El ataque no ocurrió de noche.
Eso fue lo primero que Luna entendió demasiado tarde.
Ocurrió a plena luz del día, en una calle abierta de Viremont, cuando el mundo parecía normal y nadie esperaba sangre. Ese detalle lo hacía inteligente. Cruel. Calculado.
Adrián fue quien lo notó primero.
—No te detengas —murmuró, sin girar la cabeza—. Sigue caminando.
Luna sintió el cambio en el aire. No fue miedo. Fue presión. Como si algo invisible hubiese decidido inclinar la balanza.
—No son de Van Dorne —dijo ella en voz baja—. Él habría sido más elegante.
—Exacto.
Tres pasos más.
Entonces ocurrió.
El impacto llegó por el costado. Un empujón violento. Un ruido seco. El mundo giró. Luna cayó al suelo antes de comprender que el dolor en su costado no era solo el golpe.
Había sangre.
No mucha.
Pero era suya.
Adrián se movió rápido. Demasiado. Derribó al primero sin pensarlo, torció un brazo, rompió algo que no debía romperse. El segundo retrocedió al ver la reacción. El tercero nunca llegó a acercarse.
Todo duró menos de veinte segundos.
Demasiado poco para que alguien interviniera.
Demasiado para que el mensaje quedara claro.
—Levántate —dijo Adrián, tenso—. Ahora.
Luna se puso de pie, con dificultad. La herida no era mortal, pero ardía. No solo en la piel. En el orgullo.
—No intentaron secuestrarme —murmuró—. Querían probarme.
—Querían ver si sangrabas.
Ella sonrió, peligrosa.
—Y sangro.
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Kael lo sintió a kilómetros.
No fue el dolor físico.
Fue el quiebre del vínculo.
Un tirón brutal, desordenado, como si algo hubiese rasgado el aire entre ellos.
Kael dejó lo que estaba haciendo y salió sin explicaciones.
No pidió permiso.
No llevó escolta.
Llegó a Viremont en tiempo récord.
La encontró sentada, mientras un sanador cerraba la herida. Pálida. Erguida. Furiosa.
—¿Quién fue? —preguntó Kael.
—Eso no es lo primero que deberías preguntar —respondió Luna sin mirarlo.
El sanador se apartó en silencio.
—Te advertí —dijo Kael, conteniéndose—. Te advertí exactamente de esto.
—No —corrigió ella—. Me advertiste del miedo. Esto no fue miedo. Fue curiosidad.
Kael apretó la mandíbula.
—Te atacaron porque estás sola.
Luna alzó la vista entonces. Su mirada era distinta. Más dura.
—No estoy sola —dijo—. Estoy sin dueño.
Eso fue peor que una bofetada.
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Rowan apareció una hora después.
No alarmado.
No preocupado.
Interesado.
—Así que empezaron —comentó al ver la venda—. Más rápido de lo que esperaba.
Kael lo miró como si fuera un enemigo declarado.
—¿Sabías que esto podía pasar?
—Claro —respondió Rowan—. Y tú también. Solo que fingiste que no.
Luna se puso de pie.
—¿Quién dio la orden?
Rowan no dudó.
—Nadie con nombre. Fue una iniciativa. Eso es lo inquietante.
—Entonces ya no soy un movimiento —murmuró ella—. Soy un incentivo.
—Exacto —confirmó Rowan—. Te van a atacar para provocar algo mayor.
Kael dio un paso al frente.
—Esto termina hoy.
—No —dijo Luna—. Esto empieza hoy.
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Más tarde, cuando estuvieron solos, el silencio entre Kael y Luna era insoportable.
—No tienes derecho a exponerte así —dijo él finalmente.
—Y tú no tienes derecho a encerrarme para sentirte seguro —respondió ella.
Kael se acercó.
—Casi te matan.
—No —dijo Luna—. Casi me marcaron como débil. No es lo mismo.
El vínculo vibró, inestable.
—Te estás convirtiendo en algo que no puedo proteger —admitió Kael.
—Ese es el punto.
—¿Y si no puedo seguirte?
Luna lo miró con algo nuevo. No tristeza. No reproche.
Decisión.
—Entonces no me sigas —dijo—. Pero no intentes detenerme.
Kael no respondió.
Por primera vez desde que se conocieron, no sabía cuál era el siguiente movimiento correcto.
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Esa noche, Van Dorne recibió el informe.
—No murió —le dijeron—. Pero sangró.
Van Dorne sonrió despacio.
—Perfecto.
Apoyó los dedos sobre la mesa.
—Ahora ya no es una Luna independiente.
—¿Entonces qué es?
—Una provocación —respondió—. Y nadie deja una provocación sin responder.
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Mientras tanto, Luna se miró al espejo.
La venda.
La cicatriz futura.
La mirada que ya no buscaba aprobación.
Por primera vez entendió algo que nadie le había enseñado:
El poder no te hace invulnerable.
Te hace visible.
Y ella había decidido no volver a esconderse.