo su mirada.

—Sí.

Un murmullo recorrió la sala.

—Eso debilita la frontera —continuó él—. Y pone en duda la cadena de mando.

—La cadena de mando cambió —replicó Luna—. Esa era la idea.

Kael la miró largo rato.

—Entonces el error también es tuyo —dijo—. Y no voy a corregirlo por ti.

El silencio fue brutal.

—Retiro el apoyo militar directo a tus operaciones externas —anunció—. Hasta nuevo aviso.

Eso dolió más que un grito.

Luna no bajó la mirada.

—Entendido.

Pero cuando se dio la vuelta para salir, el vínculo tembló.

No de ruptura.

De contención forzada.

Van Dorne recibió la noticia con una sonrisa lenta.

—Perfecto —murmuró—. Ahora sí está sola.

Esa noche, Luna no lloró.

Se sentó en el suelo de la ala antigua, con la espalda contra la pared, respirando despacio.

Había querido independencia.

La tenía.

Y por primera vez entendió algo que nadie le había dicho:

No ser sostenida no te hace débil.

Pero equivocarte sola duele el doble.

El juego ya no era emocional.

Ahora era de resistencia.

Y Kael…

Kael acababa de demostrar que podía amarla sin protegerla.

Eso podía romperlos.

O convertirlos en algo mucho más peligroso.




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