Prisionera del Destino

Capítulo 57 – Lo que arde cuando no se dice

La puerta se cerró con un golpe seco.

No fue un portazo.

Fue una decisión.

Luna no se giró de inmediato. Sabía que Kael estaba allí. Lo sentía en la piel, en la presión del aire, en ese tirón bajo el pecho que nunca había desaparecido, solo cambiado de forma.

—¿Cuánto tiempo pensabas seguir evitándome? —preguntó él, la voz grave, contenida… peligrosa.

Ella dejó el abrigo sobre la mesa con movimientos lentos, calculados. Cada segundo era una provocación.

—No te evité —respondió—. Simplemente dejé de correr detrás de ti.

Eso fue suficiente.

Kael avanzó dos pasos. No la tocó. Aún no. Pero su presencia se cerró sobre ella como una jaula invisible.

—Saliste sin decirme —dijo—. Te expusiste. Jugaste en un terreno que no controlas.

Luna giró entonces. Sus ojos no bajaron. No temblaron.

—No me expuse —corrigió—. Me afirmé.

Y no te pedí permiso porque no soy tu territorio.

El silencio entre ellos fue brutal.

Kael apretó la mandíbula. El vínculo vibró, tenso, incómodo, vivo.

—¿Eso crees? —murmuró—. ¿Que dejaste de importarme lo suficiente como para que no me importe dónde te metes?

Ella dio un paso hacia él. Uno solo. La distancia desapareció.

—Eso es lo que no entiendes —dijo Luna en voz baja—. Me importas tanto que tuve que dejar de obedecerte.

La mano de Kael se cerró sobre la mesa detrás de ella, atrapándola sin tocarla. Su cuerpo estaba cerca, demasiado. El calor era real. La rabia también.

—Pude perderte —dijo él.

—No —respondió ella—. Pudiste perder la versión de mí que necesitaba que tú mandaras.

Sus respiraciones se mezclaron. El aire se volvió denso.

Kael bajó la cabeza hasta que su frente rozó la de ella. No fue un gesto tierno. Fue un choque.

—Te deseo incluso cuando me desafías —confesó, como si le doliera decirlo—. Incluso cuando me haces querer romper cosas.

—Entonces mírame —susurró Luna—. Y decide si puedes amar algo que no controlas.

La respuesta no fue verbal.

Kael la tomó por la cintura con una fuerza medida, exacta, como si cada músculo supiera hasta dónde llegar sin cruzar el límite. Luna no retrocedió. Se arqueó apenas, aceptando el contacto, devolviéndolo.

El beso no fue suave.

Fue lento, profundo, cargado de todo lo que no habían resuelto. No buscó dulzura. Buscó verdad. Y dolió. Ardió. Encendió.

Luna respondió con la misma intensidad, mordiéndolo apenas, como si necesitara recordarle que no estaba ahí para rendirse.

Kael apoyó su frente contra la de ella cuando se separaron, respirando hondo.

—Esto no arregla nada —dijo.

—No —admitió Luna—. Pero tampoco lo destruye.

Sus manos seguían en su cintura. Las de ella, aferradas a su camisa, no para sostenerse… sino para sentirlo allí, real, presente, vulnerable.

—No voy a volver a ser pequeña para que tú te sientas grande —añadió ella.

Kael cerró los ojos un instante.

—Y yo no voy a dejar de ser Alfa para que tú no me temas.

Se miraron. Sin máscaras.

—Entonces estamos en peligro —dijo Luna.

Kael sonrió, apenas.

—Siempre lo estuvimos.

La volvió a besar. Esta vez no hubo rabia sola. Hubo promesa. No de paz. De continuidad.

Cuando se separaron, el vínculo seguía tenso… pero intacto.

Luna apoyó la frente en su pecho, solo un segundo.

—No te perdí —dijo.

—No —respondió Kael—. Pero tampoco te tengo como antes.

Ella sonrió, cansada, viva.

—Eso es crecer.

Kael la sostuvo un momento más, sabiendo que el mundo afuera ya se estaba moviendo.

Y que lo que acababan de encender…

no se apagaría fácil.




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