Prisionero De Cristal

El eco de la jaula invisible

El castillo de Raventhorn parecía respirar. No era una simple sensación provocada por el viento que golpeaba las torres ni por el susurro de las ramas negras que rozaban los vitrales. Era algo más profundo algo antiguo.

Elizabeth lo percibía ahora. Desde la noche en que liberó a Lucian del ataúd de cristal, el mundo había cambiado. O tal vez, pensó con un estremecimiento, el mundo siempre había sido así y ella simplemente no podía verlo.

Hasta ahora.

La joven caminaba lentamente por los pasillos del castillo, sosteniendo un candelabro de plata cuya luz temblorosa proyectaba sombras ondulantes sobre los muros de piedra.

Lucian caminaba detrás de ella. Sus pasos eran silenciosos.
Demasiado silenciosos para un ser humano. Elizabeth lo sabía. Lo sentía. Había algo en él que pertenecía a un mundo distinto al suyo, algo profundo y antiguo que parecía dormir bajo su piel. Y sin embargo…

Cada vez que Elizabeth lo miraba, no veía un arma. Veía a un muchacho. Uno que parecía perdido.

—¿Este castillo siempre fue tu hogar? —preguntó Lucian con una voz baja y contenida.

Elizabeth se detuvo frente a una ventana alta desde la que podía verse el valle oscuro que rodeaba la colina. A lo lejos, el pueblo de Umbrawell brillaba con luces dispersas como estrellas caídas sobre la tierra.

—Sí… —respondió ella— Mi familia ha vivido aquí durante generaciones.

Lucian observó el paisaje. Su mirada parecía atravesar la distancia. Como si pudiera ver más allá de lo visible.

—Este lugar está lleno de magia —murmuró.

Elizabeth sintió un escalofrío. Antes nunca habría entendido esas palabras. Ahora sí. Porque desde el funeral de sus padres algo dentro de ella había despertado. A veces veía cosas que no debería ver. Sombras que se movían solas.

Figuras entre los árboles. Energías que parecían latir bajo la superficie del mundo.

—¿Te asusta? —preguntó Lucian de pronto.

Elizabeth giró hacia él. La luz de la vela iluminó su rostro pálido. Sus ojos dorados.

—Sí —respondió con sinceridad.

Lucian inclinó la cabeza.

—Eso es bueno.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Bueno?

—El miedo significa que aún tienes algo que proteger.

Hubo silencio. Un silencio pesado.
Casi sagrado. Elizabeth lo observó.
Y entonces se dio cuenta de algo.
Lucian estaba temblando. No era un temblor visible. Era más profundo. Como si su cuerpo luchara contra algo invisible.

—Lucian…

El joven levantó la mirada. Sus ojos brillaron con un destello extraño.

—¿Sí?

Elizabeth dudó. Pero finalmente preguntó:

—¿Te duele… estar libre?

Lucian no respondió de inmediato.
Su mirada se deslizó hacia sus propias manos. Las observó como si fueran objetos ajenos.

—No lo sé —dijo finalmente —Luego agregó, en voz casi inaudible — Nunca antes lo había estado.

Mientras tanto, en algún lugar muy lejos de Raventhorn. En lo profundo de un bosque oscuro.
Un hombre cayó de rodillas sobre la tierra. El dolor lo atravesaba.

No era físico. Era peor. Era un dolor que nacía en el alma. Alexander apretó las manos contra su cabeza. Un grito desgarrado escapó de su garganta.

—¡NO!

El bosque entero pareció estremecerse. Los árboles se inclinaron como si quisieran huir de él. La luna llena brillaba sobre el cielo negro. Su luz plateada caía sobre el rostro del joven. Su rostro humano. Pero sus ojos…

Sus ojos brillaban con un fulgor salvaje. El poder licántropo latía en su sangre. Como un veneno.
Alexander respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba violentamente. Algo había ocurrido. Algo terrible. Sus recuerdos. Habían vuelto. Todos.
De golpe. Como una tormenta.

Y ahora no podía escapar de ellos.
No recordaba cada detalle con claridad aún. Pero sabía lo suficiente. Lo suficiente para comprender la verdad.

—No —susurró con voz rota.

Sus dedos se clavaron en la tierra húmeda. Sus uñas dejaron surcos profundos en el suelo. El dolor lo consumía. No era solo culpa. Era desesperación. Porque comprendía algo terrible. Algo que lo destrozaba por dentro.

Él no estaba encadenado. No había barrotes. No había muros. No había celdas. Y sin embargo estaba atrapado.

Atrapado en una prisión sin paredes. Una prisión hecha de sangre. De instintos. De oscuridad.

—¡Basta! —jadeó.

Pero el dolor no desaparecía. Porque el enemigo no estaba afuera. Estaba dentro de él.
Alexander levantó la cabeza hacia la luna. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Elizabeth…

Su voz era apenas un susurro. El nombre salió de sus labios como una plegaria. O como una condena. Porque en el fondo de su corazón, sabía una cosa.

Si alguna vez la encontraba…
Si alguna vez ella lo veía así…
Elizabeth tendría que matarlo. Y lo peor de todo era que una parte de él deseaba que lo hiciera.

En el castillo Raventhorn Elizabeth despertó sobresaltada. Su corazón latía con fuerza. Una sensación extraña había atravesado su mente. Como un eco. Como un grito lejano. Se sentó en la cama. La habitación estaba iluminada por la luna. Y entonces vio algo.
Lucian estaba de pie junto a la ventana.

Mirando el bosque. Inmóvil. Como una estatua. Elizabeth frunció el ceño.

—Lucian…

El joven no se movió. Pero habló.

—Hay alguien sufriendo.

Elizabeth sintió un escalofrío.

—¿Qué?

Lucian cerró los ojos.

—Lo siento.

—¿Dónde?

El joven señaló hacia el bosque oscuro que rodeaba el valle.

—Allí.

Elizabeth se levantó. Caminó lentamente hacia él.

—¿Quién?

Lucian abrió los ojos. Por un instante sus pupilas brillaron con una luz sobrenatural.

—No lo sé.

Hubo silencio. Luego dijo algo que hizo que el corazón de Elizabeth se detuviera.

—Pero esa persona está pensando en ti.

Elizabeth se quedó helada.

—Eso… es imposible.

Lucian la miró.




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