Prisionera del Destino

Capítulo 59 – La tormenta antes del fin

El aire olía a tierra mojada y a pólvora. La mansión Draven estaba silenciosa, pero no por calma: por anticipación. Cada sombra parecía moverse con intención, cada murmullo del bosque era un presagio. Luna caminaba junto a Kael, sus pasos firmes sobre la grava del camino que llevaba al claro donde los hombres de Van Dorne podrían aparecer en cualquier momento.

—Esto se siente… diferente —murmuró ella, tensando los puños—. Como si supieran exactamente dónde golpear.

Kael no respondió enseguida. Sus ojos grises brillaban con una intensidad que la hizo estremecerse. Se acercó a ella, rozando su hombro con el brazo, un gesto que mezclaba advertencia y deseo.

—No importa dónde ataquen —dijo con voz grave—. Hoy no solo defenderemos la mansión. Hoy demostraremos quién manda, Luna. Y tú eres parte de eso.

Ella lo miró, y por un segundo, la tensión de todo el día se transformó en algo más primitivo: el vínculo rugiendo bajo su piel, la posesión, el fuego que siempre había sentido cuando él la miraba así.

—No permitiré que te lastimen —murmuró, sus dedos rozando los de él.

Kael atrapó su mano, entrelazando los dedos con fuerza, como si quisiera traspasarle su fuerza.

—Y tú no permitirás que me falten el respeto —dijo—. Somos uno.

El primer disparo resonó en la distancia. No hubo advertencia. Solo el rugido de un motor y el crujido de ramas bajo botas desconocidas. Van Dorne estaba allí. Y no estaba solo.

—Así que… esto es lo que llaman un vínculo verdadero —una voz fría cortó el aire—. Tan intenso que incluso el bosque parece temerles.

Luna giró la cabeza y vio su silueta: elegante, confiado, observando desde la distancia. Su sonrisa no prometía nada bueno. Kael se adelantó un paso, protegiéndola con todo su cuerpo.

—Él quiso jugar sucio —susurró Luna, su respiración rápida—. ¿Estamos listos?

Kael la tomó por la cintura y la acercó a sí, su frente rozando la de ella.

—Siempre lo estamos —dijo, su voz un rugido apenas contenido—. Y tú… eres más poderosa de lo que él imagina.

El primer ataque llegó como un relámpago: hombres corriendo desde la oscuridad, intentando penetrar la línea de seguridad. Kael se lanzó al frente, moviéndose con precisión letal. Luna lo siguió, sus sentidos afilados, cada movimiento sincronizado con el de él. El vínculo entre ellos no era solo físico; era instintivo. Cada pensamiento, cada latido, cada emoción se compartía.

—¡Kael! —gritó Luna, mientras un hombre intentaba rodearla—.

Él apareció detrás del atacante, sus manos firmes sujetándolo y derribándolo sin perder un solo segundo. Luna sintió un vértigo de adrenalina y deseo. Estaba peligrosa, excitante, viva de una manera que solo el vínculo podía provocar.

—Mía —susurró él al pasar cerca de ella, el aliento cálido rozando su oído—. Y nadie toca lo que es mío.

Ella respondió con un movimiento rápido, derribando a otro atacante. Su corazón golpeaba con fuerza, pero no por miedo, sino por la intensidad del momento, la cercanía de Kael y el rugido constante de su vínculo.

Entre golpes y esquivas, Luna sintió cómo la rabia por cada traición, por cada amenaza, se mezclaba con la pasión que Kael despertaba. No había tiempo para dudar, pero cada roce, cada contacto, cada mirada cargada de fuego, era una promesa silenciosa: no se rendirían, no cederían, no se separarían.

Finalmente, tras lo que parecieron horas comprimidas en minutos, los atacantes comenzaron a retroceder. Van Dorne los observaba, su sonrisa intacta, su paciencia infinita.

—No esperabas algo así, ¿verdad? —gritó Kael, con Luna pegada a él, respirando al mismo ritmo—. Esto es solo un aviso.

—Solo un aviso —repitió Luna, mientras el vínculo latía entre ellos con fuerza salvaje—. Pero que sepan una cosa: no podrán rompernos desde fuera. Ni desde dentro.

Kael bajó la voz y rozó sus labios contra los de ella, un beso cargado de rabia y deseo, un beso que hablaba de promesas, de posesión, de pasión contenida durante semanas. Luna respondió con la misma intensidad, abrazando la fuerza de Kael y dejando que su propio poder se hiciera presente, temblando entre sus manos y su cuerpo.

—Si esto sigue —susurró Kael contra sus labios, entre besos y respiraciones—, nadie nos detendrá. Ni él, ni nadie.

El viento se levantó en el claro, llevando las hojas caídas como testigos de su unión, de su fuerza compartida. Van Dorne permanecía allí, observando, calculando… pero por primera vez, entendía que no había línea que pudiera cruzar sin enfrentar a ambos.

—El juego termina pronto —dijo Luna, apoyando la cabeza en su pecho, sintiendo su corazón latir con el de él—. Y nadie más decidirá por nosotros.

Kael la rodeó con sus brazos, firme, protector, pero con la misma pasión oscura que había marcado cada entrenamiento, cada batalla, cada instante de su vínculo.

—Mañana —susurró él—, terminamos esto. Y no habrá segundas oportunidades.

La noche cerró sobre ellos, intensa, cargada de promesas, de rabia, de deseo. Y mientras la mansión y el territorio vibraban con la energía de su unión, una verdad quedó clara: nadie, ni Van Dorne ni sus sombras, podría quebrarlos si permanecían juntos.




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