Prisionera del Destino

Capítulo 54 – La elección que no se perdona

Luna firmó el acuerdo al amanecer.

No hubo ceremonia.

No hubo testigos oficiales.

Solo un sello antiguo, una cláusula verbal… y una promesa que no podía deshacerse.

Adrián fue el único presente.

—Si haces esto —dijo, sin dramatismo—, Kael no podrá protegerte aunque quiera.

Luna apoyó el pulgar sobre la marca aún fresca.

—No quiero que me proteja.

Adrián la observó en silencio unos segundos.

—Entonces que quede claro —añadió—: esto no es un movimiento político. Es una ruptura.

—Exacto.

El acuerdo no la vinculaba a Van Dorne.

Eso habría sido demasiado obvio.

Demasiado estúpido.

La vinculaba al territorio neutral de Viremont.

Luna se convirtió oficialmente en figura autónoma, con derecho a mediación, tránsito y negociación sin necesidad de respaldo alfa. Algo que no se había concedido en décadas.

Una Luna sin Alfa.

Una mujer con poder sin pertenencia directa.

Cuando el documento llegó a la mansión Draven, Kael lo leyó tres veces.

La tercera le dolió.

—¿Cuándo? —preguntó, con la voz baja.

—Hace seis horas —respondió el mensajero—. Ya fue ratificado.

Se hizo un silencio peligroso.

—¿Y ella? —insistió Kael.

—No solicitó audiencia.

Eso fue peor que cualquier traición.

Kael destrozó el documento.

No por rabia.

Por impotencia.

—Esto la deja expuesta —dijo a nadie—. No hay red. No hay refugio.

Uno de los guardias se atrevió a hablar:

—También la vuelve intocable… en ciertos círculos.

Kael cerró los ojos.

Luna no había huido.

Había aprendido a desaparecer a plena luz.

Esa misma noche, Luna se encontró con Rowan.

No como aliada.

No como rival.

Como igual.

—Así que lo hiciste —dijo él, observándola con una media sonrisa—. Pensé que dudarías más.

—Eso esperaba todo el mundo —respondió Luna—. Por eso no lo hice.

Rowan la rodeó lentamente, evaluándola como quien observa una tormenta desde lejos.

—¿Sabes lo que provocará esto?

—Sí.

—Kael no lo verá como independencia —añadió—. Lo verá como abandono.

Luna sostuvo su mirada.

—No es lo mismo.

—Para un Alfa criado para poseer… sí lo es.

Ella no respondió. No necesitaba hacerlo.

Rowan se detuvo frente a ella.

—Ahora van a querer probarte —dijo—. Todos.

—Que lo intenten.

Por primera vez, Rowan no sonrió.

—Eso incluye a mí.

El aire cambió.

No hubo contacto.

Pero el peligro era distinto.

No era deseo inmediato. Era tensión sostenida, de la que no se disuelve.

Kael fue por ella.

No esa noche.

No al día siguiente.

Dos días después.

La encontró en un lugar que no pertenecía a nadie, sentada sola, sin guardias visibles.

—¿Así que ahora firmas acuerdos sin decir palabra? —preguntó, sin rodeos.

Luna no se levantó.

—No tenía nada que pedirte.

—Tenías algo que advertirme.

Ella alzó la vista.

—No. Si te lo advertía, lo habrías detenido. Y necesitaba saber si podía hacerlo sin ti.

El silencio fue brutal.

—¿Y? —preguntó Kael—. ¿La respuesta?

Luna se puso de pie, a un paso de él.

—Sí.

Eso fue lo que lo quebró.

No gritó.

No la tocó.

—Esto cambia lo nuestro —dijo, finalmente.

—No —corrigió ella—. Lo revela.

El vínculo ardió, confuso, sin dirección clara.

—Van a venir por ti —advirtió Kael—. No como Luna. Como símbolo.

—Entonces deja de intentar salvarme —respondió ella—. Y decide si puedes caminar a mi lado sin encadenarme.

Kael la miró como si fuera la primera vez.

—Estás pidiendo algo que no sé si sé hacer.

—Entonces aprende —dijo Luna—. O suéltame de verdad.

Desde la distancia, Van Dorne observaba cómo las piezas se desordenaban solas.

—Perfecto… —murmuró—. Ya no necesito empujar.

Sonrió.

—Ahora solo tengo que esperar a que el deseo haga lo que siempre hace:

confundir poder con necesidad.

Y mientras Luna se alejaba, consciente de que había cruzado un punto sin retorno, una verdad se instaló con violencia silenciosa:

El amor ya no era el centro del conflicto.

Era el riesgo colateral.

Y eso lo volvía infinitamente más peligroso.




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