El silencio en la cámara subterránea se volvió tan profundo que Elizabeth pudo escuchar el latido de su propio corazón. Un latido rápido.
Irregular.
Aterrorizado.
El joven dentro del ataúd de cristal la observaba. Sus ojos eran de un gris extraño, profundo, como si en ellos se escondiera un cielo tormentoso. Elizabeth no podía moverse. No podía respirar.
Durante un instante que pareció eterno, ambos permanecieron inmóviles. Dos desconocidos separados por una delgada capa de cristal y por dos siglos de historia olvidada.
El joven parpadeó lentamente. Su expresión no era agresiva. Ni hostil. Era confusión. Como si hubiera despertado en un mundo que ya no reconocía. Su mirada recorrió la cámara. Las paredes de piedra. Las runas que brillaban tenuemente en el cristal.
La vela caída en el suelo. Y finalmente volvió a Elizabeth. Sus labios se movieron. Pero ningún sonido salió de ellos. Elizabeth retrocedió un paso.
—Tú — susurró.
El joven apoyó lentamente una mano contra el cristal. Sus dedos eran largos. Elegantes. Pero había algo inquietante en ellos. No eran completamente humanos.
Elizabeth sintió que algo vibraba dentro de su mente. Una presión suave. Como si una voz invisible intentara abrirse paso dentro de sus pensamientos.
No era una voz con palabras. Era una emoción. Soledad. Elizabeth llevó una mano a su cabeza.
—¿Qué… qué eres?
El joven frunció ligeramente el ceño. Como si también estuviera escuchando algo. Sus ojos se cerraron por un instante. Cuando volvió a abrirlos, el cristal del ataúd comenzó a brillar con una luz tenue. Las runas grabadas en su superficie se encendieron una tras otra.
Elizabeth sintió el aire volverse más frío. Las paredes de la cámara parecían vibrar. Y entonces el joven habló. Su voz era débil.
Como si no hubiera sido utilizada durante mucho tiempo.
—No… recuerdo.
Elizabeth sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Tu nombre?
El joven bajó la mirada. Parecía buscar algo dentro de su mente.
Pero lo único que encontró fue silencio.
—No tengo… — Su voz se apagó —No tengo nombre.
Elizabeth sintió una punzada en el pecho. Algo en aquella respuesta le resultó profundamente triste. Un ser humano sin nombre. Sin historia. Sin pasado. El joven levantó nuevamente la mirada hacia ella.
—¿Dónde estoy?
—En… Londres —respondió Elizabeth, aún temblando— En mi castillo.
El joven frunció el ceño.
—Londres…
La palabra parecía extraña en su boca.
—¿Qué año es?
Elizabeth sintió que la inquietud crecía dentro de su pecho.
—1887.
El joven se quedó inmóvil. Su expresión cambió. Una sombra de comprensión cruzó su rostro. Y también algo más. Horror.
—Entonces… — murmuró. Su voz apenas fue audible —Han pasado más de dos siglos.
Elizabeth sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—¿Qué?
El joven cerró los ojos. Durante un momento pareció escuchar algo que solo él podía percibir. Cuando volvió a hablar, su voz tenía un tono distante.
—Nos cazaban.
Elizabeth dio un paso hacia el ataúd.
—¿Quiénes?
El joven tardó en responder. Como si las palabras fueran demasiado pesadas para su memoria.
—Humanos — Elizabeth se quedó helada — Nos llamaban armas.
El silencio volvió a caer sobre la cámara. Elizabeth miró el cristal.
Las runas seguían brillando.
—Mi padre dijo que eras un arma —murmuró.
El joven levantó lentamente la mirada.
—¿Tu padre?
Elizabeth recordó el pergamino.
—Fue él quien me envió aquí.
El joven observó el símbolo grabado en la pared. El lobo atravesado por una espada. Algo cambió en su expresión.
Reconocimiento.
—Cazadores…
Elizabeth sintió un nudo en la garganta.
—Mi familia ha cazado licántropos durante generaciones.
El joven bajó la mirada.
—Entonces… — Sus dedos se cerraron lentamente contra el cristal —Estoy en manos de mis enemigos.
Elizabeth frunció el ceño.
—Si fueras mi enemigo, no estaría hablando contigo.
El joven volvió a mirarla. Sus ojos eran intensos. Pero no había odio en ellos. Solo cansancio.
—Eso aún no lo sabes.
Elizabeth guardó silencio. El joven apoyó nuevamente la mano sobre el cristal.
—Ellos nos capturaban cuando éramos niños.
Elizabeth sintió que el frío recorría su espalda.
—Nos entrenaban. Nos rompían.
Nos vaciaban — Su voz era tranquila. Pero cada palabra parecía una herida — Querían convertirnos en armas vivientes.
Elizabeth apretó los puños.
—¿Y tú?
El joven miró sus propias manos.
—Yo fallé.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Fallaste?
El joven asintió lentamente.
—No pudieron destruirme.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los de ella.
—Por eso me encerraron.
Elizabeth miró el ataúd.
—¿Durante dos siglos?
—Sí.
Elizabeth sintió algo extraño en el pecho. No era miedo. Era compasión. Dos siglos. Solo. En silencio. Elizabeth recordó de repente algo. El pergamino de su madre. Se volvió hacia la mesa de piedra donde había caído.
Allí había otro documento. Sus manos lo tomaron rápidamente.
Reconoció la escritura de su madre de inmediato. Elizabeth comenzó a leer.
Elizabeth,
Si llegaste hasta aquí significa que ya lo viste. El joven dentro del ataúd no es un arma. Al menos no como tu padre cree.
No tiene nombre. Y eso es importante. Porque cuando lo liberes serás tú quien deberá dárselo. No te guíes por las apariencias.
La verdad más profunda suele ser invisible a los ojos. Trátalo con bondad. Ten paciencia. Y tal vez descubras algo hermoso donde otros solo vieron peligro.
Elizabeth bajó lentamente el pergamino..El joven la observaba.
—¿Qué decía?
Elizabeth respiró profundamente.
—Que no tienes nombre.
El joven asintió.