Prisionera del Destino

Capítulo 58 – Ojos que acechan

La mansión respiraba en silencio, pero no era tranquilidad.

Era espera.

Luna aún sentía el calor de Kael sobre su piel, su aroma adherido a cada rincón de su memoria, y algo dentro de ella vibraba con la mezcla de rabia y deseo que había consumido la noche. Pero la calma era una ilusión. Siempre lo había sido.

Kael la dejó en la puerta de su habitación, sin palabras, con la mirada que hablaba más que cualquier declaración. Sus labios habían sellado un pacto invisible: pasión y desafío, uno y otro, indivisibles.

—No te relajes —susurró—. No por un segundo.

—Lo sé —contestó ella, apoyando la mano en el marco de la puerta, sintiendo cómo su control sobre el vínculo se fortalecía—. Pero no puedo dejar de pensar en ti.

Él arqueó la ceja, un gesto que podía ser advertencia o deseo, a veces los dos al mismo tiempo.

—No soy un obstáculo para ti —dijo—. Soy el fuego que te recuerda lo que sucede si bajas la guardia.

Luna cerró la puerta lentamente y caminó hacia la ventana. Afuera, la noche era profunda, un mar de sombras que se movían entre los árboles y la mansión. Cada crujido de las ramas, cada susurro del viento parecía un aviso.

Y alguien estaba allí.

—No estás sola —la voz de Kael resonó en su mente, sin moverse de la puerta—. Y no hablo de mí.

Luna giró lentamente, entendiendo de inmediato. El vínculo había alertado a Kael de otra presencia. Ojos que los observaban, medían cada movimiento. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en su rostro.

—¿Van Dorne? —preguntó.

—Sí —respondió él, con frialdad—. Nunca se retira. Nunca deja de calcular. Y esta vez… jugará con nuestras emociones antes que con nuestra fuerza.

Luna respiró hondo. Su cuerpo estaba todavía temblando por el encuentro con Kael, pero algo más ardía: la adrenalina de un juego más grande, más peligroso.

Se acercó a la ventana, con la espalda recta, como si nada pudiera intimidarla.

—Entonces que venga —dijo—. No voy a retroceder.

El vínculo vibró intensamente. Kael lo sintió de inmediato, su pulso acelerándose. No por celos. No solo por deseo. Por alerta. Una parte de él quería lanzarse, protegerla, pero sabía que no podía. No todavía.

—Eso es lo que me gusta de ti —dijo Kael, saliendo a su lado—. No solo obedeces. Decides. Y decides como Alfa, no como Luna sumisa.

Ella lo miró, sintiendo cada palabra como un desafío y una promesa.

—Entonces… ¿qué hacemos ahora? —preguntó, dejando que sus manos tocaran las de él por un instante, un gesto breve, íntimo y poderoso.

—Sobrevivimos —dijo Kael—. Y dejamos que el enemigo aprenda que no se puede jugar con nosotros.

En la distancia, entre los árboles que rodeaban la mansión, Van Dorne sonreía. Invisible, paciente, calculador.

—Interesante —susurró—. Al fin veo a la Luna de Kael… despierta, desafiante. Perfecta para romperlos desde dentro.

Luna y Kael intercambiaron una mirada que lo decía todo: la pasión no calmaba el peligro, solo lo hacía más intenso. Cada roce, cada palabra cargada de deseo, era un recordatorio de que su vínculo era más fuerte que cualquier amenaza… pero también un imán para nuevos conflictos.

La noche avanzó.

El peligro acechaba.

Y ellos estaban listos.

Porque lo que ardía entre ellos no se apagaba con nada… ni siquiera con Van Dorne.




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