Prisionero De Cristal

El nombre que rompe la prisión

Durante un instante el tiempo dejó de existir.

Los fragmentos del ataúd de cristal suspendidos en el aire brillaban como pequeñas estrellas atrapadas dentro de la oscuridad de la cámara subterránea. Cada uno reflejaba la luz temblorosa de la vela caída en el suelo, multiplicando el resplandor hasta convertir la sala en un cielo quebrado.

Elizabeth Von Fisher no respiraba.
No podía. Su mente estaba suspendida entre el miedo, el asombro y algo más difícil de nombrar. Algo que nacía lentamente en lo más profundo de su corazón.

Frente a ella, el joven que había permanecido prisionero durante más de dos siglos cayó de rodillas sobre el suelo de piedra. El sonido de su respiración era áspero, irregular, como el de alguien que volvía a aprender cómo llenar sus pulmones después de haber olvidado que el aire existía.

Su cabello negro cayó hacia adelante, ocultando parcialmente su rostro. Elizabeth dio un paso hacia él. Los fragmentos de cristal terminaron de caer alrededor como una lluvia silenciosa.

Lucian apoyó una mano en el suelo. Sus dedos temblaban. Era la primera vez que tocaban la piedra fría del mundo exterior en más de doscientos años. Sus músculos parecían desconcertados por la simple tarea de sostener su propio peso.

Elizabeth sintió que algo se tensaba dentro de su mente. Una vibración sutil. Una corriente invisible. El vínculo. Aún no sabía exactamente qué era, pero lo sentía con absoluta claridad. Era como un hilo invisible que conectaba su corazón con el de él.

Lucian levantó lentamente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Elizabeth. Y durante un segundo ambos se quedaron inmóviles. Algo pasó entre ellos en ese instante.

Algo silencioso.
Algo profundo.

No fue una palabra. Ni un pensamiento. Fue una emoción.
Lucian sintió su miedo. Elizabeth sintió su soledad. El impacto fue tan repentino que Elizabeth llevó una mano a su pecho.

—¿Qué… es esto?

Lucian frunció ligeramente el ceño.

—Tú también lo sientes.

No era una pregunta. Era una certeza. Elizabeth intentó apartarse un paso..Pero en el momento en que lo hizo, algo extraño ocurrió. Lucian se estremeció. Un dolor repentino atravesó su pecho. El joven apretó los dientes y apoyó una mano contra su corazón. Elizabeth lo vio con sorpresa.

—¿Qué sucede?

Lucian tardó unos segundos en responder. Su respiración se estabilizó lentamente.

—Cuando te alejas…

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Sí?

Lucian levantó la mirada. Sus ojos eran claros como el hielo de invierno.

—Duele.

Elizabeth sintió que su estómago se contraía.

—¿Cómo que duele?

Lucian pareció buscar las palabras correctas.

—Como si algo dentro de mí se rompiera.

Elizabeth volvió a dar un paso hacia él. El dolor desapareció inmediatamente del rostro de Lucian. Ambos lo notaron. El silencio se volvió más profundo.
Más inquietante. Elizabeth susurró lentamente:

—Estamos conectados.

Lucian bajó la mirada hacia el suelo cubierto de fragmentos de cristal.

—El hechizo del ataúd.

Elizabeth recordó entonces el pergamino de su madre.

Si decides liberarlo, el destino de ambos quedará unido.

Una sensación fría recorrió su espalda.

—¿Qué significa eso?

Lucian levantó lentamente la mirada. Su expresión era tranquila. Pero también había algo vulnerable en ella. Algo que Elizabeth no esperaba ver en alguien que su padre había descrito como un arma.

—Significa que ahora existimos en el mismo hilo del destino.

Elizabeth guardó silencio. La cámara subterránea parecía respirar a su alrededor. Las runas talladas en las paredes aún brillaban con una luz tenue.

Lucian miró sus propias manos. Las abrió lentamente. Las cerró.
Cada movimiento parecía nuevo.
Extraño. Como si estuviera redescubriendo su propio cuerpo.

—Dos siglos —murmuró.

Elizabeth sintió una punzada en el pecho.

—¿Recuerdas algo?

Lucian permaneció en silencio. Su mirada se volvió distante.

—Sombras — Elizabeth esperó —Voces. Puertas de hierro. Niños.

Elizabeth sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Niños?

Lucian asintió.

—Como yo — Sus ojos se oscurecieron ligeramente —Nos llamaban armas.

Elizabeth bajó la mirada.

—Mi padre también usó esa palabra.

Lucian no respondió. Elizabeth levantó nuevamente la cabeza.

—Pero mi madre no.

Lucian la observó con atención.
Elizabeth recordó las palabras del pergamino.

No te guíes por las apariencias.
Podrías llevarte una hermosa sorpresa.

Elizabeth respiró profundamente.

—Lucian.

El joven levantó la mirada. Algo cambió en su expresión al escuchar su nombre. Como si la palabra tuviera un peso especial.

—Ese es mi nombre ahora —dijo lentamente.

Elizabeth asintió.

—Sí.

Lucian repitió la palabra en voz baja.

—Lucian.

La forma en que la pronunció parecía casi reverente. Como si estuviera probando algo precioso.

—Nunca antes había tenido algo así.

Elizabeth frunció ligeramente el ceño.

—¿Un nombre?

Lucian asintió.

—Una identidad.

El silencio volvió a envolverlos.
Elizabeth no supo qué decir. Lucian levantó lentamente la mirada hacia las paredes de la cámara.

—Este lugar… es antiguo.

Elizabeth miró alrededor.

—Mi familia lo selló hace generaciones.

Lucian tocó una de las runas grabadas en la piedra. Sus dedos se movieron con cuidado sobre los símbolos.

—Estas runas no son humanas.

Elizabeth sintió un escalofrío.

—¿Qué?

Lucian la miró.

—Fueron hechas por mi raza.

El corazón de Elizabeth dio un salto.

—¿Tu raza construyó esta prisión?

Lucian negó lentamente.

—No — Sus ojos se oscurecieron ligeramente — La reforzaron.

Elizabeth no entendía.

—¿Para qué?

Lucian la miró directamente.




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