La última heredera
Londres estaba envuelto en una niebla espesa aquella mañana.
No era una niebla común. Parecía más bien un sudario que descendía lentamente sobre la ciudad, ocultando sus torres, sus calles empedradas y sus antiguos edificios bajo una capa gris que transformaba el mundo en algo distante, irreal.
Elizabeth Von Fisher observaba aquella bruma desde la ventana del carruaje. Sus dedos, pálidos y temblorosos, estaban entrelazados sobre su regazo. Llevaba puesto un vestido negro que parecía demasiado pesado para su joven cuerpo, como si la tela absorbiera cada uno de sus pensamientos.
Dieciséis años.
Apenas dieciséis.
Y el mundo ya había cambiado para siempre. El carruaje avanzaba lentamente entre las calles silenciosas, mientras las campanas de una iglesia cercana resonaban en la distancia. Un sonido grave. Lento. Funerario.
Cada campanada caía sobre su corazón como una piedra.
Elizabeth no lloraba. No podía. Las lágrimas parecían haberse quedado atrapadas en algún lugar profundo de su pecho, donde el dolor era demasiado grande para convertirse en algo tan simple como el llanto.
Frente a ella, el abogado de la familia evitaba mirarla directamente. El hombre carraspeó con incomodidad.
-Lady Elizabeth... - dijo con voz tensa - Llegaremos a la iglesia en unos minutos.
Ella no respondió. Sus ojos continuaban perdidos en la neblina. Porque cada vez que parpadeaba, veía la misma imagen. El telegrama. Las palabras. Aquellas palabras que habían destruido su mundo en una sola noche.
Lord y Lady Von Fisher encontrados muertos en sus tierras del norte. Se sospecha ataque de criaturas. El joven heredero Alexander Von Fisher desaparecido.
Desaparecido.
La palabra resonaba dentro de su mente como un eco oscuro.
Alexander.
Su hermano.
Su gemelo.
Su otra mitad.
No muerto.
Desaparecido.
Y eso era mucho peor. El carruaje se detuvo frente a la iglesia. Las puertas de madera negra se alzaban como la entrada de una tumba. Un grupo de aristócratas vestidos de luto aguardaba en silencio en las escalinatas. Sus rostros eran pálidos. Serios. Pero Elizabeth sabía que muchos de ellos no estaban allí por dolor.
Estaban allí por curiosidad. Porque todos sabían quién era ella. Elizabeth Von Fisher. La última heredera de una estirpe antigua. La hija de la familia que durante generaciones había sido conocida por una sola cosa. Cazar monstruos. El cochero abrió la puerta del carruaje.
Cuando Elizabeth descendió, el aire frío de Londres le golpeó el rostro. El olor a humedad, piedra y velas quemadas flotaba en el ambiente..Los murmullos comenzaron de inmediato.
-Pobrecilla...
-Solo una niña...
-Dicen que fue un ataque de licántropos...
Elizabeth caminó entre ellos sin escucharlos realmente. Sus pasos resonaban sobre la piedra como si estuviera caminando dentro de un sueño. Cuando cruzó las puertas de la iglesia, el mundo pareció oscurecerse. Las velas iluminaban tenuemente el interior.
El incienso flotaba en el aire. Y allí, frente al altar, estaban los ataúdes.
Dos. De madera oscura. Uno junto al otro. Su madre. Su padre.
Elizabeth se detuvo. Algo dentro de ella se quebró. Pero aún así no lloró. Porque algo más estaba ocurriendo. Algo extraño. Algo que nunca antes había sentido. Un susurro. Al principio pensó que era el viento. Pero no lo era.
Era algo dentro de su mente. Una sensación como si una puerta invisible se estuviera abriendo lentamente. Elizabeth llevó una mano a su cabeza. El mundo pareció cambiar. Y entonces lo vio.
No con los ojos. Con algo más profundo. Las personas dentro de la iglesia ya no eran solo personas.
Alrededor de algunas de ellas flotaban sombras.
Oscuras.
Densas.
Como si sus almas estuvieran envueltas en una neblina negra.
Otras brillaban tenuemente. Como pequeñas llamas. Elizabeth retrocedió un paso. Su respiración se aceleró.
-¿Qué...?
El sacerdote comenzó a hablar frente al altar. Pero sus palabras se volvieron distantes. Porque Elizabeth no podía apartar la mirada de aquello.
Un hombre a su derecha tenía una sombra tan oscura que parecía absorber la luz de las velas. Una mujer cerca del altar brillaba suavemente, como si la luna viviera dentro de su pecho.
Elizabeth cerró los ojos con fuerza.
Cuando los abrió, las luces seguían allí. Las sombras también. El miedo comenzó a trepar por su espalda.
Estoy imaginando cosas.
Pero una voz dentro de su mente susurró lo contrario.
No. Estás viendo.
Elizabeth miró nuevamente los ataúdes. Algo cambió en el aire.
Por un instante le pareció ver una sombra enorme detrás de ellos.
Alta.
Con ojos amarillos que brillaban como brasas. Y luego desapareció.
Elizabeth se llevó una mano a la boca. El sacerdote continuaba hablando.
-Que sus almas encuentren descanso eterno...
Pero Elizabeth sabía algo ahora.
Algo terrible. Sus padres no habían muerto de forma natural.
Habían sido cazados. La ceremonia terminó lentamente.
Uno por uno, los aristócratas se acercaron a ofrecer sus condolencias. Elizabeth respondía con movimientos mecánicos de cabeza. Pero su mente estaba en otro lugar. Porque las luces y sombras seguían allí.
Cada persona que veía parecía tener algo oculto bajo la piel.
Cuando finalmente abandonó la iglesia, el cielo de Londres se había oscurecido aún más. La noche descendía sobre la ciudad. El carruaje la llevó de regreso a la mansión familiar.
El enorme edificio se alzaba como una fortaleza silenciosa entre las calles neblinosas. Las puertas se abrieron. Los sirvientes la recibieron en silencio. Pero Elizabeth no se detuvo.
Subió las escaleras. Cruzó los pasillos. Y descendió directamente al lugar que había estado llamándola desde que recibió el telegrama. El sótano. La biblioteca secreta. Aquel lugar donde su padre, su madre y Alexander pasaban horas enteras encerrados.