Prisionera del Destino

Capítulo 60 – El final

La mansión Draven parecía respirar por última vez antes de la tormenta. El aire estaba cargado, pesado de electricidad y promesas no pronunciadas. Cada sombra se movía con intención, como si el edificio mismo se preparara para el desenlace.

Kael estaba en la torre del mirador, observando los límites del bosque. Sus manos estaban tensas sobre la baranda, sus ojos grises fijos en la línea donde Van Dorne esperaba. Podía sentirlo acercarse, acechando, calculando. Pero no había miedo. Solo control, instinto y una necesidad silenciosa de que todo terminara de una vez.

—Luna —dijo, y su voz rompió el silencio—. Todo lo que hemos construido, todo lo que hemos sufrido… hoy decidirá quién queda en pie.

Ella apareció detrás de él, sus pasos firmes, su presencia poderosa, su aura más intensa que nunca. No llevaba armas visibles; no las necesitaba. El entrenamiento, las traiciones, la guerra silenciosa con Van Dorne la habían transformado. Ya no era solo Luna. Era la Luna de Kael, y su poder brillaba en cada movimiento, en cada respiración.

—Estoy lista —respondió, con la voz firme y el pecho erguido. Sus ojos plateados brillaban bajo la luz del amanecer—. Listos o no, vamos a terminar esto.

Kael la tomó de la cintura, acercándola a sí, y sus labios se encontraron en un beso que era posesión, desafío y amor todo al mismo tiempo. No había espacio para dudas. Cada segundo juntos había alimentado la intensidad de aquel vínculo, y ahora era fuego vivo, imposible de ignorar.

—Mía —susurró él, apenas separando los labios—. Y nadie se atreverá a tocarte.

Ella sonrió, desafiando el mundo.

El primer choque llegó como un rugido. Hombres de Van Dorne emergieron del bosque, cubiertos por la neblina, sus intenciones claras. Kael avanzó primero, y Luna lo siguió. Movimientos sincronizados, instintos afinados, años de preparación concentrados en cada golpe, en cada esquiva. No había errores. No había miedo. Solo la fuerza de su unión y la determinación de proteger lo que les pertenecía.

Van Dorne apareció finalmente, su presencia elegante y amenazante. La mirada dorada recorría a Kael y Luna como evaluando piezas de un tablero.

—Veo que has crecido… —dijo, su voz fría—. Pero la Luna no puede existir sin su Alfa.

Luna se adelantó, su postura desafiante, el pecho lleno de poder y rabia contenida.

—Me equivoqué una vez al confiar —dijo, y sus ojos se clavaron en él—. Pero no esta vez. Nadie controla nuestro destino. Ni tú. Ni nadie.

Kael se colocó a su lado, protegiéndola y a la vez listo para atacar. Sus manos se entrelazaron un instante, un gesto silencioso de fuerza y unión.

—Hoy termina tu juego —gruñó Kael, y su cuerpo emanaba poder como un aviso palpable.

La batalla fue feroz. No había medias tintas. Cada golpe, cada movimiento, cada estrategia era letal. Luna sorprendía incluso a los hombres más entrenados, sus sentidos y reflejos potenciados por el vínculo con Kael, su rabia y su deseo de demostrar que nadie podía derribarla. Cada choque de espadas y puños era también un roce de cuerpos, un recordatorio de que la posesión y el amor no eran debilidades, sino fuerza.

En medio de la lucha, Van Dorne intentó aprovechar un descuido. Pero Luna lo vio venir, su reflejo más rápido que nunca. Con un movimiento ágil, desarmó a uno de sus secuaces y derribó al propio Van Dorne, empujándolo al suelo. Kael apareció segundos después, su presencia imponente, una sombra de peligro y protección.

—Nunca subestimes a la Luna —dijo Kael, con voz grave mientras sujetaba a Van Dorne contra la tierra—. Ni a mí.

La victoria no fue instantánea, pero fue inevitable. Van Dorne y sus hombres fueron derrotados, incapacitados y entregados a la justicia de los territorios aliados. La amenaza había terminado. La guerra había sido ganada.

Kael se giró hacia Luna, sus manos sosteniendo su rostro, sus ojos grises quemando con deseo y orgullo.

—Lo hiciste —dijo, suave, casi vulnerable—. Lo hicimos juntos.

Luna respiró hondo, su cuerpo todavía vibrando por la batalla y por la intensidad del momento. Se lanzó a sus brazos, sus labios encontrando los de él con una mezcla de rabia, pasión y alivio. Beso largo, profundo, oscuro, como si cada golpe, cada traición, cada prueba de los últimos meses se condensara allí, en aquel instante.

—Mía —susurró Kael, y la tomó con fuerza, afirmando que nada ni nadie podría separarlos jamás.

Ella se abrazó a él, dejando que el vínculo les recordara todo lo que habían pasado: la traición, el miedo, el deseo, la pasión, la guerra. Todo. Todo había valido la pena para llegar a este momento.

Cuando finalmente se separaron, el mundo parecía distinto. La mansión Draven no solo había sobrevivido; había renacido con ellos. Los territorios circundantes respetaban su fuerza, los aliados sabían que Kael y Luna eran invencibles juntos. Y la Luna, aquella Luna que había aprendido a no depender de nadie, estaba finalmente completa a su lado.

—Esto no es el final —susurró Luna, apoyando la cabeza en su pecho mientras él la rodeaba con los brazos—. Pero es perfecto.

Kael la sostuvo, y su sonrisa oscura iluminó la noche.

—Ni el final ni el comienzo —dijo—. Solo nosotros. Siempre.

El viento sopló, la noche abrazó la mansión y los árboles susurraron secretos antiguos. Pero entre Kael y Luna, no había secretos ni miedos. Solo poder, posesión y un amor oscuro que había sobrevivido a todo.

La guerra había terminado. La Luna y su Alfa permanecían en pie, juntos, invencibles, y la historia de la mansión Draven comenzaba una nueva era… oscura, intensa y eterna.




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