Prisionera del Destino

Capítulo 56 – Lo que un Alfa hace cuando decide perderse

Kael no pidió consejo.

No habló con el consejo.

No habló con Adrián.

No habló con Luna.

Eso ya decía todo.

La noche cayó sobre Viremont con una calma falsa, demasiado limpia, demasiado quieta. Kael caminó solo por las calles que Luna había cruzado horas antes. Sabía exactamente a dónde ir. El olor seguía allí. Miedo mal contenido. Ambición torpe. Sangre reciente.

Tres hombres.

No eran Alfas.

No eran líderes.

Eran ejecutores.

Eso los hacía prescindibles.

—Salgan —dijo Kael en voz baja, sin elevar el tono.

Uno de ellos intentó correr.

No llegó a dar dos pasos.

El sonido fue seco. Final. El cuerpo cayó antes de entender qué había pasado.

El segundo sacó un arma. Kael la apartó como si no existiera. Lo sostuvo del cuello, levantándolo del suelo.

—¿Quién te pagó? —preguntó.

—N-no lo sé… —balbuceó—. Fue una orden indirecta…

Kael apretó un poco más.

—Última oportunidad.

—Dijeron que si sangraba… si la tocábamos… alguien respondería.

Kael sonrió.

Eso fue lo último que vio.

El tercero cayó de rodillas.

—¡Espera! ¡No fue personal!

Kael se inclinó frente a él.

—Nunca lo es.

Cuando terminó, la calle estaba vacía.

Y el mensaje, claro.

Luna sintió el vínculo romperse antes de sentirlo arder.

No dolor.

No miedo.

Ira.

Una ira que no le pertenecía… pero que la atravesó igual.

Se levantó de la cama de golpe.

—No —susurró—. No, Kael…

Adrián ya estaba en la puerta.

—Se movió.

—Lo sé.

—Y no fue una advertencia —añadió él—. Fue un cierre.

Luna se vistió sin decir nada.

—Llévame con él.

—Luna—

—Ahora.

Lo encontró al amanecer.

Kael estaba de pie, lavándose las manos en un lavabo improvisado. La sangre ya no se veía, pero el olor seguía allí. No la miró cuando entró.

—¿Cuántos? —preguntó Luna.

—Los suficientes.

—¿Te pedí que hicieras esto?

Kael alzó la vista entonces. Su mirada era oscura. No arrepentida.

—Te atacaron.

—Y sobreviví.

—Porque no lo intentaron de verdad.

Luna se acercó despacio.

—Esto no fue protección —dijo—. Fue posesión.

Kael no retrocedió.

—Llámalo como quieras.

—Acabas de iniciar algo que no puedo controlar.

—No —corrigió él—. Acabo de impedir que crean que pueden tocarte sin consecuencias.

—Ahora me van a usar para provocarte —replicó Luna—. Me convertiste en detonante.

Kael dio un paso hacia ella.

—Siempre lo fuiste.

El silencio entre ellos era violento.

—¿Y si no quería esto? —preguntó Luna en voz baja.

Kael la miró como si esa pregunta fuera la herida real.

—Entonces deberías haberte ido antes de que te amara así.

Eso fue demasiado.

Luna lo empujó.

—¡No tienes derecho a decidir por mí!

Kael la sujetó del brazo, no con fuerza… con desesperación.

—No sé amar de otra forma.

Luna se quedó quieta.

—Ese es el problema, Kael —dijo—. Yo sí.

Más tarde, Rowan escuchó el informe con atención.

—Así que Kael se ensució las manos —murmuró—. Por ella.

Adrián lo observó.

—No suenes tan satisfecho.

—No lo estoy —respondió Rowan—. Estoy preocupado.

—¿Por Luna?

—Por el equilibrio —dijo—. Porque cuando un Alfa cruza ciertas líneas… deja de ser predecible.

Van Dorne recibió la noticia al anochecer.

No se enfadó.

No gritó.

Rió.

—Perfecto —dijo—. Ya eligió cómo perder.

—¿Atacamos ahora? —preguntaron.

—No —respondió—. Ahora dejamos que ella descubra el costo de ser el centro de una guerra de hombres.

Esa noche, Luna no volvió a la habitación de Kael.

Se quedó sola.

Con la herida.

Con el poder.

Con una verdad incómoda clavándosele en el pecho:

Amar a Kael significaba aceptar que él destruiría el mundo por ella.

Y gobernar significaba decidir si estaba dispuesta a dejarlo hacerlo.

Nada se había roto del todo.

Pero algo esencial…

acababa de cambiar para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.